Cuando el pueblo pierde la voz, el poder no calla: se organiza mejor. Entre un ejecutivo que baila y un congreso que afina la música de la corrupción, la política deja de ser conflicto y se convierte en coreografía. Y en el centro, Tarzán —afónico, perplejo— intenta recordar si alguna vez supo gritar… o si siempre estuvo ensayando para callar.
Hay enfermedades que no se curan: se aprovechan. No aparecen en los libros de medicina, pero sí en los manuales de gobierno. No tienen síntomas visibles, pero garantizan estabilidad.
La amigdalitis de Tarzán es una de ellas.
No comenzó como problema. Comenzó como excusa: un carraspeo leve, una incomodidad al intentar gritar, un pequeño desajuste en la garganta del héroe. Nada grave, dijeron. Nada urgente. Nada político.
Y ahí empezó todo.
Porque Tarzán —el pueblo— dejó de gritar.
O peor: empezó a pedir permiso para hacerlo.
El mono que gobierna… bailando
En la copa de los árboles —ese lugar donde el poder se ve mejor de lo que se ejerce— habita el mono.
El ejecutivo.
Gobierna, dicen.
Y uno, si todavía cree en las formas, asiente. Pero observa. Y al observar, se incomoda. Y al incomodarse, entiende.
El mono no gobierna.
Baila.
Baila bien, incluso. No se equivoca, no se adelanta, no desafina. Gira cuando corresponde, firma cuando le indican, sonríe cuando la escena lo exige.
No improvisa.
Porque no puede.
Porque el ritmo no es suyo.
Las ratas y el arte de mandar sin hacerse cargo
Abajo —donde no llegan las cámaras pero sí las decisiones— están las ratas.
El congreso.
No convencen. No representan. No explican.
Operan.
Se deslizan entre acuerdos que nadie firma y beneficios que nadie admite. Persisten. Y, sobre todo, afinan.
Porque alguien tiene que poner la música.
Y en esta selva la partitura es clara:
La corrupción es la música del congreso.
No escandaliza porque ya no sorprende.
No indigna porque ya no interrumpe.
Funciona.
Marca los tiempos, ordena las decisiones, disciplina los silencios.
Tarzán o la pedagogía del silencio
Mientras tanto, Tarzán.
El pueblo.
El único capaz de detener todo con un grito.
Pero no lo hace.
No porque no pueda.
No porque no quiera.
Sino porque ya no cree que sirva.
Y ese es el triunfo más sofisticado del sistema.
Tarzán vota, se queja, murmura, escribe. A veces se indigna con cierta elegancia, pero sin consecuencias. Ha aprendido a administrar su enojo como se administra un sueldo: con prudencia y resignación.
Y en ese aprendizaje —lento, profundo, casi irreversible— ocurre lo decisivo.
No la pérdida de la voz.
La renuncia a usarla.
La eficiencia del cinismo
Hay que decirlo sin rodeos: el sistema es eficiente.
No es justo.
No es transparente.
No es democrático en el sentido romántico de la palabra.
Pero funciona.
Todo encaja.
Mal, pero encaja.
La corrupción ya no es un problema: es el método. La forma más estable de organizar el poder cuando nadie quiere hacerse responsable de él.
Y en esa lógica, casi perfecta en su degradación, la selva encuentra equilibrio.
Un equilibrio incómodo.
Pero rentable.
La selva bien domesticada
Tal vez el problema nunca fue la amigdalitis.
Tal vez fue descubrir que un pueblo sin voz es más fácil de administrar.
Porque en esta selva nadie está realmente fuera de lugar.
El mono —el ejecutivo— baila.
Las ratas —el congreso— dirigen.
Y Tarzán —el pueblo—… consiente.
Sí, consiente.
Con su silencio.
Con su voto.
Con su costumbre.
Ha aprendido a no interrumpir.
A no incomodar.
A no romper la música.
Y eso —hay que reconocerlo— simplifica mucho las cosas.
Porque no cualquiera logra que un pueblo entero, afónico y todo… siga marcando el ritmo.
—
Y en algún rincón, lejos del ruido pero no de la lucidez —en ese territorio donde la ironía ya no alcanza para disimular la evidencia—, Alfredo Bryce Echenique levanta la vista, saluda a Mario Vargas Llosa y, con una sonrisa que ya no es del todo literaria, murmura:
—Mario… ¿en qué momento se jodió el Perú?
Y esta vez, por primera vez, nadie se ríe.














