Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella.
Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las guillotinas en fechas para un examen. Allí conocí una imagen que después me acompañaría durante años. La Asamblea francesa estaba dividida casi accidentalmente por la geografía. A un lado se ubicaban quienes defendían el orden; al otro, quienes querían cambiarlo. Los segundos estaban sentados a la izquierda.
Parecía sencillo.
La izquierda era entonces una posición física antes que una ideología. Allí estaban quienes pretendían desmontar privilegios, cuestionar jerarquías heredadas y terminar con un mundo donde algunos poseían derechos simplemente porque habían tenido la fortuna de nacer dentro de determinada familia.
Me resultaba difícil no simpatizar con ellos. Todavía me resulta difícil. Hay algo profundamente seductor en cualquier idea que comienza diciendo que ningún hombre debería valer más que otro por el apellido que lleva, la familia de la que proviene o la fortuna que heredó. Bromeaba diciendo que tenemos el corazón a la izquierda.
Después llegaron las otras lecturas, las fábricas, las chimeneas, Manchester, la Revolución Industrial, los obreros, las jornadas interminables y, finalmente, Karl Marx.
Marx me obligó a mirar el problema desde otro lugar. La Revolución Francesa había destruido buena parte del privilegio jurídico del Antiguo Régimen, pero no había eliminado la desigualdad. Había cambiado su naturaleza. El noble comenzaba a retirarse de la escena y entraba el propietario. El trabajador era jurídicamente libre, pero necesitaba vender su fuerza de trabajo para sobrevivir.
Entonces apareció una paradoja que tardé mucho más en comprender. La revolución que había dado nombre político a la izquierda había contribuido también a destruir muchas de las estructuras feudales que dificultaban la expansión del capitalismo.
La historia comenzaba a burlarse de mis categorías.
Marx criticó profundamente al capitalismo, pero comprendió como pocos su extraordinaria potencia transformadora. Sabía que la burguesía había demolido estructuras que parecían eternas, revolucionado la producción y construido mercados capaces de atravesar fronteras. Marx no fue capitalista, pero entendió demasiado bien al capitalismo.
Seguí leyendo sus cuatro tomos y mi discusión con la izquierda dejó de ser una discusión con los libros para convertirse lentamente en una discusión conmigo mismo.
El día que apareció Michels
Robert Michels introdujo una sospecha particularmente incómoda. Su ley de hierro de la oligarquía planteaba, simplificando, que las organizaciones creadas para representar a las masas terminaban generando dirigentes profesionales y estructuras burocráticas que desarrollaban intereses propios.
Si Michels tenía razón, el problema del poder no pertenecía exclusivamente a la derecha, a los empresarios, a los aristócratas ni a los propietarios. Pertenecía al ser humano organizado.
Una organización podía nacer para combatir privilegios y terminar defendiendo los suyos. Un sindicato podía surgir para representar trabajadores y acabar necesitando preservar primero su propia burocracia. Un partido revolucionario podía llegar al gobierno prometiendo cambiar el sistema y, después de suficientes años administrándolo, descubrir que su prioridad era permanecer allí.
Entonces llegó Gramsci y la cuestión se volvió todavía más interesante. El poder no consistía solamente en controlar el gobierno. También consistía en conseguir que una determinada interpretación de la realidad terminara pareciendo la realidad misma.
Eso era la hegemonía.
Universidades, cultura, medios, intelectuales, lenguaje y sentido común formaban parte de esa construcción. Ya no bastaba con preguntarse quién tenía el dinero. Había que preguntarse también quién poseía la capacidad de explicar moralmente por qué debía continuar teniendo el poder.
Muchos años después de aquellas primeras clases sobre la Revolución Francesa terminé leyendo el último tomo de una historia política argentina. Cerré el libro y tuve la extraña sensación de haber regresado al aula. Solo que ahora las palabras izquierda y derecha ya no estaban tan ordenadas como cuando tenía veinte años.
El laboratorio argentino
Argentina terminó convirtiéndose para mí en el laboratorio de aquella vieja discusión.
El peronismo —que sería intelectualmente perezoso identificar exclusivamente con la izquierda— nació en medio de la incorporación política de enormes sectores trabajadores. Juan Domingo Perón comprendió algo que buena parte de las élites argentinas había tardado demasiado en entender. Aquellos hombres no reclamaban solamente mejores salarios. Querían dignidad.
El primer peronismo impulsó y consolidó derechos laborales, protección social y una centralidad política del trabajador que transformaron profundamente la Argentina. Negarlo sería falsificar la historia para acomodarla a mis propias conclusiones, y no quiero discutir así.
Pero la historia tampoco terminó allí. Para representar al trabajador hicieron falta sindicatos; para administrar sindicatos, dirigentes; para sostener organizaciones, estructuras. Y las estructuras comenzaron a producir sus propios intereses.
Michels apareció otra vez.
