Cuatro voces de siglos distintos — Javier Milei, Benjamín Netanyahu, Jesús y Baruch Spinoza— discuten la sociedad como si fuera un botín. Entre parábolas, proyectiles y balances, el diálogo confirma que el desacuerdo es la única lengua universal.
No era un lugar: era una costura mal cerrada en la tela de la historia. Una sala sin puertas, donde las paredes eran columnas de humo con olor a incienso viejo y pólvora reciente. Afuera no había nada; adentro, una mesa de madera gastada por siglos de discusiones inútiles. Sobre ella, cuatro copas: una con vino que nunca se vaciaba, otra con agua que sabía a desierto, una con café recién molido y otra con monedas antiguas que tintineaban solas, como si esperaran propina.
Cuatro hombres de épocas distintas, convocados por una carta sin remitente que decía: “Debatir sobre la sociedad actual. Traer argumentos, no milagros”.
Milei, el relámpago libertario
Javier Milei irrumpió como si lo empujara el viento de todos los mercados del mundo. Su melena agitaba el aire y, al sentarse, las monedas de su copa comenzaron a girar y chocar, celebrando su llegada como accionistas ansiosos.
—¡La sociedad es un invento colectivista para robarle al individuo! —tronó—. El Estado es la casta eterna, la madre de todos los parásitos. ¡Que cada uno se salve como pueda y que el mercado decida quién vive y quién quiebra!
Jesús lo miró con la serenidad de un pozo profundo que no sabe de prisa. Su copa de agua se agitó como un lago que presiente tormenta.
—Javier, ¿de qué sirve ganar el mundo si pierdes tu alma?
—¡Eso es populismo celestial! —replicó Milei—. El alma no genera PBI ni se cotiza en bolsa. Y ya que estamos, maestro, tú mismo lo dijiste: “No le des el pescado, enséñale a pescar”. Yo digo más: si no sabe nadar, que se hunda; así el mercado filtra a los débiles.
Spinoza, que jugueteaba con un grano de café en su copa, lanzó la frase como quien clava una aguja en la mesa:
—El mercado es otro dios, Javier. Solo que este no promete paraísos: cobra entrada y te vende el mapa del infierno aparte.
Netanyahu, el centinela del Antiguo Testamento
Netanyahu no se movía. Parecía tallado en granito, como las tablas que Moisés bajó del Sinaí. Su copa, llena de vino oscuro, reflejaba destellos de hogueras de campaña.
—La sociedad no sobrevive sin fuerza. “Ojo por ojo” —citó con voz grave— no es sed de venganza: es mantener el equilibrio. Sin respuesta, todo se derrumba.
Jesús dejó que el agua de su copa se convirtiera en vino claro.
—Pero también está escrito: “No matarás”.
Netanyahu sonrió sin alegría.
—La Torá también dice: “Guardaos de todo aquel que se levante contra vosotros”. Yo no mato: prevengo. Y la prevención se mide en proyectiles, no en parábolas.
—El problema —dijo Spinoza, con la voz de quien sabe cuánto cuestan las palabras— es que la prevención eterna termina pareciéndose demasiado a la guerra eterna.
Netanyahu bebió y, al bajar la copa, las monedas de Milei tintinearon como si aplaudieran la frase.
Spinoza, el hereje que no negocia con dogmas
El filósofo habló sin mirar a nadie, como si recitara para el humo de las paredes.
—La sociedad es un pacto humano. No divino, no natural: humano. Lo inventamos para no matarnos a diario. Pero le metimos dioses, banderas y mercados… y volvimos a matarnos, solo que ahora con justificaciones más elegantes.
Milei golpeó la mesa como si quisiera romper la palabra.
—¡El pacto social es una estafa! Prefiero la jungla del mercado a la jaula del Estado.
Netanyahu se encogió de hombros.
—La jaula es necesaria… siempre que yo tenga la llave.
Jesús bebió lentamente, como quien deja que la frase madure en la boca.
—Y yo sigo diciendo que el amor al prójimo vale más que todas vuestras llaves y jaulas.
Spinoza lo miró con respeto, pero sin fe.
—Tu amor necesita cielos. El mío, lápiz y papel… y un acuerdo que nadie quiera romper a balazos.
Jesús, el invitado que no pidió la cita
Jesús se levantó. Cada paso hacía temblar el agua de su copa, que parecía dudar si seguir siendo agua o transformarse en otra cosa.
—Mientras la sociedad adore al poder, al dinero y al miedo, seguirá crucificando a cualquiera que moleste al orden. No vine para fundar reinos de este mundo, pero ustedes insisten en levantar fortalezas y llamarlas paz.
Milei, como un corredor de bolsa en trance, replicó:
—¡Sin costo no hay inversión! Y, ya que estamos, sin riesgo no hay ganancia.
Netanyahu, con la voz de un general que no espera aplausos:
—Sin costo no hay victoria. Y la victoria es el único idioma que entienden los que quieren borrarte del mapa.
Spinoza, como quien firma la última línea de un tratado:
—Sin costo… tampoco hay humanidad.
Jesús lo miró y asintió, aunque parecía saber que la frase se perdería en el ruido.
El cronista que servía café especial
Se fueron como habían llegado: sin acuerdos, sin despedirse y sin haber persuadido a nadie. Milei salió convencido de que había ganado un debate que solo él estaba contando en su cabeza; Netanyahu, seguro de que había marcado territorio hasta en un lugar sin fronteras; Jesús, resignado a que sus palabras fueran usadas como eslogan de campaña; y Spinoza, confirmando que la eternidad es demasiado corta para discutir con quienes confunden conveniencia con verdad.
Yo, que solo estaba ahí para servir café y anotar, entendí que la sociedad no es ni el Estado, ni el mercado, ni el reino de los cielos: es esa mesa invisible donde todos hablan para ganar y nadie escucha para entender.
Y juro que, cuando se marchaban, Jesús le dijo a Spinoza en voz baja:
—Tal vez, hermano, la única sociedad justa sea la que aún no nos atrevemos a imaginar… porque para imaginarla primero habría que dejar de creer que tenemos la razón.














