El Jaguar y el Extraño: feliz día del amigo

Jul 21, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Todo comenzó en una ciudad del sur que ya no existe. No porque haya desaparecido de los mapas, sino porque el tiempo la cubrió con un polvo dorado de nostalgia, como se cubren las estatuas de los héroes que nadie recuerda. Era una ciudad heroica, como esas que se mencionan en los libros de historia con voz temblorosa y páginas quebradizas, pero también por la sencilla y monumental hazaña de ver crecer a tres muchachos que no sabían que estaban construyendo una leyenda.

Fue en los tiempos del cometa Halley, cuando las madres aún guardaban agua en botellas de vidrio por miedo al fin del mundo, y los niños jugaban en la calle sin temor más grande que el de ser llamados a casa antes de tiempo. En una mañana que olía a tiza y rutina escolar, apareció en nuestro salón un muchacho nuevo, con porte de cadete y silencio de estatua. Tenía el uniforme impecable, los zapatos con brillo militar y una expresión tan seria que parecía haber nacido en otro siglo. Se llamaba Juan, pero —con la insolencia de la edad— lo rebauticé con un apodo sacado de La ciudad y los perros de Vargas Llosa: el Jaguar, que por esos años estaba de moda. Al principio se ofendió, claro, pero con los días lo asumió como una segunda piel.

Éramos apenas dos amigos, hasta que llegó el tercero. Aquel muchacho de rulos infinitos y lunar protagonista apareció una mañana en la fila de los castigados por tener el cabello largo. Juvenal no tardó en ganarse un sobrenombre. Una canción de los Enanitos Verdes lo delató: El extraño del pelo largo. No recuerdo si fue el Jaguar o yo quien se lo dijo primero, pero sí que él lo aceptó como si también fuera su segundo nombre. Cuando venía caminando hacia nosotros, con paso lento y aire ausente, el Jaguar le cantaba: “el extraño del pelo largo, sin preocupaciones va…” Y él, entre serio y vanidoso, se desenredaba los rulos con la solemnidad de quien recita poesía.

Así comenzó todo.

Rieles, navajas y pequeñas traiciones piadosas

El colegio quedaba a unos pasos del tren que iba a Arica, y nuestras tardes se volvían aventuras entre rieles y silbidos. Corríamos hasta el último vagón, nos trepábamos como equilibristas y saltábamos justo una cuadra antes, mientras nuestras compañeras gritaban como en un circo pobre. Una tarde nos sorprendió el director y nos suspendieron por dos días. Lo llevamos como una medalla de barro en la memoria.

El Jaguar traía consigo una herencia militar: sabía desmontar armas, ocultar cuchillos y camuflar espacios. En una de sus maniobras falló, y la navaja fue a clavarse en su propio zapato, justo donde el dedo se encuentra con la ingenuidad. La sangre brotó —no mucho, pero sí lo suficiente para asustarnos—.Él repetía como un rezo desesperado: “Si el director me encuentra con la navaja, me expulsan”. Entonces desmonté el tornillo de mi carpeta y fingimos que el corte fue producto de una patada mal dada. Cuando nos llamaron a la dirección, sostuve la mentira con tanta fe que aún hoy me lo agradezco.

Aquel fue el primer pacto de silencio.

Mi casa era la embajada de esa amistad. Vivía a una cuadra del colegio, y allí dejaba el Jaguar su bicicleta. Muchas veces no la encontraba al volver: mi hermana menor la tomaba prestada sin permiso para recorrer el barrio. El Extraño, en cambio, se escapaba del colegio y terminaba durmiendo en el sillón de mi sala. Creo que le gustaba el espejo grande, donde podía estirar, con parsimonia sacerdotal, uno a uno sus rulos. Se contemplaba como si se buscara en otra vida.

Rulos, rock y vino de chacra

Éramos tres y estábamos juntos. Nadie entendía cómo podía existir una amistad así. Algunos se burlaban, otros nos ignoraban. Nosotros seguíamos caminando por la vida como si el mundo nos perteneciera. El Jaguar, el Extraño y yo. Nada más.

Las tardes eran un cóctel de Soda Stereo, Miguel Mateos, Hombres G, y algún que otro disco rayado de Pink Floyd o Yes, que sacábamos del cuarto del hermano del Extraño, apodado el Cuervo. Él no estaba, pero su tocadiscos sí, y nosotros usábamos ese santuario para ensayar la adultez: poníamos Time mientras bebíamos ron con Coca-Cola, camuflado en una cantimplora que el Jaguar llevaba en su mochila azul.

Una noche, el Extraño, en una fiesta, bebió tanto que se deslizó como un pez hasta quedar debajo de un auto estacionado. Nunca supimos si dormía o rezaba, pero desde entonces evitamos esa calle como si allí habitaran fantasmas.

