Leí La ciudad y los perros en la adolescencia, cuando el uniforme todavía no pesaba y la palabra disciplina sonaba a virtud. No era un cadete ni soñaba con la guerra, pero —como tantos— sentía una atracción silenciosa por la vida militar: el orden, la pertenencia, la promesa de un mundo dividido en mandos claros y obediencias nítidas. A esa edad, el caos aún no había mostrado su costo y el poder parecía una forma de abrigo.
Por eso la novela no me resultó, entonces, una denuncia.
Me resultó una incomodidad.
No entendí del todo lo que estaba leyendo, pero algo quedó vibrando: una sensación persistente de asfixia, una violencia sin épica, un clima donde la fuerza no ennoblecía a nadie y el heroísmo funcionaba apenas como coartada para la humillación. El colegio militar del Leoncio Prado no aparecía como un templo del orden, sino como una fábrica de resentimientos cuidadosamente administrados.
Años después comprendí que esa era la verdadera potencia del libro.
La ciudad y los perros no habla solo del ejército ni de la adolescencia. Habla del mecanismo íntimo del poder cuando se naturaliza, de la pedagogía de la crueldad, de cómo el orden —cuando no admite fisuras— necesita víctimas para sostenerse. La disciplina no corrige: clasifica. La jerarquía no educa: selecciona. La obediencia no forma: acostumbra.
El Jaguar, el Esclavo, Alberto no son personajes excepcionales. Son consecuencias. Productos previsibles de un sistema que confunde fortaleza con violencia y autoridad con miedo. El robo del examen de química es apenas la chispa narrativa: el incendio ya estaba instalado en la lógica cotidiana del encierro, en la ley del más fuerte, en la humillación ritualizada como método de cohesión.
Cuando uno lee esta novela siendo joven, todavía cree que el dolor templa. Que la dureza construye carácter. Que el miedo ordena. Con el tiempo aprende que el miedo organiza obediencias, no valores. Y que el carácter no se forja en la humillación, sino en la conciencia.
La Lima que aparece en la novela —fragmentada, desigual, atravesada por tensiones raciales y sociales— no es un telón de fondo: es la extensión natural del colegio. El adentro y el afuera se espejan. El cuartel no corrige a la sociedad: la reproduce. Por eso los cadetes no salen mejores cuando cruzan el portón: salen entrenados para repetir lo aprendido.
Y aquí conviene decirlo sin eufemismos: el uniforme ejerce una seducción peligrosa. Basta una tela planchada, un saludo rígido y una jerarquía clara para que muchos confundan orden con moral y obediencia con virtud. El militar —se nos repite— no piensa: cumple. Y esa frase, dicha con orgullo, debería encender todas las alarmas.
Porque cumplir sin pensar no es disciplina: es tercerización de la conciencia.
Y cuando la conciencia se terceriza, alguien firma por uno.
Quizá por eso, años después, cuando el Perú atravesó una de las mayores crisis de corrupción de su historia, no resultó tan extraño que un grupo de militares firmara el acta de sujeción. No fue un gesto aislado ni una anomalía institucional: fue la confirmación tardía de una pedagogía aprendida. El orden, una vez más, eligiendo someterse antes que preguntarse. La verticalidad como refugio frente al derrumbe moral.
Aquella escena real —silenciosa, burocrática, grave— parecía escrita en las páginas de la novela décadas antes. No como profecía, sino como consecuencia lógica. Porque cuando una institución se forma para obedecer sin deliberar, tarde o temprano alguien firma. Y cuando alguien firma, el mal deja de ser abstracto y se vuelve documento.
La historia latinoamericana está llena de hombres entrenados para no dudar, para no preguntar, para no mirar hacia los costados. Hombres convencidos de que la jerarquía los absuelve, como si la verticalidad fuera un detergente ético. Después vienen los sellos, las actas, las obediencias debidas, las responsabilidades diluidas en reglamentos.
El problema no es el militar como individuo —nadie nace verdugo—, sino la institución que lo educa para creer que pensar es una debilidad y que cuestionar es traición. Un sistema que celebra la sumisión como valor supremo no forma ciudadanos: forma firmantes.
En ese sentido, la novela no acusa a personas. Acusa estructuras. Señala que el mal no siempre es una anomalía: a veces es un procedimiento. Una rutina. Una norma no escrita que todos conocen y pocos cuestionan.
Releer La ciudad y los perros en la adultez es descubrir que el libro no envejeció. Envejecimos nosotros. La pregunta que atraviesa la novela sigue intacta y sigue siendo incómoda: ¿en qué momento dejamos de ser víctimas para convertirnos en cómplices?
La grandeza del texto reside en su forma. En una escritura capaz de alternar brutalidad y ternura, silencio y estallido, monólogo interior y violencia seca. Nada está subrayado. Nada es panfleto. Todo está construido con rigor, con la conciencia de que una novela no se justifica por lo que denuncia, sino por cómo lo dice.
Yo leí esta novela cuando el uniforme todavía parecía una promesa.
Hoy la leo como una advertencia.
Y entiendo que hay libros que no nos enseñan a obedecer, sino a desconfiar del orden cuando se vuelve incuestionable. Libros que no destruyen instituciones, pero las obligan a mirarse al espejo. Libros que no consuelan, pero despiertan.
La ciudad y los perros —Mario Vargas Llosa— es uno de ellos.














