Aramburu entre Borges, Walsh y Sarlo

Jun 3, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Tres escritores. Tres maneras de entender la violencia. Tres fantasmas que todavía discuten qué fue realmente la Argentina.

La muerte del general Pedro Eugenio Aramburu no fue solamente un crimen político ni una operación guerrillera. Fue también una batalla literaria e intelectual. Rodolfo Walsh la entendió como una consecuencia histórica. Jorge Luis Borges como la irrupción del laberinto moral de la violencia. Beatriz Sarlo como el punto donde pasión y excepción deformaron la política argentina. Entre los tres construyeron una discusión mucho más profunda que un asesinato; discutieron qué ocurre cuando una sociedad convierte la historia en tragedia y la política en destino.

Hay cadáveres que descansan bajo tierra y cadáveres que permanecen caminando sobre los siglos. El de Pedro Eugenio Aramburu pertenece a esta última especie. No envejeció. No desapareció. No terminó en Timote. Sigue entrando, como un espectro incómodo, cada vez que la Argentina discute la violencia, la legitimidad política, la memoria o el derecho de una generación a fundar el futuro sobre la sangre del presente.

Quizá por eso el caso nunca quedó atrapado únicamente en archivos judiciales ni documentos históricos. Terminó refugiándose en la literatura, en el ensayo, en el cine y en la filosofía política. Porque hubo algo profundamente narrativo en aquella escena de 1970; un general secuestrado, un juicio clandestino, jóvenes convencidos de estar corrigiendo la historia, una ejecución presentada como justicia revolucionaria y un país entero observando cómo la violencia abandonaba definitivamente los márgenes para sentarse en el centro de la política argentina.

Allí aparecen tres nombres fundamentales; Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh y Beatriz Sarlo. Los tres representan tradiciones intelectuales distintas. Los tres observan el caso Aramburu desde lugares incompatibles. Y precisamente por eso, juntos permiten entender no solamente qué ocurrió, sino qué quiso decir la Argentina cuando mató a Aramburu.

Porque los países también hablan cuando matan.

Y Argentina, durante décadas, habló demasiado a través de sus muertos.

Walsh y la historia desde abajo

Para Rodolfo Walsh, el caso Aramburu jamás podía leerse como un episodio aislado. No era un crimen privado. No era un desborde emocional. Era la consecuencia histórica de otra violencia anterior; la del golpe de 1955, los fusilamientos de José León Suárez, la proscripción del peronismo y el disciplinamiento militar de la democracia.

Walsh entendía algo esencial; la violencia revolucionaria no nace espontáneamente.  Es hija de una violencia previa que se volvió sistema. Por eso, cuando analiza a Aramburu, no lo observa únicamente como hombre, sino como símbolo político. El general representa el rostro visible de un orden construido sobre la exclusión y la represión.

Allí está la gran diferencia con muchas lecturas contemporáneas. Walsh no piensa desde la moral individual. Piensa desde la historia.

Cuando escribe “Aramburu y el juicio histórico”, lo que hace es desmontar la idea del Aramburu arrepentido, del militar transformado por el tiempo, del dirigente que habría evolucionado hacia posiciones más conciliadoras. Walsh desconfía profundamente de esa metamorfosis. Para él, los dilemas personales del general importan menos que la estructura política y represiva que ayudó a consolidar desde 1955.

En Walsh no hay inocencia liberal respecto del Estado. Sabe que el monopolio de la violencia estatal suele presentarse como neutralidad jurídica mientras administra fusilamientos, proscripciones y censuras. Por eso jamás podría aceptar que la violencia revolucionaria aparezca como la primera ruptura del orden. El orden ya estaba roto.

Pero Walsh tampoco glorifica ingenuamente la muerte. Allí reside su complejidad. Operación Masacre no es un canto épico al fusilamiento; es una tragedia argentina. Walsh escribe desde el espanto. Desde la conciencia de que el país había naturalizado una lógica donde la política empezaba a resolverse mediante cadáveres.

Sin embargo, todavía cree en algo que hoy parece extinguido: la historia como campo de transformación colectiva. En Walsh existe una fe —dolorosa, contradictoria, pero real— en que los pueblos pueden intervenir sobre su destino.

Por eso Montoneros no le resulta solamente una organización armada. Le resulta también un síntoma histórico.

Borges y el laberinto moral

Jorge Luis Borges aparece como la contracara absoluta de Walsh. Donde Walsh observa historia, Borges observa tragedia moral. Donde Walsh ve conflicto político, Borges ve el peligro de las pasiones colectivas. Donde Walsh cree en la irrupción popular, Borges sospecha del fanatismo y del heroísmo revolucionario.

No es casual que Beatriz Sarlo recurra a “Emma Zunz” para pensar el asesinato de Aramburu. Ese cuento funciona como clave interpretativa de toda una concepción de la violencia.

Emma mata convencida de que está haciendo justicia. Pero Borges introduce una ambigüedad devastadora; la protagonista necesita deformar la realidad para que su venganza pueda adquirir legitimidad. La verdad objetiva importa menos que la verdad emocional.

