Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Ago 30, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista i ensayista.

 

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé.

Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las ideas. Cuba fue uno de ellos. Para muchos latinoamericanos de mi generación no era simplemente una isla en el Caribe. Era una palabra cargada de significados. Revolución. Dignidad. Rebeldía. Sierra Maestra. Fidel. El Che.

Sobre todo el Che.

Hubo un tiempo en que Ernesto Guevara nos miraba desde las paredes de las universidades, desde una camiseta, desde un afiche pegado torpemente en alguna habitación juvenil. La célebre fotografía de Korda convirtió a aquel argentino muerto en Bolivia en algo mucho más grande que un guerrillero. Lo convirtió en una idea. Y las ideas, cuando somos jóvenes, suelen parecernos más puras que los hombres.

Creímos.

Esa es quizá la palabra más difícil de escribir tantos años después. Creímos que unos barbudos descendiendo de la Sierra Maestra podían demostrar que América Latina tenía derecho a inventarse otro destino. Creímos que la justicia social podía caber dentro de una revolución. Creímos que aquel pequeño territorio a noventa millas de Estados Unidos había cometido la insolencia maravillosa de enfrentarse al gigante y sobrevivir.

No fuimos los únicos. En 1960 Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir viajaron a Cuba. Recorrieron la isla, conocieron a Fidel Castro y al Che Guevara y observaron fascinados aquel laboratorio político que parecía estar construyendo un hombre nuevo. Cuba se convirtió entonces en lugar de peregrinación de buena parte de la intelectualidad occidental.

Imagino a Sartre caminando por La Habana tratando de encontrar entre aquellos jóvenes revolucionarios alguna confirmación de sus propias teorías sobre la libertad. También los filósofos necesitan creer.

Pero las revoluciones envejecen. Y a veces envejecen peor que los hombres.

El café seguía caliente cuando recordé a Mario Vargas Llosa. El joven Vargas Llosa también creyó en Cuba. La defendió, participó de sus espacios culturales y formó parte del comité de la revista Casa de las Américas. Hasta que apareció un poeta llamado Heberto Padilla.

En 1971 Padilla fue detenido. Su posterior autocrítica pública, en la que se acusó a sí mismo y comprometió a otros escritores, provocó una fractura profunda entre la Revolución y buena parte de los intelectuales que la habían acompañado. Sartre, Beauvoir, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Octavio Paz y otros reclamaron explicaciones. García Márquez firmó la primera carta de protesta, aunque ya no la segunda.

Vargas Llosa rompió. Renunció a Casa de las Américas y escribió una carta que, leída medio siglo después, conserva una idea devastadora. Aquello significaba negar precisamente lo que lo había llevado a abrazar la Revolución desde el principio; la posibilidad de buscar justicia sin sacrificar el respeto por el individuo.

Ahí comenzó para muchos el desencanto.

Otros se quedaron. Gabriel García Márquez se quedó.

Su relación con Fidel Castro sobrevivió a polémicas, críticas y décadas. Gabo nunca hizo de aquella amistad un secreto. Defendió públicamente a Fidel incluso cuando buena parte de sus compañeros del boom latinoamericano ya había tomado distancia.

Siempre me intrigó esa fidelidad. Tal vez porque los escritores también tenemos nuestras contradicciones. Podemos construir personajes capaces de escapar de cualquier poder y, al mismo tiempo, sentir fascinación por quienes lo ejercen. Podemos comprender la soledad de un coronel esperando una carta y no escuchar con la misma intensidad a quienes esperan que cambie un gobierno.

Gabo eligió quedarse cerca de Fidel. Vargas Llosa eligió alejarse. Sartre terminó cuestionando aquello que inicialmente lo había fascinado. Y nosotros quedamos en medio, intentando comprender qué había ocurrido con aquella revolución que alguna vez nos pareció joven.

Volví al café. Las volutas ya casi habían desaparecido y entonces regresé mucho más atrás, antes de Fidel, antes del Che, antes de Sierra Maestra.

José Martí.