El sindicalismo que había nacido como contrapoder llegó también a administrar enormes organizaciones, obras sociales, patrimonio y una formidable capacidad de negociación política. Apareció el dirigente profesional capaz de pasar décadas hablando en nombre de una fábrica que hacía décadas no pisaba.
Eso no convertía automáticamente al sindicalismo en una estafa. Demostraba algo bastante más inquietante. Las conquistas populares tampoco estaban inmunizadas contra la naturaleza del poder.
Después llegó 2001 y luego el kirchnerismo.
Entre 2003 y 2015 se construyó una experiencia política que recuperó elementos históricos del peronismo y los combinó con derechos humanos, intervención estatal, políticas redistributivas y nuevos derechos civiles. Hubo conquistas. Disminuyó fuertemente el desempleo respecto de la crisis de comienzos de siglo, se ampliaron coberturas previsionales y se produjeron avances como el matrimonio igualitario.
No necesito negar nada de eso. Reconocerlo hace que la pregunta siguiente sea mucho más incómoda.
Alrededor de un Estado cada vez más decisivo en la distribución de recursos creció también un ecosistema cuya supervivencia, influencia o capacidad de expansión dependía, en distinta medida, del propio Estado. Allí convivieron empresarios contratistas, dirigencias sindicales, organizaciones sociales, funcionarios, legisladores, asesores, operadores políticos, comunicadores vinculados directa o indirectamente con estructuras oficiales, académicos afines y artistas subsidiados.
Algunos estaban allí por convicción, otros por conveniencia y muchos, probablemente, por esa mezcla humana de ambas cosas que ninguna teoría política consigue medir.
Fue entonces cuando encontré una palabra que explicaba mejor aquel proceso que revolución.
Intermediación.
Entre el Estado y el pobre apareció alguien que administraba la ayuda; entre el Estado y la obra pública, alguien que recibía el contrato; entre el Estado y el trabajador, alguien que negociaba su representación. Entre el Estado y la cultura aparecieron organismos y programas capaces de decidir qué proyectos merecían financiamiento público. Y entre el poder y la sociedad apareció algo todavía más sofisticado, el relato.
Volví a Gramsci.
Un proyecto político alcanza otra dimensión cuando consigue extender su interpretación del mundo hacia universidades, medios, espacios culturales, organizaciones sociales y ámbitos intelectuales, hasta lograr que determinadas ideas dejen de parecer ideología y comiencen a presentarse simplemente como sentido común.
No estoy diciendo que todo académico que simpatizara con el kirchnerismo estuviera comprado ni que cada artista subsidiado fuera un propagandista. Sería una estupidez. Estoy diciendo que el poder no necesita comprar todas las conciencias. Le basta con construir un ecosistema donde coincidir con él resulte más confortable que enfrentarlo.
Entonces el subsidio puede convivir con la adhesión, el contrato con la militancia, el cargo con la convicción y la cercanía al gobierno con la pertenencia intelectual. Cada relación observada individualmente puede ser perfectamente legítima. Miles de relaciones acumuladas durante años alrededor del mismo centro de poder constituyen algo diferente.
Constituyen hegemonía.
Comencé entonces a reconocer una clase política ampliada que ya no estaba formada solamente por ministros y legisladores. Alrededor aparecían empresarios vinculados al Estado, burocracias sindicales, organizaciones intermediarias, comunicadores, operadores, académicos afines y artistas subsidiados. No necesitaban reunirse clandestinamente ni ponerse de acuerdo. Los intereses compartidos suelen organizarse solos.
La vieja aristocracia tenía palacios. La burguesía industrial tuvo fábricas. La nueva élite político-cultural podía tener ministerios, organismos, fundaciones, universidades, productoras, institutos, medios y festivales.
Cambian los edificios, pero el instinto de conservación resulta sorprendentemente parecido.
Cuando el revolucionario descubre el sillón
La causa Vialidad agregó después un elemento que ya no pertenecía solamente a mis lecturas. Las condenas por administración fraudulenta relacionadas con la adjudicación de obra pública a empresas de Lázaro Báez hicieron que la expresión empresario amigo dejara de ser únicamente una consigna electoral. Había expedientes.
Volví entonces a encontrarme con aquella contradicción que había comenzado en la universidad. Una tradición política construida alrededor de la denuncia de la oligarquía podía terminar conviviendo con empresarios cuya prosperidad estaba estrechamente vinculada a decisiones tomadas desde el Estado.
La vieja burguesía acumulaba capital mediante fábricas, propiedades y mercados. La nueva había descubierto que también podía hacerlo acercándose al presupuesto.
Pero lo que más me interesaba ya no era el dinero. Era el lenguaje.
Quienes habían administrado durante años ministerios, empresas públicas, sindicatos, universidades, organismos, presupuestos y contratos podían continuar presentándose como quienes luchaban contra el poder. Curiosamente, el poder siempre estaba en otra parte.
