Cada Navidad, San Juan ensaya su propio pesebre institucional: discursos sin costos, regalos sin factura y silencios que se celebran como consensos. Esta crónica-ensayo no narra una cena: desnuda un método.
Entre llaves que prometen casas, manuales técnicos que esconden poder y una carta escrita con tinta de mosto para que no desaparezca el CIU, la política sanjuanina celebró la Navidad como mejor sabe hacerlo: convirtiendo la gestión en ritual y la pregunta en mala educación.
La cena del 25 de diciembre volvió a celebrarse como todos los años en San Juan: sin invitaciones formales, sin lista de costos y con un menú cuidadosamente elaborado para no indigestionar conciencias. No fue una cena familiar; fue una escenografía de poder, un simulacro navideño donde cada plato cumplía una función política y cada brindis reemplazaba a una rendición de cuentas.
La mesa apareció sola, como los anuncios oficiales. Nadie la armó, nadie la licitó, nadie explicó su origen. Simplemente estaba ahí, larga, blanca, excesiva, con más sillas que responsabilidades. En la cabecera, ya sentado antes de llegar, Marcelo Orrego inflaba el pecho con la satisfacción del anfitrión que confunde generosidad con relato. Frente a él no había cubiertos: había llaves. Miles de llaves relucientes, ordenadas como trofeos. Cada vez que el gobernador levantaba la voz, una llave caía sobre el plato y, en algún punto de la provincia, aparecía una casa. Sin planos. Sin costos. Sin memoria. Casas concebidas por parto discursivo y paridas por decreto emocional.
Nadie preguntó cuánto valían. Nadie preguntó quién las pagaba. En Navidad, el presupuesto entra en estado contemplativo y la contabilidad se declara en retiro espiritual.
Orrego sonreía con esa sonrisa calibrada por focus group. Detrás de su oreja flotaba un ángel digital, mitad inteligencia artificial, mitad asesor de prensa con pauta, que le soplaba palabras suaves como anestesia: amor, paz, unión, familia. Cada vez que pronunciaba paz, una planilla Excel ardía en algún despacho y se convertía en humo blanco, como señal de consenso. El milagro era perfecto: desaparecer los números sin dejar cenizas políticas.
En el primer rincón, castigado como pariente incómodo, estaba Fabián Martín. No tenía plato ni copa. Apenas un mantel doblado sobre las piernas, a modo de toga tardía. El título de senador —dicen— se le evaporó días antes, sin duelo ni comunicado, como se evaporan los cargos cuando dejan de ser útiles. Cada vez que intentaba hablar, el mantel se le subía solo y le cubría la boca. No era censura: era pedagogía institucional. En San Juan, el silencio también se aprende por ósmosis.
Un poco más allá, el ministro de la Producción repartía regalos con fervor navideño. De una bolsa infinita sacaba libros técnicos, pesados, indiscutibles, escritos en un idioma que tranquiliza porque nadie entiende. Manual práctico de exportación creativa. Dumping para principiantes. Cómo vender barato sin decirlo. Al abrirlos, las páginas murmuraban cifras dulces, mercados prometidos, récords productivos anunciados en conferencias recientes. Las palabras competitividad y modernización flotaban sobre la mesa como incienso tecnocrático. Nadie preguntó quién ganaba ni quién perdía. La fe también puede ser económica.
En el rincón opuesto, el intendente de Jáchal lloraba. No hacía escándalo: lloraba con ese llanto seco del interior que ya no espera milagros. Buscó su canasta debajo del árbol, entre las ramas, en los discursos, incluso dentro de los libros del ministro. Nada. En su lugar encontró un papel frío, administrativo, definitivo: “el terreno para la zona franca será de la provincia, el municipio solo mirará”. Cada lágrima que caía al piso se convertía en polvo, como tierra del norte, recordándole que el desarrollo suele pasar de largo cuando no conviene detenerse.
Desde el coro improvisado, el hermano intendente de Santa Lucía cantaba villancicos con alegría profesional. Palmoteaba, reía, brindaba. Celebraba que el gobierno central hubiera pagado los espectáculos de la fiesta local. Cada nota musical equivalía a un gasto ajeno. Cada aplauso, a una transferencia invisible. La Navidad —sabía él— es más armónica cuando otro firma el cheque.
En la entrada, sin pedir permiso, irrumpió el sonido de un celular vibrando. Era Cristian Andino, que entraba cantando villancicos remixados, sacándose selfies con el pesebre, con las llaves, con el llanto de Jáchal, con el mantel censor. Cada selfie se subía sola a las redes y se convertía, por arte de algoritmo, en noticia reciente: “Dirigente cercano al pueblo celebra Navidad con humildad”. Nadie sabía quién escribía los epígrafes, pero todos los replicaban. En tiempos modernos, la realidad también terceriza su redacción.
En una silla distinta —dura, judicial, sin acolchado— estaba Sergio Uñac. No había regalos frente a él. Solo un sobre blanco, oficial, que se abría y cerraba solo, repitiendo la palabra notificación como un villancico sin melodía. Nadie brindó por él. Ni siquiera el realismo mágico puede archivar ciertos expedientes por corrupción.
Y entonces apareció la carta.
Desde una esquina olvidada —entre una botella vacía y un racimo de uvas que nadie tocó— emergió una hoja seca de malbec escrita con tinta de mosto. La firmaba Juan José Ramos. No estaba sentado a la mesa. Estaba, en realidad, en todos los viñedos al mismo tiempo.
La carta no pedía juguetes ni subsidios. Era una carta urgente a Santa Claus, escrita con la desesperación de quien sabe que la modernidad suele confundir simplificación con desaparición:
“Querido Santa: no elimines el CIU. No lo borres en nombre de la eficiencia. Para nosotros no es un trámite: es memoria, es control, es el último papel que demuestra que existimos.”
Cada vez que la carta decía CIU, una cepa temblaba en San Juan. Los libros del ministro se cerraron solos. Las llaves dejaron de sonar por un segundo. El ángel digital del gobernador dudó. Santa Claus —ese viejo regulador universal— leyó la carta en silencio y no respondió. No levantó la voz ni negó el pedido: simplemente dejó pasar el tiempo. En el realismo mágico, el silencio no siempre contradice; a veces es la manera más cómoda de avalar decisiones que otros firmarán.
Para cerrar la escena, Orrego se puso de pie. Las llaves volvieron a tintinear, las casas reaparecieron, los discursos retomaron su órbita. Con voz solemne, anunció amor y paz para todos los sanjuaninos. El salón se tranquilizó. La palabra volvió a taparlo todo, como una nevada que embellece pero no alimenta.
Afuera, la noche siguió igual. Las noticias recientes flotaban como luciérnagas cansadas: anuncios, ajustes, promesas recicladas. Adentro, la cena continuó. Nadie habló del CIU. Nadie pidió balances. Nadie preguntó quién pagó la fiesta.
Porque en San Juan, esa noche, el realismo mágico alcanzó su forma más perfecta: hacer pasar la política por Navidad, la gestión por milagro y el olvido por paz social.














