La historia secreta de Milei y Orrego
París siempre ha sido una ciudad peligrosa para los hombres que dicen viajar por negocios. Uno llega hablando de inversiones y termina caminando por el Elíseo. Promete discutir minería y acaba fotografiado bajo las luces de la ciudad. Jura que todo será estrictamente institucional y, cuando quiere darse cuenta, tiene suficientes imágenes para completar un álbum de bodas.
Será la bohemia parisina, ese extraño efecto de una ciudad donde hasta los acuerdos políticos parecen más románticos cuando se negocian cerca del Sena.
Algo parecido ocurrió con Javier Milei y Marcelo Orrego.
Oficialmente fueron a Francia por la Argentina Week. Había que buscar capitales, ofrecer proyectos, hablar de cobre, energía, infraestructura, mercados y todas esas palabras que adquieren una musicalidad especial cuando se pronuncian a diez mil kilómetros de los problemas cotidianos. Pero París es París, y algunos viajes empiezan como misión comercial y terminan pareciendo luna de miel política.
La relación había comenzado antes. Como ocurre en ciertos romances discretos, primero fueron las coincidencias, después las reuniones y finalmente las fotografías. Hasta que llegó ese momento inevitable de toda relación que empieza a ponerse seria.
El viaje juntos.
Y no eligieron precisamente Mar del Plata.
Eligieron París.
Pocos días antes, Orrego se había reunido con Diego Santilli y respaldado la reforma política y la eliminación de las PASO. Resultaba curioso en un dirigente que alguna vez reivindicó precisamente ese mecanismo electoral. Pero el amor político tiene esas cosas. Hay convicciones que envejecen, principios que maduran y recuerdos que oportunamente pierden nitidez.
Sobre todo cuando se acerca 2027.
Además, San Juan acababa de colocar deuda por 600 millones de dólares en el mercado internacional. En París, Milei destacó la disciplina financiera de la provincia y respaldó públicamente su potencial minero.
Aquello ya empezaba a parecer algo más que una amistad.
Milei llevó su conocido repertorio sobre libertad económica, reformas, mercados y capitalismo. Orrego puso sobre la mesa cobre, oro, energía y una provincia presentada como tierra prometida para el capital internacional. No necesitaban compartir demasiadas cosas. Bastaba con que cada uno tuviera algo que el otro pudiera necesitar.
La política también conoce sus formas del romance.
Cupido, esta vez, llevaba calculadora.
En París se habló de proyectos gigantescos. San Juan tiene cuatro iniciativas incorporadas al RIGI por alrededor de 13.500 millones de dólares. El Pachón, además, solicitó ingresar al régimen con una primera etapa estimada en otros 9.500 millones.
Los números son extraordinarios. Tanto que conviene recordar una vulgaridad que suele arruinar las mejores fotografías oficiales. Una inversión proyectada no es dinero ingresado, un proyecto aprobado no es una mina produciendo y una reunión con empresarios todavía no constituye una inversión.
Pero intente usted explicar semejantes detalles cuando tiene París detrás.
Entonces apareció Emmanuel Macron y la luna de miel alcanzó su momento cinematográfico. El Palacio del Elíseo, el presidente francés, el presidente argentino y gobernadores caminando por salones donde hasta las paredes parecen tener más historia institucional que algunos partidos políticos de nuestro país.
Y Marcelo Orrego estaba allí.
La fotografía llegó puntualmente a San Juan. No sabemos qué habrá pensado el gobernador mientras atravesaba aquellos salones. Quizá recordó a Sarmiento recorriendo Europa, quizá pensó en El Pachón, quizá imaginó los miles de millones de dólares cruzando la cordillera financiera rumbo a la provincia.
O quizá simplemente verificó dónde estaba la cámara.
Nunca hay que perder de vista la cámara.
Las inversiones pueden tardar veinte años. La fotografía demora un segundo.
El Gobierno provincial difundió la postal como demostración de que San Juan estaba siendo llevado al mundo.
Magnífico.
Ahora falta que el mundo venga a San Juan.