Allí encontré una de las contradicciones más extraordinarias de cierta izquierda contemporánea, gobernar durante años y continuar describiéndose como resistencia.
Cuando el kirchnerismo perdió la Presidencia en 2015, una extensa arquitectura política, institucional y cultural tuvo que enfrentarse a la posibilidad de perder posiciones, recursos e influencia. No creo que cada persona que se opusiera al gobierno siguiente estuviera defendiendo un beneficio personal. Eso sería reemplazar el análisis por propaganda.
Mi pregunta era bastante más difícil. ¿Qué ocurre cuando una organización creada para cambiar el poder comienza a necesitar desesperadamente conservarlo?
Michels volvía a aparecer. Siempre Michels.
La burguesía que no quiere desaparecer
Cuando cerré aquel último tomo de historia política argentina comprendí que había llegado bastante lejos desde aquella aula universitaria donde conocí por primera vez a los hombres sentados a la izquierda de una Asamblea francesa.
Entonces tuve que hacerme una pregunta que probablemente a los dieciocho años me habría parecido absurda. ¿Qué significa ser burgués hoy?
Para Marx, la respuesta tenía una precisión económica. La burguesía era la clase propietaria de los medios de producción. Utilizar el término para describir indistintamente a funcionarios, sindicalistas o intelectuales sería históricamente incorrecto.
Pero mi discusión ya no era solamente con Marx. Era conmigo mismo.
Había comenzado a sospechar que el privilegio moderno podía adoptar formas diferentes de la propiedad de una fábrica. También podía consistir en controlar recursos, distribuir oportunidades, determinar accesos, administrar organizaciones y proteger institucionalmente la posición alcanzada.
La vieja burguesía defendía fábricas, tierras y capital. La nueva burocracia podía defender cargos, presupuestos, organizaciones, contratos, influencia cultural y capacidad de intermediación. Una protegía patrimonio; la otra, estructura.
Entonces las palabras empezaron a cambiar de lugar. Revolucionario ya no era necesariamente quien levantaba el puño. Podía ser quien pretendía cambiar el sistema. Y conservador ya no era necesariamente quien vestía traje, hablaba de propiedad privada o votaba a la derecha. También podía ser quien gritaba revolución mientras rogaba que nada cambiara demasiado.
Quizá allí se encuentre una de las grandes ironías políticas de nuestro tiempo. Una parte de aquella izquierda que nació cuestionando privilegios consiguió organizarse, institucionalizarse, conquistar espacios de poder y construir los propios. Una vez conseguido aquello que durante décadas había combatido, descubrió una palabra que jamás habría aceptado para describirse.
Conservación.
No quiere desaparecer. No quiere abandonar los organismos que administra, las estructuras que construyó, los espacios culturales que ocupa, los recursos que distribuye ni la capacidad de decidir quién recibe qué. Pero conserva cuidadosamente la vieja escenografía, la bandera, el compañero, la revolución y el puño.
El último privilegio
Han pasado muchos años desde aquella clase sobre la Revolución Francesa. A veces imagino al estudiante que fui sentado frente a mí. Probablemente discutiríamos.
Él me recordaría que la izquierda nació combatiendo privilegios, que conquistó derechos, que puso límites al poder económico y que millones de trabajadores vivieron mejor gracias a luchas que alguna vez fueron consideradas revolucionarias. Yo tendría que darle la razón.
Después le preguntaría qué ocurre cuando quienes combatieron los privilegios consiguen los propios.
Seguramente abriría algún libro. Yo también lo haría. Marx explicaría el capital, Michels las organizaciones y Gramsci la hegemonía. Quizá después de discutir durante horas descubriríamos que ninguno alcanza por sí solo, porque al final el problema nunca fue solamente la izquierda ni la derecha.
Fue el poder y su extraordinaria capacidad para transformar revolucionarios en administradores y administradores en conservadores.
Por eso, después de tantos libros, gobiernos, revoluciones y derrotas, mi pregunta política terminó siendo bastante más sencilla que aquellas que aprendí en la universidad.
¿Quién tiene algo que perder si cambia el sistema?
Porque allí suelen esconderse los verdaderos conservadores.
Algunos de quienes comenzaron sentándose a la izquierda terminaron exactamente donde jamás imaginaron, defendiendo aquello que consiguieron, la estructura y su lugar dentro de ella. Solo que todavía levantan el puño para que nadie lo note.
Cierro el libro y por un instante vuelvo a aquella aula. Veo nuevamente la Asamblea francesa, los revolucionarios sentados a la izquierda y al estudiante que alguna vez fui tratando de entender de qué lado estaba la historia.
Ahora sé que probablemente formulaba mal la pregunta. La historia no mira dónde te sentaste cuando comenzó la revolución. Mira qué haces cuando finalmente consigues el poder.
No mira tus discursos, tus banderas ni siquiera tu puño levantado. Mira quién se desespera cuando se mueve el presupuesto.