Ahí aparece el núcleo borgiano del caso Aramburu: la violencia política siempre necesita narrarse a sí misma para sobrevivir moralmente.

Montoneros llamó “ajusticiamiento” a lo ocurrido. Esa palabra es esencial. No dijeron asesinato. No dijeron ejecución. Dijeron justicia.

Borges habría desconfiado inmediatamente de esa operación lingüística. Sabía que el lenguaje no describe inocentemente la realidad; la organiza, la deforma y muchas veces la vuelve moralmente soportable.

En Borges existe además una profunda sospecha hacia la idea de redención histórica. Los grandes movimientos políticos suelen terminar, en su literatura, atrapados dentro de laberintos donde el héroe descubre demasiado tarde que también se ha convertido en monstruo.

La Argentina de los setenta habría sido, para Borges, precisamente eso: un país donde muchos comenzaron creyéndose salvadores y terminaron dialogando con la muerte.

Pero hay algo todavía más incómodo. Borges comprendía que la violencia no pertenece únicamente a los revolucionarios. También el Estado fabrica sus mitologías sangrientas. También los gobiernos crean ficciones morales para justificar ejecuciones, persecuciones y desapariciones.

Por eso Borges resulta mucho más complejo de lo que ciertas simplificaciones ideológicas admiten. No era solamente un antiperonista liberal. Era un escritor obsesionado con el problema del poder, la culpa y la violencia como forma de destino humano.

En el fondo, Borges desconfiaba de cualquier causa que prometiera purificar la historia.

Porque intuía que la historia siempre termina cobrando sangre.

Sarlo y la crítica de la pasión

Beatriz Sarlo ingresa en esta discusión desde otro lugar. Ni desde la épica histórica de Walsh ni desde el pesimismo metafísico de Borges. Sarlo analiza el caso Aramburu como un momento de “pasión y excepción”.

Es una lectura profundamente contemporánea.

Para Sarlo, el asesinato expresa una sensibilidad política específica de los años setenta; una generación que entendió la política como entrega total, sacrificio, excepcionalidad y violencia transformadora.

Allí aparece su crítica central; la pasión habría reemplazado a la racionalidad política.

Según Sarlo, Montoneros actuó convencido de que la historia justificaba cualquier transgresión. La excepción se volvió regla. La muerte dejó de ser límite moral para transformarse en instrumento político legítimo.

Pero Sarlo introduce algo más sofisticado todavía. No condena únicamente la violencia. Condena también la fascinación estética y emocional que cierta cultura argentina desarrolló alrededor de la violencia revolucionaria.

Por eso utiliza a Borges.

Porque Borges le permite desmontar la épica.

Mientras Walsh todavía puede pensar la violencia dentro de una lógica histórica, Sarlo la reinterpreta desde una crítica de la subjetividad política. El problema ya no es solamente qué ocurrió. El problema es cómo una generación llegó a creer que matar podía ser moralmente emancipador.

Y allí aparece la pregunta que Argentina todavía no logra responder sin gritarse a sí misma.

¿Fue Montoneros una consecuencia histórica de una democracia mutilada o una deriva fanática de la política argentina?

La respuesta cambia según quién mire.

Walsh diría: no entienden el contexto.

Borges respondería: el contexto jamás absuelve el horror.

Sarlo agregaría: el problema fue convertir la excepción en moral revolucionaria.

Tres maneras de nombrar la justicia

En el fondo, los tres escritores están discutiendo exactamente lo mismo; qué significa la palabra justicia cuando un país comienza a desmoronarse políticamente.

Para Walsh, la justicia pertenece a la historia y a los oprimidos. El derecho puede ser legal y aun así profundamente injusto. Por eso desconfía del Estado cuando se presenta como árbitro neutral mientras proscribe, fusila y censura.

Para Borges, en cambio, la justicia humana siempre corre el riesgo de degradarse en venganza. Allí donde los hombres creen estar corrigiendo el destino, muchas veces solo terminan reproduciendo el horror que dicen combatir.

Sarlo aparece entre ambos mundos. Comprende el contexto histórico señalado por Walsh, pero comparte con Borges la sospecha hacia las pasiones absolutas. Su crítica apunta a la transformación de la violencia en una ética revolucionaria capaz de justificar cualquier transgresión.

Los tres están hablando de Aramburu.

Pero también están hablando de la Argentina.

La Argentina y su pedagogía de la muerte

Sin embargo, los tres coinciden en algo esencial, aunque nunca lo admitirían del mismo modo; la muerte de Aramburu no fue solamente la muerte de un hombre. Fue un acontecimiento fundador.

Después de Timote, la Argentina ya no volvió a ser igual.

Porque aquel secuestro introdujo algo nuevo: una organización no estatal se arrogaba públicamente el derecho de juzgar y ejecutar en nombre del pueblo. Allí la violencia abandonaba definitivamente la clandestinidad moral y se convertía en discurso político explícito.

Pero al mismo tiempo, el propio Estado argentino ya venía enseñando otra pedagogía de la violencia desde hacía años. Fusilamientos, proscripciones, persecuciones y golpes militares habían erosionado la legitimidad republicana mucho antes de Montoneros.

