Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades.
No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones, destruyen reputaciones, justifican guerras y convierten la indiferencia en una forma respetable de convivencia. Nadie decreta cuarentenas porque nadie admite estar contagiado.
Hace treinta años, José Saramago publicó Ensayo sobre la ceguera. Muchos creyeron que había escrito una novela sobre una epidemia. Se equivocaban. Había escrito una autopsia de la condición humana, una advertencia sobre la extraordinaria facilidad con la que una sociedad puede perder la brújula moral sin perder jamás la vista.
Ese fue el verdadero escándalo del libro. No decía que existieran monstruos. Decía que los monstruos podían aparecer cuando las circunstancias dejaban de exigirnos humanidad. Porque en la novela el horror no llega desde afuera: nace entre los propios ciegos. Los que ayer eran víctimas descubren que mañana también pueden convertirse en verdugos. El hambre, el miedo y la desesperación no crean la maldad; simplemente levantan el maquillaje que la mantenía bajo control.
Saramago comprendió algo que la historia confirma una y otra vez: la civilización es mucho más frágil de lo que nos gusta admitir.
Nos gusta pensar que el progreso nos ha vuelto mejores. Tenemos inteligencia artificial, satélites, teléfonos capaces de transmitir una guerra en tiempo real y algoritmos que conocen nuestros gustos antes que nosotros mismos. Pero el desarrollo tecnológico jamás garantizó el desarrollo moral.
Hoy podemos observar una tragedia ocurrida al otro lado del planeta mientras esperamos un café. La vemos, la compartimos, la comentamos y, cinco minutos después, seguimos deslizando el dedo sobre la pantalla como si el dolor también tuviera fecha de vencimiento. Nunca fue tan fácil mirar. Nunca resultó tan sencillo acostumbrarse a lo que vemos. La enfermedad no consiste en ignorar la realidad, sino en perder la capacidad de escandalizarse frente a ella.
Vivimos rodeados de información y, sin embargo, escasea la comprensión. Sabemos cada vez más cosas, pero entendemos cada vez menos personas. El problema ya no es la censura. Es la saturación. El poder descubrió hace tiempo que no necesita ocultar la verdad cuando puede enterrarla bajo millones de opiniones, titulares, videos y discusiones irrelevantes. Antes se prohibían los libros; ahora basta con que nadie tenga tiempo para leerlos. Antes el silencio era una herramienta de dominación. Hoy también lo es el ruido.
La política aprendió rápidamente esa lección. No gobierna quien ofrece las mejores respuestas, sino, muchas veces, quien administra mejor las emociones. El miedo reemplazó al argumento, la indignación desplazó al pensamiento y la consigna ocupó el lugar de la reflexión. Mientras los ciudadanos discuten entre ellos, el verdadero poder suele permanecer discretamente fuera de cuadro. La ceguera nunca necesitó vendas; le alcanzó con las certezas, porque pocas personas resultan más difíciles de convencer que aquellas que creen haber comprendido definitivamente el mundo.
El periodismo tampoco salió ileso. Existe una diferencia inmensa entre informar y revelar. Informar es contar que un edificio se incendió; revelar es explicar quién almacenó la gasolina, quién encendió el fósforo y quién decidió mirar hacia otro lado. Lo primero genera visitas. Lo segundo genera enemigos. Quizá por eso abundan las noticias y escasean las explicaciones. No atravesamos una crisis de información. Atravesamos una crisis de atención y, peor aún, una crisis de honestidad intelectual. Pensar exige algo que casi nadie está dispuesto a conceder; la posibilidad de descubrir que uno estaba equivocado.
También la literatura enfrenta esa tentación. Cada año aparecen miles de libros. Muchos nacen para acompañar una temporada editorial; muy pocos nacen para acompañar una vida. Los grandes libros poseen una característica incómoda: no terminan cuando se cierra la última página. Empiezan allí. Regresan años después, cuando una conversación, una elección o una tragedia nos obligan a recordar una frase que creíamos olvidada. Eso ocurrió con Ensayo sobre la ceguera. No envejeció porque nunca habló de una época. Habló de una posibilidad permanente de la condición humana.
Sin embargo, el mayor riesgo de leer a Saramago consiste en creer que el ciego siempre es el otro. Es una conclusión tranquilizadora y profundamente falsa. Quien se indigna únicamente por la ceguera ajena ya comenzó a perder la propia lucidez. Todos seleccionamos las injusticias que denunciamos, todos tenemos silencios convenientes y todos miramos con más severidad los errores del adversario que los de quienes piensan como nosotros. Nadie está completamente a salvo de esa epidemia. Tampoco quien escribe estas líneas.
Quizá esa sea la enseñanza más incómoda que dejó Saramago. La ceguera colectiva no comienza cuando dejamos de ver. Comienza cuando dejamos de desconfiar de nuestras propias certezas. El día en que creemos haber despertado para siempre es, probablemente, el día en que empezamos a dormir con los ojos abiertos.
Porque las epidemias más peligrosas nunca se anuncian con sirenas. Llegan en silencio, se vuelven costumbre y terminan convenciendo a millones de personas de que la oscuridad no existe, simplemente porque aprendieron a llamar normalidad a aquello que, desde hace mucho tiempo, dejó de ser humano.














