Los monstruos de San Juan aprendieron protocolo

May 23, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Política sanjuanina, fantasmas administrativos y liturgias del poder.

Ya no duermen en criptas ni gobiernan desde fortalezas medievales. Ahora inauguran obras inconclusas, hablan de “articulación estratégica” y sonríen para fotografías institucionales mientras alguien sostiene detrás una carpeta técnica que probablemente nadie leerá jamás.

La literatura universal cometió un pequeño error de cálculo; imaginar que los grandes villanos serían fácilmente reconocibles. Drácula llegaba envuelto en niebla como una advertencia gótica del destino; Frankenstein cargaba la tragedia directamente en el rostro; Sauron tenía un ojo gigantesco incendiando medio continente con la sutileza de una inspección municipal del Apocalipsis. Incluso Hannibal Lecter conservaba cierta honestidad estética; uno sabía que estaba frente a un monstruo antes de escucharlo hablar demasiado.

La política argentina perfeccionó algo mucho más sofisticado.

Aquí los monstruos aprendieron lenguaje institucional. Ya no muestran colmillos. Muestran proyectos de otros, les cambian el membrete y los anuncian como si hubieran nacido una madrugada de inspiración y conocimiento dentro del despacho oficial; no destruyen aldeas sino que presentan planes estratégicos con logos minimalistas y coffee break patrocinado; no aparecen entre tormentas eléctricas ni castillos medievales, sino que llegan en camionetas oficiales, usan chalecos bordados con nombres ministeriales y recorren obras que todavía existen más en renders que en cemento. Después descubren placas con sus propios nombres mientras los aplausos protocolares intentan tapar el ruido viejo de las grietas bajo el edificio.

Y quizá allí empiece el verdadero realismo mágico sanjuanino. No en los fantasmas, sino en la extraordinaria capacidad de convertir estructuras eternas en novedades electorales cada cuatro años, como si el mismo laberinto pudiera parecer distinto simplemente cambiando el color de las banderas, el slogan de campaña y la empresa encargada de imprimir las gigantografías.

Porque si uno mira con atención la historia política argentina —y particularmente ciertas provincias donde el poder se reproduce con la paciencia biológica de la humedad sobre paredes antiguas— descubre algo incómodo: los grandes villanos nunca fueron individuos. Fueron sistemas.

El primero de ellos todavía sigue sentado en algún despacho invisible del país. Se llama Caudillismo.

No importa demasiado el partido político, la estética discursiva ni siquiera la ideología de temporada. El caudillismo argentino posee una capacidad evolutiva admirable. Sobrevive a crisis económicas, derrotas electorales, escándalos públicos y revoluciones morales de utilería con la elegancia de un actor veterano que ya interpretó todos los papeles posibles pero jamás abandona el escenario. Cambia de enemigos, de slogans y de relato, pero nunca de lógica.

En San Juan el fenómeno alcanzó niveles casi artesanales. Aquí el poder rara vez necesita gritar; prefiere administrar silencios con una prolijidad burocrática conmovedora. Habla de diálogo, de consenso, de institucionalidad moderna y de transparencia futura mientras acomoda cuidadosamente la realidad para que nada esencial cambie demasiado. Es una criatura elegante: no rompe puertas, hereda oficinas.

Entonces aparece el segundo monstruo: la Burocracia.

No la burocracia poética de Kafka, donde el absurdo todavía conservaba cierta dignidad filosófica europea. La burocracia sanjuanina parece más bien una criatura mineral alimentada con expedientes eternos, café recalentado y sellos administrativos capaces de sobrevivir incluso a los gobiernos que los compraron. Hay oficinas públicas donde los papeles envejecen mejor que las personas.

El ciudadano entra joven y sale convertido en especialista informal en resignación administrativa. Primero hace fila, después presenta fotocopias, luego certifica firmas y finalmente descubre que falta un formulario cuya existencia nadie había mencionado antes porque aparentemente se encontraba oculto en un manuscrito secreto del Ministerio de Trámites Imposibles.

Y mientras espera entiende algo devastador: la burocracia argentina no siempre fracasa por ineficiencia. A veces funciona exactamente como fue diseñada. Porque ciertos sistemas no necesitan resolver problemas; necesitan administrarlos eternamente.

