El país que la literatura se atrevió a contar

Sep 7, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay países que se explican leyendo sus constituciones, siguiendo sus guerras o repasando la lista de sus presidentes. El Perú no. Al Perú hay que buscarlo en otra parte. En sus novelas, en sus poemas, en los escritores que fueron perseguidos, ignorados, discutidos, encarcelados, exiliados y, naturalmente, homenajeados después, cuando ya no podían incomodar demasiado. Porque tenemos esa extraña costumbre. Primero expulsamos a nuestros escritores de la conversación y después les ponemos nombre a los colegios.

Pensaba en eso mientras volvía a César Vallejo. Vallejo escribió que moriría en París, con aguacero, un jueves. Falló por veinticuatro horas. Murió un viernes, el 15 de abril de 1938. Pero acertó en París, en la lluvia y, sobre todo, en algo bastante más profundo. Parecía saber que iba a morir lejos. Sin embargo, antes de París estuvo el Perú. Estuvieron Santiago de Chuco, Trujillo, la cárcel, un proceso judicial que continuó persiguiéndolo y finalmente aquel barco que tomó en 1923 rumbo a Europa. Nunca regresó.

Eso importa, porque a veces contamos la historia de Vallejo comenzando por su muerte y olvidamos preguntarnos por qué terminó muriendo tan lejos de la tierra donde había nacido. El París de Vallejo queda muy bonito para la literatura. El problema es explicar el Perú que quedó detrás. Y Vallejo se llevó ese país consigo. Lo extraordinario es que consiguió transformar una experiencia profundamente peruana en algo universal. Vallejo salió del Perú, pero el Perú nunca salió de Vallejo. Desde esa distancia escribió sobre el dolor hasta conseguir que dejara de pertenecer a un país y perteneciera a todos.

José Santos Chocano cuenta otra historia. También conoció persecuciones, cárceles y destierros, aunque su relación con el poder fue completamente distinta. Chocano no huía siempre del poder. Algunas veces parecía buscarlo. Le gustaban los caudillos, la épica, los grandes gestos y las palabras capaces de entrar a caballo en una plaza. Su vida terminó pareciéndose demasiado a uno de sus poemas. Hubo conspiraciones, gobiernos, prisiones, enfrentamientos intelectuales, el asesinato de Edwin Elmore y finalmente su propia muerte, apuñalado en Santiago de Chile. Dos poetas, dos vidas atravesadas por la violencia y dos muertes fuera del Perú. Pero sería intelectualmente cómodo decir que fueron iguales. No lo fueron. Chocano representa, entre otras cosas, nuestra antigua fascinación por el poder. Vallejo, nuestra antigua capacidad para producir excluidos. Y ambos cuentan algo del Perú.

Después aparece José Carlos Mariátegui y cambia la pregunta. Mariátegui pertenece a otra familia intelectual. No quiere solamente narrar el dolor. Quiere descubrir quién lo fabrica. Mira la propiedad de la tierra, la economía, el indígena, la educación y las relaciones sociales. Levanta el capó del país y observa el motor. Ahí está la diferencia. Vallejo siente la herida. Mariátegui pregunta quién sostiene el cuchillo.

Ciro Alegría convierte buena parte de esa estructura en hombres, mujeres, tierra y despojo. El mundo es ancho y ajeno podría ser simplemente el título de una novela. Prefiero leerlo como una de las definiciones más feroces que se hayan escrito sobre el Perú. Un país inmenso que durante siglos consiguió que millones de sus habitantes se sintieran extranjeros dentro de su propia tierra.

Hasta que llegamos a José María Arguedas. Y con Arguedas ya no estamos observando el Perú. Estamos dentro de él. Arguedas llevaba el conflicto en la lengua, en la memoria, en la sensibilidad y probablemente también en sus silencios. El castellano y el quechua no eran para él dos objetos de estudio. Eran dos maneras de habitar el mundo.

Por eso siempre me ha parecido peligrosa la facilidad con que repetimos que somos el país de todas las sangres. Suena magnífico. También suena cómodo. Como esas frases que colocamos debajo de una bandera para convencernos de que un problema quedó resuelto porque encontramos una manera bonita de nombrarlo. Arguedas escribió algo bastante más incómodo. En Todas las sangres esas sangres existen, pero no posan juntas para una fotografía. Chocan, se mezclan, se explotan, se necesitan, se desprecian, intentan comprenderse y muchas veces fracasan. La pregunta arguediana sigue abierta. ¿Somos realmente el país de todas las sangres o solamente aceptamos todas las sangres mientras cada una permanezca en el lugar que históricamente le asignamos?

