El café donde Borges y Sabato discutieron la tristeza de Don Quijote

May 29, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Había algo profundamente porteño en aquel café. No en el sentido turístico de Buenos Aires —ese decorado para extranjeros donde el tango suena como una obligación municipal—, sino en la otra ciudad, la verdadera, la que todavía sobrevive escondida entre librerías húmedas, mesas de mármol envejecido y mozos capaces de servir un café como si custodiaran un rito antiguo.

El lugar quedaba cerca de la vieja Biblioteca Nacional, aunque en Buenos Aires “cerca” siempre es una categoría sentimental antes que geográfica. Afuera llovía con una lentitud casi literaria. Adentro olía a tabaco viejo, cuero gastado y páginas que habían sobrevivido demasiadas mudanzas. En un rincón, bajo una lámpara amarilla, estaban ellos.

Jorge Luis Borges parecía mirar hacia ninguna parte y hacia todas al mismo tiempo. Tenía esa expresión de hombre que escucha más allá de la conversación inmediata, como si la realidad le llegara con eco. Frente a él, Ernesto Sabato sostenía la taza con ambas manos. Había en su gesto cierta gravedad de científico cansado del mundo, una melancolía áspera que sólo poseen quienes han pasado demasiado tiempo pensando en el alma humana.

No hablaban todavía. O quizá sí, pero en silencio. Porque algunos diálogos empiezan mucho antes que las palabras.

El mozo dejó el café sobre la mesa. Borges agradeció con una leve inclinación de cabeza. Sabato encendió un cigarrillo. Afuera pasó un colectivo haciendo temblar los vidrios. Entonces ocurrió algo extraño: la conversación comenzó hablando de la muerte de un hombre que jamás existió.

—Tal vez yo sea excesivamente sentimental —dijo Sabato—. Pero quiero que me diga si alguna vez no se le cayeron lágrimas leyendo el Quijote.

La pregunta quedó suspendida sobre la mesa como humo espeso.

Borges demoró la respuesta. No porque no supiera qué decir, sino porque ciertas emociones necesitan atravesar primero la memoria antes de convertirse en lenguaje. Después habló despacio, mirando un punto remoto que acaso sólo él veía.

—Sí… sobre todo cuando vuelven a la aldea. Es muy triste.

Y en ese instante el café entero pareció detenerse.

Porque no estaban hablando solamente de Cervantes. Ni siquiera de literatura. Hablaban de otra cosa. Del regreso. De la derrota. Del momento exacto en que un hombre comprende que el mundo ya no necesita sus sueños.

En Buenos Aires abundan hombres así.

Periodistas que alguna vez creyeron cambiar la realidad escribiendo columnas que hoy nadie termina de leer. Profesores que defendieron libros mientras el mundo comenzaba a resumirse en videos de treinta segundos. Libreros que sobreviven vendiendo ediciones usadas a estudiantes que fotografían páginas en lugar de comprarlas. La ciudad está llena de quijotes cansados que continúan peleando contra molinos modernos llamados algoritmos, marketing político o frivolidad digital.

Quizá por eso Borges se quebraba con la muerte de Alonso Quijano.

No por el personaje.

Por lo que simbolizaba.

“Quiero decir que se murió” —repitió Borges lentamente, como si acariciara cada palabra.

Sabato sonrió apenas.

—Eso es lo que parecería ser escribir bien.

Y allí apareció el verdadero centro de aquella conversación.

Porque mientras hoy el mundo vive obsesionado con el exceso —exceso de opinión, exceso de retórica, exceso de dramatización—, aquellos dos hombres entendían algo que las redes sociales jamás comprenderán: las emociones verdaderas casi siempre hablan en voz baja.

Cervantes no escribió un discurso solemne para despedir a Don Quijote. No necesitó incendiar el lenguaje. Apenas dijo: “quiero decir que se murió”.

Y alcanza.

Tal vez porque el dolor auténtico nunca necesita maquillaje.

El mozo volvió a llenar las tazas. Afuera la lluvia seguía cayendo sobre Buenos Aires como una vieja novela rusa. En otra mesa, un estudiante subrayaba a Kafka con marcador fluorescente, probablemente sin sospechar que, a pocos metros, dos hombres discutían uno de los grandes secretos de la literatura universal.

Cómo narrar la tristeza sin humillarla.

Entonces Borges dijo algo todavía más inquietante.

—Cuando Hamlet dice “Lo demás es silencio”, uno siente una íntima indiferencia en Shakespeare.

Sabato levantó la vista.

Y por un momento pareció abrirse una grieta invisible entre ambos escritores.

Porque allí estaban sus dos universos enfrentados.

Borges admiraba la perfección intelectual, pero desconfiaba de la exageración sentimental. Sabato, en cambio, necesitaba ensuciarse con las pasiones humanas, descender al barro psicológico, atravesar la oscuridad. Uno construía laberintos. El otro excavaba abismos.

Sin embargo, aquella noche coincidían en algo esencial.

La literatura no sirve para escapar del dolor.

Sirve para entenderlo.

Buenos Aires seguía respirando detrás de los ventanales empañados. Una ciudad donde los cafés funcionan como trincheras culturales desde hace más de un siglo. Allí todavía sobreviven hombres que leen subrayando párrafos como quien busca instrucciones para resistir la realidad. Hombres que hablan de libros muertos mientras alrededor todo exige velocidad, espectáculo y consignas fáciles.

Quizá por eso aquella escena parece hoy casi imposible.

Imaginar a Borges y Sabato discutiendo durante horas sobre una frase mínima de Cervantes resulta casi subversivo en una época donde la mayoría opina sobre libros que jamás abrió.

Pero el problema no es tecnológico.

Es espiritual.

Porque el drama moderno no consiste en que dejamos de leer. El verdadero drama es que dejamos de demorarnos en las cosas.

Ya nadie contempla una frase hasta quebrarse por dentro.

Ya nadie vuelve veinte veces sobre una página.

Ya nadie permite que un libro lo persiga durante años.

El café comenzaba a vaciarse. Borges acomodó lentamente su bastón. Sabato apagó el cigarrillo. Afuera, la ciudad seguía funcionando con su vieja mezcla de melancolía y ruido.

Antes de levantarse, Borges murmuró una vez más:

“Quiero decir que se murió…”

Y acaso en esa repetición había algo más que admiración literaria.

Tal vez Borges entendía que todos los hombres terminan pareciéndose un poco a Don Quijote. Incluso los escritores célebres. Incluso los intelectuales admirados. Todos, tarde o temprano, regresan derrotados a alguna aldea invisible donde los esperan sus propias desilusiones.

Pero aun así siguen peleando.

Aunque sepan que el mundo ya cambió.

Aunque los molinos ahora tengan forma de pantallas.

Aunque la época se ría de ellos.

Porque quizá la verdadera dignidad humana consista exactamente en eso.

En seguir defendiendo la imaginación incluso cuando la realidad ya decidió declararla inútil.

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