Platón imaginó una caverna hace más de dos mil años y, sin saberlo, dejó una de las metáforas más incómodas para comprender cierta parte del periodismo contemporáneo. Dentro había hombres encadenados desde niños, obligados a mirar una pared. A sus espaldas ardía un fuego y, entre el fuego y ellos, otros hacían desfilar objetos cuyas sombras se proyectaban frente a los prisioneros. Como jamás habían conocido otra cosa, terminaron confundiendo aquellas sombras con la realidad.
Dos milenios después ya no necesitamos cadenas.
Tenemos televisión, radios, portales, redes sociales, oficinas de comunicación institucional, fotografías cuidadosamente seleccionadas, videos editados, comunicados reproducidos casi sin preguntas y publicidad oficial. El fuego continúa encendido y la pared permanece en su sitio. Lo único que hemos modernizado es el sistema de proyección.
Decir que todo medio que recibe pauta gubernamental miente sería una estupidez. Un medio puede recibir publicidad oficial y conservar independencia editorial. Un periodista puede cobrar su salario en ese medio y continuar formulando preguntas incómodas. El problema es bastante más complejo porque no se encuentra necesariamente en aquello que se publica, sino en aquello que poco a poco deja de preguntarse.
¿Puede un medio fiscalizar con absoluta libertad a quien representa una parte significativa de sus ingresos?
La vieja censura tenía la brutalidad de las cosas evidentes. Se clausuraba un diario, se secuestraba una edición, se perseguía a un periodista. El autoritarismo dejaba huellas. En democracia, el condicionamiento puede adquirir formas mucho más discretas. No hace falta prohibir una investigación cuando la dependencia económica consigue que investigar se vuelva inconveniente.
El teléfono ni siquiera necesita sonar.
El periodista aprende dónde termina la cortesía. El editor descubre qué título puede complicar una relación. El propietario conoce perfectamente qué investigación podría convertir una reunión amable en una conversación desagradable. Nadie ordena callar, nadie firma la prohibición y quizá nadie amenaza a nadie. El silencio puede nacer solo, crecer dentro de la redacción y terminar pareciendo prudencia profesional.
La autocensura tiene esa extraordinaria ventaja. No deja firma.
Aquí la caverna de Platón adquiere una inquietante actualidad porque las sombras no tienen por qué ser falsas. Una sombra pertenece a algo real. Ese es precisamente su poder.
Un gobierno inaugura una obra y la obra existe. Entrega viviendas y las viviendas existen. Organiza una fiesta y la fiesta existe. Anuncia inversiones y las inversiones pueden existir. El problema comienza cuando la sucesión de esas imágenes termina ocupando toda la pared.
Entonces dejamos de mirar lo que queda fuera del haz de luz.
En San Juan podemos contemplar durante días fotografías de funcionarios, inauguraciones, celebraciones, convenios, anuncios y actos institucionales. Nada de eso es necesariamente falso. Pero el periodismo comienza precisamente donde termina la fotografía oficial. ¿Cuánto costó? ¿Quién lo contrató? ¿Cómo se adjudicó? ¿Dónde está el expediente? ¿Por qué un pedido de información demora meses? ¿Qué ocurrió entre el anuncio y la ejecución?
La propaganda más eficaz no necesita inventar una realidad.
Le basta con editarla.
Por eso la pauta oficial plantea un problema que excede a Marcelo Orrego, al gobierno anterior y al que vendrá después. Es una cuestión institucional. Cuando el Estado distribuye dinero entre empresas periodísticas cuya función democrática incluye controlar al propio Estado, aparece una tensión inevitable entre financiamiento e independencia.
No significa que quien recibe pauta haya vendido su conciencia. Significa algo mucho más elemental. Existe un conflicto potencial que una sociedad adulta debería reconocer, transparentar y discutir.
Si una empresa financiara regularmente a quien debe auditarla, preguntaríamos inmediatamente por la independencia del auditor. En cambio, hemos naturalizado que el poder político financie una parte del ecosistema encargado de fiscalizarlo y después fingimos sorpresa cuando determinadas preguntas comienzan a escasear.
La degradación periodística tampoco suele comenzar con una gran traición. Llega de manera casi doméstica. Un expediente que mañana se buscará y mañana tampoco se busca. Una contratación que parece demasiado complicada para convertirla en noticia. Un funcionario que concede una entrevista y se marcha sin escuchar una sola repregunta. Una denuncia relegada mientras una inauguración ocupa fotografías, videos, titulares y publicaciones sucesivas.
Hasta que el medio sigue produciendo noticias, pero algo esencial del periodismo ha desaparecido.
Porque informar y hacer periodismo no son exactamente lo mismo.
Contar que un gobernador inauguró una escuela es información. Averiguar cuánto costó, qué empresa la construyó, mediante qué procedimiento fue contratada, cuánto demoró, si existieron modificaciones presupuestarias y quién controló la ejecución es periodismo.
Para reproducir un comunicado alcanza una computadora.
Para controlar al poder hace falta algo que ningún presupuesto público debería poder comprar.
Independencia.
Platón cuenta que uno de los prisioneros consigue salir de la caverna. La luz primero lo lastima. Después distingue los objetos y finalmente comprende que aquello que había considerado realidad durante toda su vida era apenas una representación. Cuando regresa para explicárselo a los demás descubre la tragedia. Los prisioneros prefieren las sombras conocidas.
Quizá ese sea nuestro problema más profundo.
Ya no consumimos información únicamente para conocer lo que ocurre. Con demasiada frecuencia buscamos aquella versión de los hechos que confirma lo que previamente decidimos creer. El poder conoce esa debilidad y la política contemporánea aprendió a explotarla. Gobierna mediante presupuestos, decretos y leyes, pero también mediante fotografías, relatos, emociones, omisiones y repetición.
Administra dinero.
También administra visibilidad.
Frente a eso, el periodista tiene una tarea bastante menos confortable que fotografiarse sonriendo junto al funcionario. Debe darse vuelta, mirar detrás del fuego y averiguar quién mueve las figuras.
No para convertirse en opositor. Ese sería otro modo de abandonar el periodismo. Tampoco para suponer que toda acción gubernamental esconde un delito. Su obligación es más sencilla de formular y mucho más difícil de ejercer. Verificar. Contrastar. Preguntar. Investigar. Publicar lo que encuentre aunque incomode al gobierno, al anunciante, a los lectores y, llegado el caso, al propietario del propio medio.
Por eso la discusión sobre la pauta oficial no termina averiguando cuánto recibe cada diario, radio, canal o portal. Esa cifra importa, pero existe otra contabilidad que nunca aparece en los balances.
¿Cuánto silencio puede comprar ese dinero?
Tal vez ninguno. Tal vez demasiado.
No lo descubriremos solamente revisando facturas. Habrá que buscar también entre los expedientes que nadie pidió, las contrataciones que nadie examinó, las contradicciones que pasaron inadvertidas y las preguntas que, por alguna misteriosa razón, dejaron de formularse.
Platón necesitó cadenas para mantener a sus hombres mirando una pared.
Veinticuatro siglos después aprendimos a hacerlo con mayor delicadeza.
A veces basta con pagar la iluminación.














