El argentino de a pie no sabía que la economía estaba creciendo

Sep 28, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

El argentino de a pie se enteró de que la economía llevaba veintiocho meses creciendo mientras buscaba trabajo. La noticia apareció en el teléfono, entre un mensaje que decía “por el momento no estamos incorporando personal” y otro que ni siquiera había sido respondido. Javier Milei aseguraba que la economía crecía desde hacía veintiocho meses. Volvió a leerlo. Después miró la cocina, abrió la heladera y descubrió que el crecimiento económico todavía no había llegado hasta allí.

Había trabajado durante años. No importa demasiado dónde. Podría haber sido una fábrica, un comercio, una empresa de transporte o una pequeña industria familiar. Tampoco importa su nombre. Podría llamarse Carlos, Juan, Leonardo o cualquiera de esos nombres que nunca aparecen en las conferencias de prensa porque las estadísticas tienen la elegante costumbre de quitarles el nombre a las personas antes de contarlas. Hasta hacía algunos meses tenía trabajo. Ahora tenía currículum. Y descubrió que entre ambas palabras existe una distancia mucho mayor de la que explican los economistas.

Durante años había escuchado hablar de inflación. La había sufrido como todos. El salario llegaba el viernes y el lunes ya valía menos. Los precios cambiaban con una velocidad absurda. Comprar algo podía resultar más barato hoy que mañana y cobrar dentro de treinta días era casi una forma involuntaria de prestar dinero. Por eso, cuando la inflación comenzó a bajar, sintió alivio. No era mileísta ni antimileísta. Era algo bastante más elemental, un argentino tratando de llegar a fin de mes. Y el argentino de a pie suele tener una teoría económica bastante sencilla. Quiere que el sueldo alcance, que el trabajo permanezca y que sus hijos puedan vivir un poco mejor que él.

Pero ocurrió algo extraño. Los precios comenzaron a subir más lentamente mientras el trabajo empezó a desaparecer más rápidamente. Primero fueron las horas extras, después algún compañero y luego dejaron de reemplazar a quienes renunciaban. Más tarde llegó aquella reunión breve en la que alguien habló de “reestructuración”, “reducción de costos” y “caída de ventas”. Palabras extraordinariamente sofisticadas para explicar algo brutalmente sencillo. Estaba despedido. Entonces comprendió que existen palabras inventadas para que las tragedias parezcan administrativas.

En televisión decían que la inflación estaba controlada. Asentía porque era verdad. La inflación había bajado. Pero también era verdad que estaba desempleado. Y entonces apareció una pregunta que probablemente jamás entre en un informe de riesgo país. ¿De qué sirve que los precios aumenten mucho menos si uno ya no tiene dinero para comprarlos?

No estaba pidiendo que regresara la inflación. Esa sería una conclusión absurda. Había vivido demasiados años viendo cómo los precios devoraban salarios como para añorar aquel desastre. Lo que comenzaba a sospechar era otra cosa. Controlar la inflación podía ser una victoria económica sin convertirse necesariamente en una victoria social. Porque la economía posee esa particularidad casi literaria de permitir que dos verdades aparentemente contradictorias convivan en la misma habitación.

El Gobierno puede decir que estabilizó las cuentas y puede ser cierto. Los economistas pueden demostrar que determinados sectores crecen y también puede ser cierto. El Presidente puede exhibir una curva ascendente y quizás la curva exista. Pero el argentino de a pie continúa buscando trabajo. También eso es cierto.

J.P. Morgan, Bank of America, Goldman Sachs y Barclays comenzaron a reducir sus previsiones sobre Argentina. Hablaron de desaceleración, contracción y riesgo de recesión. El segundo trimestre mostró una caída de la actividad, julio profundizó el retroceso, la industria perdió terreno, el consumo se debilitó y la desocupación llegó al 7,9%. Pero el argentino de a pie no necesitaba Wall Street para saberlo. Wall Street acababa de descubrir lo que su bolsillo sabía desde hacía meses.

Los economistas llaman enfriamiento a ese fenómeno. Extraña palabra. En su casa no se sentía frío. Se sentía miedo cuando llegaba el alquiler, cuando vencía la tarjeta, cuando su mujer preguntaba cuánto quedaba o cuando uno de sus hijos necesitaba zapatillas y las anteriores todavía podían resistir, con un poco de imaginación, un mes más.

Después conoció otro dato. La pobreza había vuelto a superar el 32%. Pensó entonces en esa matemática argentina capaz de producir situaciones casi borgianas. La inflación baja mientras la pobreza sube, determinados sectores crecen mientras el empleo formal se debilita y el Gobierno celebra estabilidad mientras comercios y empresas reducen personal. Quizá todos tengan razón. Ese es precisamente el problema.

Porque una mina puede producir más, Vaca Muerta puede exportar más y el campo puede tener una excelente cosecha. Las cuentas fiscales pueden mejorar y las reservas fortalecerse. Pero una economía no termina en una planilla. Termina en una mesa, en alguien pagando un alquiler, en una madre comprando alimentos y en un padre que regresa a casa después de repartir veinte currículums y debe explicar que tampoco hoy consiguió trabajo.

Argentina necesitaba derrotar la inflación. Eso no debería discutirse. Pero sería un error creer que con derrotarla alcanza. Un país no existe para tener buenos indicadores. Los indicadores existen para saber si el país funciona. Y cuando aumentan el desempleo, la precariedad y la pobreza mientras cae el consumo y se contraen sectores intensivos en trabajo, celebrar únicamente la inflación puede convertirse en una peligrosa forma de mirar solamente la mitad de la fotografía.

Aquella noche el argentino de a pie volvió a abrir la heladera. Seguía casi vacía. En el teléfono, mientras tanto, alguien explicaba que Argentina llevaba veintiocho meses creciendo. Sonrió, no porque le pareciera mentira. Quizá fuera verdad.

Cerró la puerta de la heladera, apagó la luz de la cocina y comprendió algo mucho peor.

El problema no era que la economía no creciera. El problema era que había aprendido a crecer sin él.

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