La noche tenía una palabra que casi nadie recuerda

Jul 5, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Conticinio: el café, los libros y el arte de escuchar el silencio.

Hay palabras que no fueron hechas para los diccionarios. Fueron hechas para esperar a un lector. La guardé entre mis libros sin saber que, con el tiempo, terminaría leyéndome a mí.

No recuerdo en qué libro apareció. Pudo ser en una novela descatalogada, en un ensayo de los que nadie cita o en un poema que alguien olvidó entre páginas amarillentas. La memoria es caprichosa con esas cosas. Lo único que conservo intacto es la sensación de aquella madrugada; el borde caliente de una taza, el círculo amarillo de una lámpara y la certeza —absurda, pero irrefutable— de que aquella palabra llevaba años esperándome.

Desde entonces sé que los libros tienen sus horas.

Unos piden la mañana, cuando el café todavía humea y el mundo aún no exige respuestas. Otros solo se abren cuando la ciudad se queda sola, cuando el ruido renuncia a su imperio y la noche recupera el antiguo oficio de escuchar.

Por eso desconfío de quienes dicen leer para informarse. Los libros no se escribieron únicamente para transmitir conocimientos. Se escribieron para hacer compañía. Son la prueba de que alguien, en otro tiempo, sintió las mismas dudas, las mismas pérdidas y las mismas esperanzas que hoy creemos exclusivamente nuestras.

El café entiende eso mejor que cualquier teoría.

No obliga a pensar; invita. No acelera; concede. Mientras el vapor asciende lentamente, uno descubre que ciertas respuestas nunca llegan de día. Esperan a que el mundo calle para acercarse sin hacer ruido.

Vivimos rodeados de pantallas que no descansan. Todo exige inmediatez. Cada minuto trae una notificación, una opinión o una trifulca que mañana será polvo. Hemos aprendido a escuchar el estruendo, pero hemos olvidado el valor de aquello que nunca alza la voz.

Quizá por eso aquella palabra se quedó conmigo.

Empezó a aparecer donde antes solo veía rutina: en el roce de una página al girar, en el último sorbo de café ya frío, en una biblioteca vacía, en una ventana abierta hacia la madrugada, en la presencia de alguien capaz de compartir horas sin sentir la necesidad de llenar cada silencio.

Con los años entendí que el amor también es una biblioteca.

Hay personas que pasan por nuestra vida como revistas de aeropuerto: entretienen un rato y se van. Otras son como esos libros a los que siempre regresamos porque, aunque conocemos cada página, siempre terminan revelándonos algo nuevo. El amor no consiste en decir mucho, sino en quedarse. En compartir una taza, una noche y un silencio sin necesidad de demostrar nada.

Los grandes escritores lo sabían. No escribían para ser leídos. Escribían para acompañar la soledad de un desconocido que todavía no había nacido. Cada libro es una carta que nunca se envía. Cada lector la abre, por fin, muchos años después.

A veces pienso que las bibliotecas son los únicos lugares donde el tiempo deja de correr. Allí conviven quienes ya partieron con quienes todavía no llegan.  Borges conversa con Cervantes. García Márquez le sonríe a PessoaSarmiento sigue discutiendo con el futuro de la escuela. Y uno, con el café entre las manos, descubre que nunca estuvo realmente solo.

Aquella palabra sigue viviendo entre mis libros. Ya no intento definirla. Algunas palabras se marchitan cuando las encerramos en una definición. Prefiero reconocerla cuando una madrugada me encuentra leyendo, el café se enfría lentamente y la ciudad parece haber olvidado cómo hacer ruido.

Entonces cierro el libro, miro la taza vacía y comprendo que la noche aún guarda palabras que el idioma ha ido olvidando. Basta leer despacio, servir otro café y concederle al silencio la cortesía de decir la última palabra.

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