En Tampa, en 1891, Martí pronunció uno de esos discursos que parecen escritos para sobrevivir a quienes intentan apropiarse de ellos. Hablaba de la Cuba todavía pendiente, de una república que debía construirse sobre la dignidad humana, y dejó una frase formidable:

“Con todos, y para el bien de todos”.

La leo hoy y resulta imposible no detenerse.

Todos.

La palabra es incómoda para cualquier poder, porque todos significa también el que piensa distinto. El que protesta. El que se marcha. El periodista incómodo. El escritor disidente. El funcionario crítico. El joven que quiere quedarse y el joven que desesperadamente quiere irse.

Martí había dicho algo todavía más exigente en aquel mismo discurso. Quería que la primera ley de la República fuera el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Entonces miro la Cuba de hoy y el romanticismo comienza a doler.

En agosto de 2026 la isla atraviesa una crisis económica y social extraordinariamente severa. El sistema eléctrico volvió a colapsar a comienzos de este mes y produjo otro apagón nacional. Escasean combustible, alimentos, medicamentos y transporte. El turismo, una de las principales fuentes de divisas, se ha desplomado.

Hasta comenzar el ciclo escolar se ha convertido en una proeza. El propio gobierno reconoce que la cobertura docente ronda apenas el 73 por ciento y que solo está disponible alrededor del 12 por ciento de los uniformes necesarios. Están los que se fueron. Quizá esa sea la estadística más triste.

Cuba ha sufrido un éxodo de dimensiones históricas. Las cifras exactas son discutidas, pero incluso las estadísticas oficiales reconocían ya una fuerte caída poblacional desde 2020, mientras estimaciones demográficas independientes señalaban una disminución todavía mayor. Además, la población envejece mientras buena parte de sus jóvenes busca futuro fuera de la isla.

Sería intelectualmente deshonesto explicar todo esto con una sola causa. Estados Unidos ha mantenido durante décadas sanciones contra Cuba y en 2026 las ha endurecido severamente. Las restricciones sobre combustible y las presiones sobre proveedores externos han agravado una economía que ya estaba exhausta. Negar ese impacto sería propaganda.

Pero atribuir más de seis décadas de problemas exclusivamente al enemigo exterior también lo sería.

Un gobierno que ha administrado un país durante más de seis décadas tiene que responder alguna vez por sus propias decisiones, por su burocracia, por sus errores económicos, por la ausencia de pluralismo político y por las libertades que decidió limitar en nombre de una revolución que debía liberar al hombre.

Ahí está mi desencanto.

No necesito odiar al Che para admitirlo. No necesito borrar de la historia la alfabetización, la educación pública, la salud ni aquella extraordinaria sensación de soberanía que Cuba despertó en millones de latinoamericanos. Tampoco necesito convertirme tardíamente en anticomunista para mirar a un cubano que vive sin electricidad y preguntarme qué ocurrió.

Porque quizás madurar consista precisamente en eso; conservar la memoria sin convertirla en una venda.

Tomé el último sorbo. El café estaba frío.

Pensé entonces que quizá nuestra generación cometió un error comprensible. Nos enamoramos de la Revolución y terminamos confundiendo a Cuba con ella. Pero Cuba existía antes de Fidel, antes del Che, antes del Partido Comunista. Cuba era Martí. Era aquella obsesión casi hermosa por la dignidad plena del hombre. Y seguirá existiendo cuando todos nosotros hayamos desaparecido.

Por eso no quiero escribir contra Cuba. Quiero escribir por Cuba. Por aquella que alguna vez imaginamos, por la que millones defendieron, por quienes todavía creen en la Revolución y por quienes dejaron de creer; por quienes permanecen en La Habana y por quienes guardan las llaves de una casa a la que probablemente nunca regresarán.

Quizá después de tantos años haya llegado el momento de volver a Martí. No para derribar un mito y levantar otro. Simplemente para recuperar una palabra.

Todos.

Las últimas volutas desaparecieron sobre la taza y pensé que tal vez la tragedia más grande de aquella revolución que alguna vez amamos no sea que haya envejecido.

Es que después de prometer un hombre nuevo, demasiados cubanos hayan terminado buscando una vida nueva lejos de Cuba.

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