Detrás del romance, sin embargo, quedó una realidad bastante menos fotogénica. Hubo reuniones con empresarios vinculados a minería, hotelería, tecnología, energías renovables y agroindustria. Hubo contactos, conversaciones, expectativas e interés.
Palabras hermosas.
Especialmente cuando todavía no hay resultados que puedan fotografiarse.
Mientras en París se describía una provincia capaz de recibir inversiones por miles de millones de dólares, apareció una paradoja bastante menos romántica. CAF, la Corporación Andina de Fomento, hoy denominada Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, aprobó un préstamo de 160 millones de dólares destinado a transformar aproximadamente cincuenta kilómetros de la Ruta 40 Sur y acompañar, entre otras actividades, el desarrollo minero.
San Juan viajaba por Europa ofreciendo el futuro mientras buscaba cómo financiar parte del camino necesario para llegar hasta él.
Tenemos miles de millones esperando detrás de la montaña y necesitamos crédito para mejorar la ruta que conduce hacia ellos.
La política argentina tiene una capacidad extraordinaria para producir metáforas sin proponérselo.
A esta altura, la luna de miel empezaba a mostrar su verdadera naturaleza. Milei necesita gobernadores capaces de acompañar reformas nacionales, el Presupuesto y su arquitectura política hacia 2027. Orrego necesita financiamiento, inversiones, obra pública y resultados antes de esa misma elección.
La ideología puede discutir durante años.
La necesidad suele ponerse de acuerdo mucho más rápido.
Después vino la Torre Eiffel. La Argentina Week terminó con un cóctel y la postal quedó completa. Milei, Orrego, París, empresarios, inversores, cobre, deuda y elecciones.
Faltaba Edith Piaf cantando La vie en rose.
La bohemia parisina hacía el resto. Por unas horas, entre luces, copas y discursos, hasta la política argentina podía parecer una historia de amor.
Viajar para promocionar San Juan es legítimo. Buscar inversiones también. Reunirse con empresarios internacionales forma parte de las obligaciones de un gobernador de una provincia que pretende desarrollar minería a gran escala.
El problema empieza en otro lugar.
Cuando la promoción se presenta como inversión, la expectativa como realidad y la fotografía como resultado.
Y detrás de todo aquello aparece 2027.
El calendario electoral corre mucho más rápido que la minería. Una mina necesita estudios, permisos, infraestructura, financiamiento y años de desarrollo. Una elección necesita votos.
Y los votos tienen bastante menos paciencia que el cobre.
De pronto, París deja de parecer una casualidad.
No hubo flores, hubo cobre. No hubo anillos, hubo deuda. No hubo promesas frente al altar, pero hubo reformas, presupuesto, inversiones y elecciones rondando la mesa.
Nadie lanzó arroz cuando salieron del Elíseo.
Tampoco hacía falta.
En política, algunos matrimonios se celebran sin ceremonia, sin testigos y, sobre todo, sin prometer fidelidad.
Quizá en 2027 descubramos cuánto duró el romance. Porque los matrimonios políticos suelen conservarse exactamente mientras sobreviven los intereses que los llevaron hasta el altar.
Por ahora quedaron las fotografías. Milei encontró gobernadores dispuestos a conversar alrededor de su proyecto. Orrego consiguió una vidriera internacional para exhibir el suyo. Macron puso el palacio y la Torre Eiffel hizo lo que lleva más de un siglo haciendo.
Quedar bien en las fotos.
Después terminó París.
Cada uno regresó a casa. Se apagaron las luces del cóctel, quedaron atrás los salones franceses y comenzó esa etapa inevitable que llega después de cualquier luna de miel.
La convivencia.
Y allí ya no alcanza la bohemia parisina.
Porque París puede convertir una reunión en romance, una fotografía en postal y una expectativa en promesa.
Pero hay algo que ni siquiera París puede hacer.
Convertir una promesa en resultado.
Para eso habrá que esperar.
Y cuando llegue ese momento, alguien tendrá que mostrar la factura.














