Fiesta Nacional del Sol, Ironman, ArgOliva, Expo Rural, Expo Minera, Origen San Juan en la Costa Atlántica. En San Juan siempre parece haber un próximo evento esperando detrás del anterior. El problema no es la fiesta, el deporte, el turismo, la minería o la producción. El problema comienza cuando alguien pregunta cuánto costaron. En abril presenté en Casa de Gobierno un pedido formal de información sobre gastos de eventos. Llegó septiembre. La respuesta todavía no.
Hay gobiernos que construyen rutas, otros que inauguran hospitales y algunos que parecen haber descubierto una particular fascinación por los escenarios. En San Juan, últimamente, el calendario oficial amenaza con convertirse en una política de Estado.
Termina un evento y comienza otro. Se apagan unas luces mientras en algún depósito ya están preparando las siguientes. Se desmontan las vallas, descansan unos días y vuelven a aparecer. Fiesta Nacional del Sol, Ironman, ArgOliva, Expo Rural, Expo Minera, Origen San Juan en la Costa Atlántica. Ferias, exposiciones, competencias, promociones, espectáculos. Siempre existe una fotografía esperando y algún funcionario dispuesto a explicar que San Juan se está mostrando al país o al mundo.
A este ritmo, lo único que falta es que el Gobierno organice una fiesta para la Difunta Correa.
Y no lo digo solamente como ironía. En una provincia donde cada actividad parece susceptible de convertirse en evento, escenario y fotografía oficial, hasta la devoción popular corre el riesgo de terminar incorporada al calendario de espectáculos.
Quizá entonces tampoco sepamos cuánto costó.
Y habrá que presentar otro pedido de información.
No tengo nada contra las fiestas. Tampoco contra el deporte, el turismo, la minería o las exposiciones productivas. ArgOliva puede abrir mercados para nuestros productores. La Expo Rural puede generar negocios. La Expo Minera puede atraer empresas, proveedores e inversiones. Llevar Origen San Juan a la Costa Atlántica puede vender productos sanjuaninos. El Ironman puede proyectar internacionalmente a la provincia y la Fiesta Nacional del Sol pertenece a una tradición de los sanjuaninos que trasciende a cualquier gobierno.
Hasta allí, ninguna objeción.
El problema aparece después, cuando los músicos se van, se desmonta el escenario y alguien comete la impertinencia de preguntar cuánto costó.
Entonces comienza otra fiesta.
La del silencio.
En abril presenté personalmente en Casa de Gobierno un pedido formal de información relacionado con los gastos de eventos realizados por el Gobierno provincial, entre ellos la Fiesta Nacional del Sol, el Ironman y Origen San Juan en la Costa Atlántica. No pedí conocer secretos de Estado. No pregunté por cuestiones de seguridad ni solicité información que pudiera poner en riesgo a nadie.
Pregunté por dinero público.
Estamos en septiembre y todavía no obtuve respuesta.
Durante estos meses el Gobierno siguió gobernando, los funcionarios continuaron haciendo declaraciones, los eventos siguieron realizándose y las cámaras oficiales registraron escenarios, inauguraciones, competencias y sonrisas. La información, en cambio, parece caminar bastante más despacio.

La fiesta no es el problema
Sería intelectualmente cómodo afirmar que todo evento es un gasto innecesario. También sería irresponsable insinuar que detrás de cada contratación existe una irregularidad sin documentos que permitan demostrarlo.
Precisamente por eso hay que pedir los documentos.
Porque todo cuesta. Cuestan escenarios, sonido y luces. Cuestan artistas, productoras, stands, publicidad y logística. Cuestan hoteles, pasajes y viáticos cuando funcionarios o delegaciones salen de la provincia. Cuestan la seguridad, los traslados y esa enorme maquinaria que existe detrás de cualquier acontecimiento que después cabe perfectamente en una fotografía institucional.
Nada de eso demuestra una irregularidad.
Pero todo merece una explicación.