Quizá por eso algunos expedientes parecen tener vida propia. Circulan durante años entre escritorios, oficinas y subsecretarías como almas en pena buscando una resolución administrativa que jamás llega, mientras el ciudadano envejece lentamente bajo tubos fluorescentes y ventiladores cansados que giran con la melancolía de un tango presupuestario.

Después llega otro villano todavía más sofisticado: la Corrupción.

Pero no necesariamente la cinematográfica, la de bolsos y conventos que alimenta series de streaming y titulares fáciles. La corrupción moderna aprendió refinamiento institucional. Ahora utiliza lenguaje técnico, consultoras, presentaciones visuales y frases cuidadosamente diseñadas para no decir absolutamente nada.

Consiste en acostumbrar lentamente a una sociedad a no pedir balances, a aceptar explicaciones fragmentadas y a naturalizar que toda información pública llegue tarde, incompleta o enterrada bajo montañas de terminología administrativa incomprensible para el ciudadano común, que bastante tiene con sobrevivir al precio de los alimentos, las tarifas y la sensación permanente de estar financiando un espectáculo cuyos números jamás aparecen del todo claros.

San Juan aprendió demasiado bien esa lógica. Durante años convivió con anuncios monumentales, megaeventos, promesas de transformación histórica y discursos de modernización mientras muchas preguntas básicas quedaban flotando en el aire como polvo sobre archivos viejos.

¿Cuánto costó realmente? ¿Quién auditó? ¿Quién controló? ¿Quién respondió políticamente?

Las preguntas aparecen, pero rara vez encuentran domicilio permanente.

Y entonces emerge quizá el monstruo más poderoso de todos: la Ciudad.

No la física, sino la simbólica. Ese organismo pequeño, elegante y circular donde todos parecen conocerse demasiado, donde los enemigos de ayer comparten café mañana y donde ciertos indignados profesionales descubren repentinamente virtudes institucionales apenas consiguen una oficina con aire acondicionado y firma autorizada.

San Juan posee algo fascinante: aquí la política nunca termina de irse. Simplemente rota.

Los discursos cambian con la velocidad de un expediente urgente en temporada electoral. Los funcionarios migran entre cargos como aves administrativas de estación. Los opositores envejecen lentamente hasta convertirse en oficialismo. Y la provincia entera funciona a veces como una obra teatral extraña donde los actores cambian de vestuario mientras el guion permanece sospechosamente intacto.

La sociedad observa todo eso con una mezcla extraña de ironía, cansancio y lucidez; la clase de resignación inteligente que desarrollan los pueblos acostumbrados a escuchar promesas refundacionales cada cuatro años mientras las mismas baldosas continúan flojas desde hace décadas.

Porque el verdadero realismo mágico argentino jamás consistió en ver fantasmas. Consiste en ver sobrevivir las mismas estructuras después de décadas de crisis, relatos heroicos y supuestas revoluciones administrativas.

Allí reside la genialidad oscura del sistema.

Cada gobierno llega prometiendo destruir los monstruos anteriores. Pero al poco tiempo descubre algo mucho más incómodo; el monstruo ya vive dentro del edificio.

Entonces sucede lo inevitable. La burocracia sigue creciendo, el caudillismo cambia de rostro, la opacidad administrativa aprende nuevas palabras modernas y la ciudad continúa funcionando como una maquinaria elegante donde todos interpretan renovación mientras el decorado apenas recibe otra mano de pintura institucional.

Quizá por eso los grandes villanos argentinos jamás podrían parecerse a Drácula o Sauron. Esos monstruos todavía conservaban cierta honestidad narrativa. Aquí el verdadero antagonista suele presentarse como solución. Sonríe, habla de futuro, promete transparencia, convoca mesas de diálogo, inaugura auditorios y publica renders luminosos de un mañana siempre espectacular y siempre pendiente.

Y mientras tanto, lentamente, casi en silencio, el sistema vuelve a devorarlo todo.

No con violencia cinematográfica.

Sino con algo mucho más argentino; la costumbre.

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