Leer a Agustín Laje me obligó a regresar a Gramsci, Marcuse y Foucault para escapar del aburrimiento. Terminé encontrando una contradicción entre su teoría sobre la hegemonía y su proximidad al poder político.
Leer La batalla cultural, de Agustín Laje, me exigió primero una pequeña batalla personal. Contener el aburrimiento. Hubo páginas en las que estuve cerca de perderla, pero encontré una manera de continuar. Dejé por momentos a Laje hablando solo y me fui detrás de los autores que iba colocando sobre la mesa.
Cuando apareció Gramsci, regresé a la Italia fascista, a la cárcel y a aquellos cuadernos escritos mientras Mussolini pretendía que su cerebro dejara de funcionar. Con Marcuse volví a las revueltas universitarias de 1968 y a una generación que sospechaba hasta de las paredes. Foucault me devolvió a las cárceles, los hospitales, la sexualidad y esa extraordinaria capacidad suya para encontrar relaciones de poder donde los demás apenas veían instituciones.
Así conseguí terminar el libro.
Lo leí menos como un tratado político que como una invitación a regresar a otras bibliotecas. Laje proporcionaba los nombres; yo prefería reconstruir sus contextos. Él buscaba conexiones y yo intentaba recuperar las diferencias. Él parecía ordenar soldados mientras yo trataba de devolverles biografía, contradicciones y tiempo.
Allí encontré mi primera discrepancia.
Cuando sacamos a un pensador de su siglo para utilizar algunas de sus ideas en la explicación de nuestro presente, corremos el riesgo de convertir la historia intelectual en un álbum de figuritas ideológicas. Gramsci queda reducido a la hegemonía, Foucault al poder y Marcuse a la revolución cultural. Hombres que discutieron circunstancias históricas profundamente diferentes terminan pareciendo integrantes de una reunión a la que jamás asistieron.
Laje conoce a muchos de los autores contra los que discute. Eso debe reconocérsele. Precisamente por eso resulta legítimo exigirle mayor rigor. El problema no está necesariamente en sus citas, sino en lo que ocurre cuando comienzan a formar un ejército.
Porque una batalla necesita dos bandos y la historia del pensamiento jamás fue tan obediente.
Cuanto más avanzaba, más evidente me resultaba una paradoja. Laje cuestiona políticamente aquello que identifica como una estrategia gramsciana, pero termina proponiendo una estrategia que guarda un notable parecido con ella.
La izquierda, sostiene, comprendió que antes de conquistar la política debía disputar las universidades, la educación, los medios, el lenguaje, el arte y la cultura.
¿Y qué propone entonces?
Exactamente esos mismos escenarios para la derecha.
Gramsci debió sonreír en alguna parte.
Laje cuestiona la construcción de hegemonías mientras explica la necesidad de construir una contrahegemonía. Critica que determinadas corrientes utilicen instituciones y discursos para extender su concepción del mundo, pero invita a la derecha a intervenir esos mismos espacios para defender la suya.
El problema, aparentemente, no sería el procedimiento, sino quién lo utiliza.
Y cambiar al ocupante de una trinchera no elimina la trinchera.
Hay otra dificultad. Para sostener una batalla cultural resulta conveniente que los ejércitos puedan reconocerse. Progresismo, feminismos, posmodernismo, teoría queer, políticas identitarias y otras corrientes aparecen relacionadas dentro de una narración suficientemente amplia como para interpretarlas como manifestaciones de una transformación mayor.
La construcción es eficaz, aunque su amplitud plantea problemas metodológicos. Una influencia intelectual no demuestra coordinación política. Compartir determinados presupuestos filosóficos tampoco convierte movimientos diferentes en integrantes de un mismo proyecto.
Las ideas viajan, se mezclan, se contradicen y algunas veces terminan defendiendo exactamente aquello contra lo que nacieron.
La historia intelectual está llena de hijos que terminaron asesinando metafóricamente a sus padres.
Pero una batalla necesita uniformes.
Entonces Laje los reparte.
De un lado aparece un nosotros y del otro comienza a reconocerse un ellos. El lector obtiene un mapa donde figuran los adversarios, las instituciones que ocuparían, las palabras que utilizan y aproximadamente aquello que pretenden.
El inconveniente es antiguo. Los mapas nunca son el territorio.
También encuentro una tensión entre el liberalismo que Laje reivindica y el conservadurismo cultural que intenta incorporar dentro de su Nueva Derecha. Pueden ser aliados políticos, pero eso no los convierte necesariamente en hermanos filosóficos.
Si mi libertad individual constituye un límite frente al poder político, ¿qué ocurre cuando utilizo esa libertad para vivir de una manera contraria a determinados valores tradicionales? ¿Debe prevalecer mi autonomía o la tradición? ¿Hasta dónde puede intervenir el Estado para privilegiar una determinada concepción moral?
Son preguntas que exigen respuestas filosóficas, no solamente alianzas electorales.
Algo semejante ocurre con la identidad. Laje cuestiona las políticas identitarias mientras procura proporcionar una identidad política reconocible a quienes integran su Nueva Derecha.
Primero aparece un nosotros, después un ellos y finalmente se explica aquello que nos separa.
El mecanismo resulta familiar.
Terminé La batalla cultural con una sensación contradictoria. No considero que sea un libro inútil. Me obligó a recuperar autores, reconstruir épocas y preguntarme cuánto queda de aquellas ideas cuando abandonan el siglo en que fueron escritas.
Pero ocurrió una ironía que probablemente Laje no había previsto.
Fueron los autores convocados por Laje quienes terminaron salvándome del propio Laje.
Cuando me aburría su interpretación, regresaba a ellos. Cuando el mapa parecía demasiado perfecto, buscaba nuevamente el territorio.
Y todavía faltaba una contradicción que ya no estaba dentro del libro, sino fuera de él.
Laje no es un intelectual completamente alejado del poder. Su proximidad política e intelectual con Javier Milei y su papel al frente de Fundación Faro permiten observar cómo una propuesta de disputa cultural puede relacionarse directamente con un gobierno.
No hay nada ilegítimo en ello. Un intelectual puede apoyar a un presidente, organizar conferencias y defender públicamente sus ideas. Sin embargo, cuando sus actividades reciben el acompañamiento de gobernadores o intendentes alineados con Milei, aparece una pregunta que su propia teoría vuelve inevitable.
¿Estamos ante una batalla contra la hegemonía o ante la construcción de otra?














