El arte de perder el feudo: estrategia libertaria en tierras corrompidas

Ago 1, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En San Juan, ya nadie dice “yo soy peronista” sin mirar para los costados. El sello que durante dos décadas fue bendición, obra pública y pasaporte al poder, hoy es una especie de maldición hereditaria. Todos, alguna vez, fueron parte. Pero nadie quiere recordarlo. Como los viejos generales que rehúsan contar cómo se perdieron las guerras, Gioja y Uñac caminan en puntas de pie entre los escombros de su legado, invocando el pasado como quien recita un conjuro gastado.

La provincia, que alguna vez funcionó como modelo de obediencia vertical, subsidio planificado y voto previsible, entró en una transición que no es solo política: es moral. El sistema no colapsó por falta de votos, sino por exceso de impunidad. La corrupción dejó de ser un secreto a voces para convertirse en una rutina administrada. Y el pueblo, antes espectador cautivo del show peronista, decidió cambiar de canal.

Estrategas sin tierra, símbolos sin gestión

Allí donde la vieja guardia construía poder a través de obras y favores, La Libertad Avanza ensaya una estrategia menos visible, pero más eficaz: el desgaste simbólico. No vino a plantar intendentes ni a conquistar intendencias; vino a envenenar el pozo. Su lógica no es la del constructor, sino la del francotirador: operar sin territorio, sin culpa y sin presupuesto. Javier Milei no necesita conocer los barrios de Rawson ni visitar los pasillos del Hospital Marcial Quiroga. Le basta con lo simbólico: ser la mecha encendida que prende fuego a un sistema viciado.

José Peluc, el rostro local de ese vendaval, no construye ni promete. Administra bronca. Su capital es emocional, no programático. Y su mayor virtud política es no parecer político. Si el modelo peronista era la maquinaria, el modelo libertario es la disolución. La guerra es asimétrica: no se gana con banderas, sino con silencios.

Los príncipes vencidos: Gioja, Uñac y la orfandad del relato

Cuando el poder se acostumbra al poder, olvida cómo defenderlo. Gioja y Uñac gobernaron con el aplomo de quienes creen que el cargo es eterno. Pero incluso las dinastías más longevas caen, no por la espada del enemigo, sino por la putrefacción del trono. El problema no fue la oposición. El problema fue la autocomplacencia.

Con licitaciones truchas, obra pública para amigos y una cadena interminable de favores cobrados con dineros ajenos, el peronismo sanjuanino confundió gestión con botín. Hoy son cadáveres políticos sin lápida, reliquias de un tiempo donde el cinismo era rentable y la militancia, tercerizada.

Y como si faltara una lápida simbólica para sellar su destino, Sergio Uñac votó en contra de la Ley de Ficha Limpia. Lo hizo sin rubor, con la arrogancia del que cree que la ética es optativa. Pero ese voto —torpe, visible, grabado para la posteridad— no fue una defensa corporativa: fue un epitafio. No se trató solo de blindar a los suyos. Fue su acto final. El aplauso con el que bajó el telón de su propia historia.

La pérdida de credibilidad no fue repentina: fue acumulativa. El peronismo sanjuanino, como tantos otros, se mimetizó con el aparato nacional, aplaudiendo sin matices a Cristina Fernández de Kirchner incluso tras la condena en la causa Vialidad. En vez de marcar distancia frente a la corrupción, eligió blindarla con comunicados, marchas y silencios cómplices. Y así como la obra pública fue el eje de la condena de Cristina, también lo fue el barro donde se hundieron muchos dirigentes del interior. En San Juan, el silencio sobre la sentencia fue tan estruendoso como su negación. A esa altura, la obediencia dejó de ser lealtad y se convirtió en complicidad.

A veces, los sepulcros no requieren tierra: basta con un micrófono y una cámara.

El centinela sin épica

En medio del campo minado, Marcelo Orrego aparece como un curioso sobreviviente. Gobernador técnico, prolijo, moderado y sin escándalos, su virtud es también su debilidad. Administra sin errores gruesos, pero también sin relatos. Es el jefe de un Estado que funciona, pero no enamora. Como esos relojes suizos que nunca se atrasan, pero tampoco despiertan pasiones.

Su equipo combina eficiencia y opacidad. Juan José Orrego suma. Susana Laciar resta. La matemática del poder no siempre coincide con la contabilidad pública. Pero Orrego apuesta a la estabilidad como bien escaso. Sabe que, si las elecciones se nacionalizan, el centro se convierte en tierra de nadie. Y que los extremos —Milei mediante— siempre gritan más fuerte.

Los díscolos que huyen del incendio

Emilio Baistrocchi es la metáfora perfecta del peronismo que huye de sí mismo. Exintendente capitalino, armador de su propio minipartido, sin padrinos ni aparato, intenta presentarse como disidencia digna. Su relato no es el de la victoria, sino el de la renuncia a tiempo. Busca representar a los que ya no creen, pero tampoco odian. Su desafío no es ganar: es no disolverse.

Baistrocchi es el hijo pródigo de un sistema que ya no recibe hijos.

Octubre: la guerra sin uniforme

Las elecciones legislativas serán algo más que una jornada electoral. Serán un campo de maniobras. Cada fuerza mueve sus piezas con prudencia oriental. Nadie quiere mostrar debilidad. Nadie quiere adelantar la jugada. Porque ya no se trata solo de conquistar bancas: se trata de instalar versiones.

  • Orrego necesita consolidarse sin parecer parte del sistema vencido.
  • El PJ debe sobrevivir sin decir su nombre.
  • Milei, como buen estratega, pretende gobernar sin estar.
  • Baistrocchi, por su parte, quiere nacer sin ser apadrinado.

Pero la batalla decisiva no ocurrirá en la arena pública. Ocurrirá en las cabezas. Como escribió Sun Tzu: “La mejor victoria es vencer sin combatir”.

Y eso es exactamente lo que intenta el mileísmo en San Juan: gobernar por contraste, sin intendentes, sin obras, sin promesas. Solo con el peso de un hartazgo acumulado y una narrativa disruptiva.

Cuando llega el viento sur

En San Juan no hubo un cambio de ciclo. Hubo una fuga. Como esas ciudades medievales donde, un día, el castillo amanecía vacío y los súbditos descubrían que el rey se había ido de noche. Lo que viene no es aún una república libertaria, ni mucho menos un modelo consolidado. Lo que viene es vacío. Y en política, como en física, el vacío nunca se sostiene. Siempre llega alguien a ocuparlo.

Gioja ya no puede. Uñac ya no quiere. Orrego duda. Baistrocchi tantea.

Milei, en cambio, sonríe desde lejos. Y se acomoda la peluca.

Porque la guerra ya no se libra en la arena.Se libra en el relato.

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