Si ArgOliva genera negocios, excelente. Digamos cuánto costó y qué resultados produjo. Si la Expo Rural constituye una inversión productiva, midámosla. Si la Expo Minera atrae inversiones y posiciona a San Juan como territorio minero, conozcamos cuánto dinero público demandó y qué resultados concretos dejó. Si Origen San Juan en la Costa Atlántica consiguió vender, comparemos el dinero invertido con los resultados obtenidos. Si el Ironman llena hoteles y restaurantes, pongamos sobre la mesa la ecuación completa. Y si la Fiesta Nacional del Sol es una inversión, tratémosla como corresponde, no como escenario político.
Porque las inversiones se miden.
Los actos de fe, no.
El gobierno del calendario
Quizá estemos haciendo una pregunta demasiado pequeña. Ya no alcanza con saber cuánto costó la Fiesta Nacional del Sol o cuánto dinero público demandó el Ironman. La verdadera pregunta es cuánto destina el Gobierno de San Juan a su política de acontecimientos.
Sumemos todo. Fiestas, competencias deportivas, ferias, exposiciones mineras y productivas, promociones turísticas, viajes, stands, productoras, artistas, publicidad, alojamiento, logística y viáticos. Después coloquemos al lado los aportes privados, los ingresos obtenidos y el impacto económico verificable.
Recién entonces podremos discutir seriamente.
Quizá descubramos que algunos eventos son extraordinariamente beneficiosos para San Juan y merecen incluso más presupuesto. Quizá encontremos otros donde cuesta más el escenario que el beneficio que deja. No lo sabemos. Ese es precisamente el problema.
Mientras no aparezcan las cifras, el Gobierno puede decir que todo es inversión y sus críticos que todo es despilfarro. Unos aplauden, otros cuestionan y nadie consigue mirar la factura.
Los números tienen esa desagradable costumbre de arruinar los discursos.
Cinco meses después
Presenté aquel pedido en abril. Después vino mayo. Luego junio. Pasó julio, llegó agosto, apareció septiembre.
Los eventos, mientras tanto, no necesitaron cinco meses para organizarse.
Esa diferencia resulta fascinante.
El Estado puede montar escenarios, contratar servicios, organizar competencias, trasladar delegaciones, promocionar San Juan fuera de la provincia y producir una sucesión interminable de imágenes oficiales. Pero parece necesitar bastante más tiempo para responder cuánto costaron algunas de esas cosas.
Tal vez cada peso esté perfectamente justificado. Ojalá. Entonces no debería existir inconveniente alguno en mostrarlo.
Pero después de cinco meses de silencio resulta inevitable recordar una de esas sentencias sencillas que repetía mi abuela y que, con los años, descubrí que servían tanto para la vida como para la política.
«El que calla, otorga».
No sé si jurídicamente el silencio del Gobierno otorga algo. Periodísticamente, en cambio, obliga a seguir preguntando.
Porque transparencia no significa publicar fotografías, comunicados ni videos institucionales. Transparencia significa permitir que alguien abra un expediente, siga el recorrido del dinero y llegue hasta la última factura.
El Gobierno puede seguir haciendo fiestas. Puede organizar Ironman, ArgOliva, Expo Rural, Expo Minera, promocionar Origen San Juan en la Costa Atlántica y llenar el calendario de acontecimientos si considera que esa es una buena política pública.
Pero hay algo que debería hacer antes de encender nuevamente las luces.
Contestar.
Porque después de la música, los discursos, las medallas, las fotografías y los aplausos siempre queda alguien haciendo preguntas.
En este caso, este periodista.
En abril presenté formalmente en Casa de Gobierno un pedido para conocer cuánto dinero público se destinó a algunos de esos eventos. Han pasado cinco meses.
No pedí favores. Pedí información.
No pregunté por dinero ajeno. Pregunté por dinero público.
Y mientras el Gobierno prepara nuevos escenarios, nuevas fiestas y nuevas fotografías, este periodista continúa exactamente donde estaba en abril.
Esperando una respuesta.
Porque la fiesta puede terminar cuando se apagan las luces.
El periodismo empieza, precisamente, cuando alguien pregunta quién pagó la cuenta.