Entonces aparece El zorro de arriba y el zorro de abajo y el Perú deja de caminar. Corre. Chimbote crece brutalmente. Llegan los migrantes, aparecen las fábricas, la pesca industrial, el dinero, la explotación, el sexo y el desarraigo. Hombres que bajan de los Andes y descubren una modernidad que les promete progreso mientras les cobra identidad. Y en medio de ese caos está Arguedas escribiendo.

Su suicidio no debe convertirse en una metáfora fácil del Perú. Sería irresponsable. Su sufrimiento personal fue profundo y complejo. Pero tampoco podemos arrancar al escritor del país que estaba intentando comprender. En sus últimas páginas parecen quebrarse simultáneamente el narrador, el hombre y el mundo que estaba narrando.

Y entonces llega Mario Vargas Llosa. Con él cambia nuevamente la cámara. Vargas Llosa mira los mecanismos. En La ciudad y los perros, un colegio militar termina funcionando como un Perú en miniatura. Hay jerarquías, violencia, silencios, abusos y una institución que prefiere protegerse antes que admitir la verdad. Nada demasiado exótico para nosotros.

Después llega Conversación en La Catedral y aparece aquella pregunta que terminó escapándose de la novela para instalarse en la conversación nacional. ¿Cuándo se jodió el Perú? La genialidad consiste en que Vargas Llosa nunca pudo respondernos completamente. Nosotros tampoco. Quizá porque la pregunta estaba mal formulada. Tal vez el Perú no se jodió un día determinado. Tal vez fue haciéndolo lentamente, gobierno tras gobierno, silencio tras silencio, abuso tras abuso, mientras cada generación culpaba a la anterior y preparaba cuidadosamente los errores de la siguiente.

Por eso sería absurdo leer a Vargas Llosa solamente desde sus posiciones políticas posteriores. El novelista es mucho más interesante que el político porque sus novelas desconfían incluso de las certezas que alguna vez defendió su autor.

Y allí termino regresando al principio. Quizá durante demasiado tiempo buscamos la verdad del Perú en el lugar equivocado. Nos enseñaron a buscarla en Palacio de Gobierno, en el Congreso, en los discursos presidenciales, en los programas electorales y en las promesas de hombres que periódicamente anuncian que ahora sí van a refundar la República. Y la República, educadamente, continúa esperando.

Mientras tanto, la literatura ya había hablado.

Vallejo nos contó cuánto podía sufrir un hombre. Chocano mostró nuestra fascinación por los caudillos. Mariátegui buscó las estructuras que producían la desigualdad. Ciro Alegría puso nombres y rostros a quienes la padecían. Arguedas descubrió que dentro del Perú convivían varios países que todavía no habían aprendido a reconocerse. Y Vargas Llosa abrió las instituciones para mostrarnos la maquinaria del poder funcionando por dentro.

Entonces comprendí por qué muchas veces confío más en una novela que en un discurso político. La política necesita convencer. La literatura no. La política necesita que creamos. La literatura necesita que dudemos. La política nos dice que posee la verdad. La literatura tiene la insolencia de preguntarnos si estamos seguros.

Quizá por eso los gobiernos envejecen tan rápido mientras ciertos libros permanecen. Presidentes que alguna vez parecieron imprescindibles hoy apenas ocupan una página en los manuales. Discursos que movilizaron multitudes duermen olvidados en algún archivo. Promesas que parecían históricas terminaron convertidas en papel amarillento. Pero uno vuelve a Vallejo, vuelve a Arguedas, vuelve a Conversación en La Catedral y descubre algo incómodo.

El Perú continúa allí.

Tal vez la literatura nunca tuvo la obligación de salvarnos. Tampoco creo que pueda hacerlo. Su trabajo era otro. Contarnos.

Y mientras la política llevaba casi dos siglos intentando explicarnos qué país debíamos ser, nuestros escritores hicieron algo bastante más peligroso.

Nos mostraron el país que realmente éramos.

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