Las chicas, el cuaderno y la revista prohibida

Una tarde, en la alameda Bolognesi, les presenté a dos amigas. Sin pensarlo, solté: “Les presento al Jaguar y al Extraño”. Fue como lanzar una leyenda al viento. Con el tiempo, cada uno tuvo su pareja. Para completar el trío, apuré al Extraño a conquistar a la tercera chica. Cuando él dudaba, yo empujaba la trama como un escritor desesperado por llegar al final. Le conté a la muchacha que él estaba enamorado y que solo necesitaba un pequeño empujón. Funcionó. Por un tiempo fuimos seis, una banda adolescente con destino de novela barata. Duró poco, como todo lo verdadero.

Nos copiábamos tareas cambiando solo la primera hoja, y cuando el Jaguar llevó una revista prohibida al aula, fue mi mano la que la escondió justo cuando la profesora —apodada la Chata— nos descubrió. El castigo fue menor, pero la risa fue eterna.

Ni qué decir de la confirmación. Un domingo, tanto molestamos al padre franciscano —a quien apodamos Gargamel— por jugar con unas chicas en la misa, que nos castigaron y posteriormente nos expulsaron del grupo de confirmación. Bueno, cosas que pasan.

De fusiles a sermones

En la premilitar, el Jaguar desarmaba fusiles como quien recita poesía. El Extraño era más bien un desertor filosófico. Dormía en clase, pero despertaba para hablar de canciones de Yes o para peinarse antes del recreo. A mí me bastaba con una pañoleta roja y un guante mitón: diseño que el Jaguar había creado como distintivo de nuestra hermandad.

Una vez, el Extraño se convirtió —por un breve lapso milagroso— en predicador. Comenzó a recibir visitas de un jesuita llamado José María, leía la Biblia en el recreo y recitaba versículos como conjuros. Nos confesó que había ido a Chorrillos, Biblia en mano, a salvar prostitutas. El Jaguar y yo nos reímos tanto que casi pecamos nosotros.

La fiebre mística le duró poco, pero fue suficiente para sellar otro capítulo.

Caminatas, despedidas y cicatrices dulces

La plaza de armas era nuestro territorio, y cada viernes desfilábamos como soldados sin guerra. El Jaguar con su abrigo, un gabán negro; el Extraño con su melena domesticada; y yo, con mis accesorios de rebelde moderado. Éramos tres notas de una canción que nadie había escrito aún.

Después vino la partida. El Jaguar y el Extraño se quedaron estudiando, yo partí a otra ciudad a preparar mi ingreso a la universidad. Fue la primera grieta, la primera ausencia. No hubo despedidas formales, porque entonces no sabíamos que las despedidas solo duelen cuando uno las comprende demasiado tarde.

Pasaron los años. Las llamadas se hicieron menos frecuentes. Las reuniones, más esporádicas. El tiempo, ese tren sin rieles, siguió avanzando. Pero hay cosas que ni el calendario puede borrar.

Hemos tenido desencuentros, algunas palabras de más, arrebatos de humor, pero estoy seguro de que dentro de nuestros corazones aún están guardados estos recuerdos. Allí, intactos, agazapados como tigres dormidos, viven las carcajadas, los pactos secretos, las miradas cómplices y el consuelo mudo de una verdadera amistad.

Epílogo con olor a rieles

Han pasado más de treinta años desde entonces. Treinta calendarios llenos de nombres, direcciones, promesas y olvidos. Pero cuando cierro los ojos, veo la alameda Bolognesi como si aún estuviéramos allí, caminando los tres, abrazados, empujados por una complicidad que nunca supo de explicaciones.

Mañana quizá no esté. Pero si algo me llevo conmigo, son sus risas, sus miradas, sus apodos, sus canciones. Son como medallas invisibles colgadas en el alma, de esas que no otorgan los ejércitos, pero sí la vida, cuando uno ha querido de verdad a sus amigos.

A veces, cuando la tarde se pone tibia y suena una canción vieja en la radio, me descubro sonriendo con esa sonrisa que solo guardamos para los que ya no están cerca… pero es que nunca se fueron. El Jaguar y el Extraño. Mis hermanos elegidos. Mis compañeros de ruta. Los que alguna vez caminaron a mi lado por esa ciudad que ya no existe, pero que aún vive entera en mi memoria.

Y sin embargo, si pudiera elegir un lugar para comenzar de nuevo, sería allí. Bajo esta luz cansada del sur, entre las palmeras viejas y el horizonte zigzagueado de su suelo blanco y negro. Porque allí, en este rincón del mundo, fuimos invencibles. Y aunque la vida nos haya puesto en otras esquinas, hay una parte de nosotros que sigue caminando juntos, de espaldas al pasado, abrazados como tantas veces.

Como siempre.

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