El aplauso automático: manual práctico para gobernar sin cambiar nada

Ene 1, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Análisis crítico del mensaje de Marcelo Orrego por el nuevo año

Hay mensajes que no se escriben para ser leídos, sino para ser aceptados. El saludo de fin de año del gobernador Marcelo Orrego pertenece a esa categoría: no busca convencer, informar ni explicar; busca confirmar que todo sigue donde estaba, que nada se movió demasiado y que nadie hará preguntas incómodas mientras el telón permanezca en pie.

Orrego aprendió rápido una lección central del poder provincial: es mejor seguir con las mañas anteriores que intentar cambiar de verdad. Cambiar implica costos. Cambiar implica conflicto. Cambiar implica romper silencios que han sido funcionales durante décadas. Continuar, en cambio, garantiza algo invaluable: previsibilidad. Y en política, la previsibilidad es más valiosa que la honestidad.

Por eso el mensaje habla de trabajo sin mostrar resultados, de aprendizajes sin exámenes, de decisiones responsables sin responsables visibles. Es un discurso perfectamente calibrado para no incomodar a nadie que ya esté cómodo. Un texto que no confronta al pasado porque lo necesita, y que no discute el presente porque lo administra.

El gobernador agradece el acompañamiento y la confianza, como si ambos fueran virtudes espontáneas del ciudadano y no productos cuidadosamente cultivados. Acompañar, en este esquema, no significa participar: significa permanecer sentado. Confiar no implica auditar: implica aceptar. Y cuanto más callada esté la platea, mejor funciona la función.

Orrego entendió —y esto es quizá su mayor aprendizaje político— que es preferible una platea que sigue cayendo, incluso por corrupción, antes que una que se levanta a preguntar. El ruido molesta. La crítica desordena. La transparencia obliga. El silencio, en cambio, es gobernable. El silencio no exige respuestas ni balances. El silencio permite seguir.

En ese marco, la palabra “transformación” se vuelve una pieza decorativa, una lámpara encendida para simular actividad. Se transforma el discurso, no la estructura. Se transforma el tono, no el método. Se transforma la estética, no la lógica. El sistema permanece intacto, solo mejor iluminado.

El mensaje de fin de año funciona entonces como un acto administrativo del relato. No anuncia, no corrige, no reconoce errores. Simplemente certifica continuidad. Dice: “estamos acá”, que es una forma elegante de decir “seguimos igual”. Y eso, para muchos, alcanza.

Pero hay un detalle revelador que atraviesa todo el texto: la ausencia total de riesgo humano. No hay titubeos, no hay silencios incómodos, no hay frases que se deslicen fuera del guion. Es tan prolijo, tan pulido, tan aséptico, que resulta inevitable sospecharlo.

Y ahí aparece la verdad incómoda: es tan hipócrita este mensaje que hubo que recurrir a la inteligencia artificial para que el teatro, al menos, pudiera operar. Cuando la política ya no puede sostener su propia ficción con actores reales, necesita asistencia técnica. La IA no se sonroja, no duda, no recuerda promesas incumplidas. Ordena palabras, suaviza bordes y simula cercanía con exacta precisión.

La inteligencia artificial no pregunta por contratos, no revisa licitaciones, no recuerda discursos pasados. Ejecuta. Renderiza. Produce un mensaje funcional donde el contenido es secundario y la forma lo es todo. Un discurso sin pasado y sin futuro, suspendido en un presente eterno de agradecimientos.

Así, el mensaje no se dijo: se procesó. No se pensó: se generó. Y como todo buen producto automatizado, cumplió su función: cerrar el año sin abrir ningún debate.

El deseo final de “un gran 2026” completa la escena. No es una promesa, es un conjuro. Que sea grande, pero no distinto. Que sea mejor, pero no incómodo. Que nada explote y que, si algo cae, caiga en silencio, fuera de escena, sin interrumpir la función.

El aplauso fue correcto, medido, casi automático. Nadie se levantó. Nadie pidió bis. El teatro cerró sus puertas con la satisfacción de haber cumplido una vez más su ritual favorito: representar el cambio sin practicarlo.

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