En una comarca donde los reporteros aún temen más al titular incómodo que a la verdad sin maquillaje, ocurrió un episodio tan trivial como revelador. Fue en la tercera semana de julio, cuando los álamos amarillos del invierno se rendían ante la helada y los noticieros brindaban con cifras dulces, recién servidas desde las bodegas del poder. El sol apenas asomaba por los valles cuando un periodista publicó dos artículos que trastocaron la armonía artificial del relato oficial: uno hablaba de vino embotellado con dignidad, el otro de mosto exportado sin nombre.
No eran textos violentos. No eran panfletos. Eran —y eso fue lo más ofensivo— razonamientos. Columnas con cifras oficiales, contexto histórico y preguntas reales. Y sin embargo, en los pasillos de la comarca, se dijo que aquello era «patear a un indefenso en el piso». Un viejo funcionario incluso murmuró, como quien escupe uvas sin fermentar:
—Eso no suma, hermano.
Y fue entonces cuando, sin quererlo, se abrió un abismo. No entre periodistas y funcionarios, sino entre dos formas de hacer periodismo: el que analiza aunque duela, y el que acompaña aunque mienta.
Crónica de un desacuerdo anunciado
En el pueblo del mosto, las estadísticas eran una religión pagana. Cada nuevo kilo exportado se anunciaba como un milagro. Las góndolas internacionales no mostraban ni una etiqueta local, pero eso no importaba. Se había exportado azúcar. Y eso bastaba para el brindis.
Los cronistas alineados al paladar institucional repitieron al unísono:
—¡Récord histórico!
—¡San Juan sigue liderando el mosto nacional!
—¡El jugo argentino conquista el mundo!
Ninguno se preguntó qué se exportaba, además del jugo. Ninguno notó que el vino fraccionado —el que lleva apellido, narrativa, voz embotellada— había sido ignorado por completo. Ninguno, salvo aquel periodista que se atrevió a escribir:
“El mosto no se brinda, se disuelve.”
La frase fue leída como una traición.
Periodismo con damajuana o con dignidad
En el corazón del periodismo vitivinícola argentino conviven dos escuelas. La primera es la del cronista enológico de la obediencia: redacta con base en comunicados, confunde gestión con épica y bebe del mismo barril que promociona. Sus textos tienen forma de nota, pero alma de folleto.
La segunda es la del ensayista incómodo, que no se conforma con la cifra ni se deja seducir por el kilo. Ese periodista busca entender por qué una provincia produce tanto y representa tan poco. Por qué una región con historia vitivinícola queda reducida a un rol de proveedor anónimo en la cadena global.
La diferencia entre ambas escuelas no es solo ética, sino también poética:
El periodista de pauta escribe para agradar.
El periodista de análisis escribe para explicar.
Y en esa diferencia habita el futuro del vino argentino.
La metáfora que dolió más que el dato
Lo curioso no fue que las cifras molestaran. Al fin y al cabo, eran públicas. El Instituto Nacional de Vitivinicultura había confirmado que una provincia pequeña como La Rioja superó a San Juan en exportación de vino embotellado en junio del 2025, con menos hectáreas y menos lobby.
Lo que desató la tormenta fue la metáfora. Porque mientras los técnicos miden en hectolitros, los políticos miden en halagos, y los periodistas libres miden en preguntas.
Decir que “el mosto no se brinda, se disuelve” fue interpretado como un ataque. Pero en realidad era un lamento. Un llamado. Un clamor disfrazado de estilo. Era decir: “¿Hasta cuándo seguiremos exportando litros sin relato, empleos sin calificación, uvas sin voz?”
El mosto es volumen, pero el vino fraccionado es discurso. Y si no hay discurso, no hay país.
¿A quién sirve el periodismo sin crítica?
En esta comarca tan real como literaria, muchos medios aún temen brindar sin permiso. Las redacciones son jardines regados por convenios y publicidades. Los periodistas jóvenes aprenden más sobre pauta institucional que sobre curaduría de la información. La objetividad no se enseña; se regula. Y el criterio editorial depende del monto que figure en la orden de publicidad oficial.
Por eso, cuando aparece una nota que señala la ausencia de política de valor agregado, que explica por qué San Juan vende jugo pero no identidad, o que pregunta por qué se exportan 10 millones de kilos sin una sola etiqueta reconocible, la respuesta es siempre la misma:
—“Eso no ayuda.”
—“Eso resta.”
—“Eso molesta.”
Como si el deber del periodismo fuera aliviar, no incomodar.
Una botella, un país
Exportar vino fraccionado no es un lujo: es un acto geopolítico.
Cada botella con marca local lleva consigo más que sabor: lleva un mapa, una tradición, una estética, un mensaje. En cambio, el mosto, por más rentable que sea, es azúcar sin himno. Viaja en bidones sin escudo, se diluye en gaseosas extranjeras y vuelve —si acaso— en latas que no mencionan a San Juan ni al país que lo produjo.
Y sin embargo, hay quienes siguen elogiando el volumen como si fuese sinónimo de valor. Confunden la tonelada con la estrategia. Celebran el jugo, pero olvidan el prestigio.
Periodismo sin corcho, pero con coraje
En este tiempo, donde los medios pelean por la pauta más que por la primicia, escribir un artículo como “Mucho mosto, poco vino” o “Cuando La Rioja embotella más que San Juan” no es un acto de soberbia. Es un acto de fe. Fe en que la verdad aún importa. Fe en que la crítica puede generar transformación. Fe en que el periodismo, cuando no se vende, todavía puede brindar por algo más que por un nuevo contrato publicitario.
Y si esa fe molesta, es porque toca donde nadie quiere mirar: en la etiqueta vacía de un modelo que se dice productivo, pero no sabe contar su historia.
Porque no hay relato posible sin periodistas que se atrevan a narrarlo sin obediencia.
Y a veces, la mejor manera de servir un país…es dejar de llenar damajuanas.
A veces sumo, a veces resto, pero siempre escribo sin diluir.