La violencia previa no se limitaba a los fusilamientos o la proscripción. También incluía uno de los episodios más espectrales de la historia argentina; el secuestro y ocultamiento del cadáver de Eva Perón, convertido durante años en símbolo clandestino del odio político.

Ese es el drama argentino.

La violencia revolucionaria y la violencia estatal terminaron alimentándose mutuamente hasta producir la década más oscura de la historia nacional.

Y quizá allí Walsh, Borges y Sarlo vuelvan a encontrarse inesperadamente.

Walsh entendiendo que la violencia estatal incubó la respuesta armada.

Borges advirtiendo que toda épica termina devorando a sus hijos.

Sarlo señalando que la excepción se convirtió en sensibilidad dominante.

Los tres, desde lugares opuestos, terminan describiendo el mismo abismo.

El país de los espectros

La muerte de Aramburu sigue viva porque la Argentina nunca resolvió completamente su relación con la violencia política. Todavía discute si la historia debe pensarse desde la reconciliación o desde el antagonismo. Todavía oscila entre la épica y la condena. Todavía transforma muertos en banderas.

Por eso el caso regresa constantemente.

No como archivo.

Como fantasma.

Walsh vuelve cuando una generación cree que la historia exige intervenir radicalmente sobre el presente.

Borges vuelve cuando la política se transforma en fanatismo moral.

Sarlo vuelve cuando la pasión amenaza con justificar cualquier excepción.

Y Aramburu vuelve cada vez que la Argentina se pregunta dónde termina la política y dónde empieza la violencia.

Tal vez por eso Aramburu nunca terminó de morir. Porque las sociedades que convierten la violencia en lenguaje siempre terminan escuchando otra vez sus viejos disparos.

Artículos relacionados

Segismundo en Casa de Gobierno

Segismundo en Casa de Gobierno

En ciertas provincias, el poder no gobierna solamente personas. También gobierna percepciones. Cuatro siglos después de La vida es sueño, la política sigue atrapada en el mismo miedo: perder el control de la realidad. En San Juan, entre relatos de progreso, pantallas...

Humanitos del sur

Humanitos del sur

Entre Perú y Argentina existe una frontera geográfica, pero también una semejanza moral que pocas veces se admite. Dos países que aprendieron a convivir con la inflación de las palabras, con políticos que prometen redenciones imposibles y con ciudadanos que siguen...

El hombre que aprendió a vivir entre dos países

El hombre que aprendió a vivir entre dos países

Hay una clase de soledad que no aparece en las estadísticas migratorias. No figura en los informes consulares, ni en los discursos sobre integración latinoamericana, ni en las fotografías sonrientes de quienes anuncian en redes sociales que “empezaron una nueva vida”....

Los monstruos de San Juan aprendieron protocolo

Los monstruos de San Juan aprendieron protocolo

Política sanjuanina, fantasmas administrativos y liturgias del poder. Ya no duermen en criptas ni gobiernan desde fortalezas medievales. Ahora inauguran obras inconclusas, hablan de “articulación estratégica” y sonríen para fotografías institucionales mientras alguien...

El muchacho que todavía leía discursos viejos

El muchacho que todavía leía discursos viejos

Nadie recordaba exactamente cuándo la política dejó de hablar de ideas y comenzó a hablar de “experiencias”. Tal vez ocurrió el día en que un asesor descubrió que una encuesta emocional daba mejores resultados que un plan de gobierno. O quizás cuando algún ministro...

La biblioteca de Buenos Aires donde Kafka fuma solo

La biblioteca de Buenos Aires donde Kafka fuma solo

En Buenos Aires uno aprende rápido que las bibliotecas también tienen clases sociales. No hace falta revisar catálogos ni preguntar por primeras ediciones. Basta mirar las paredes. En ciertos cafés de Avenida de Mayo, en algunas librerías silenciosas de Palermo donde...

Amargo sabor II

Amargo sabor II

A veces el amor no termina con una traición, ni con un grito, ni siquiera con otra persona. A veces se desgasta lentamente entre desayunos, silencios domésticos y tazas de café que se enfrían mientras alguien sostiene solo el peso invisible de la vida cotidiana....

Filosofía entre ruinas luminosas

Filosofía entre ruinas luminosas

Sartre en la era donde pensar arruina el espectáculo Quizá Jean-Paul Sartre no perdió vigencia. Quizá el problema sea otro: vivimos en una época que convirtió la incomodidad intelectual en un mal negocio. Hubo un tiempo —y decirlo hoy parece literatura fantástica— en...

El silencio que aún cabe en una taza

El silencio que aún cabe en una taza

Lectura, pantallas y poder Pensar ya no parece un hábito cotidiano. Empieza a parecer una forma extraña de resistencia en una época que premia la velocidad, sospecha de la pausa y confunde información con comprensión. La biblioteca intacta Nadie ha quemado los libros....

Amargo sabor

Amargo sabor

Nunca es tarde para aprender a preparar una buena taza de café. Tampoco para descubrir que algunos matrimonios sobreviven veinte años únicamente porque nadie se atreve a pronunciar la verdad completa. Andrea llegó al supermercado que queda camino al Dique de Ullúm con...