A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca.
No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho, soportando el frío, mascando alguna puteada y preguntándose dónde mierda termina el Perú conocido y dónde comienza ese otro Perú que desde Lima solamente existe cuando hay muertos.
Habría llegado tarde, como casi siempre llega el Estado. El 14 de agosto de 1985 ya había ocurrido todo. En Llocllapampa, distrito de Accomarca, una patrulla del Ejército peruano había llegado como parte de una operación contrasubversiva. Buscaban integrantes de Sendero Luminoso. La zona no era ajena a su presencia, pero aquella mañana no encontraron una columna armada enfrentándolos. Encontraron campesinos.
Y los mataron.
Lituma habría mirado las casas incendiadas y preguntado quién había sido. Esta vez la respuesta resultaba insoportable. Había sido el Estado. Y cuando el Estado utiliza sus armas, sus hombres y su poder para aterrorizar a los ciudadanos que debería proteger, la palabra incómoda deja de ser exceso. Se llama terrorismo de Estado.
El país de Lituma
Vargas Llosa construyó Lituma en los Andes colocando a un policía frente a un país que no comprende y obligándolo a preguntar. Desaparecen personas, Sendero Luminoso aparece y desaparece entre montañas y los rumores se mezclan con supersticiones, miedo, violencia y silencios. Nadie sabe demasiado, o todos saben y nadie quiere hablar. Ese era también el Perú de Accomarca, un país donde hasta la verdad tenía miedo.
Sendero Luminoso había convertido amplias regiones andinas en territorios de terror. Asesinó campesinos, autoridades, policías y dirigentes comunales. Pretendió liberar al pueblo mientras mataba a quienes decía representar. Fue terrorismo y debe llamarse por su nombre. El Estado tenía la obligación de combatirlo.
La discusión empieza después, porque combatir el terrorismo era una obligación. Practicar el terrorismo de Estado para derrotarlo no.
El terrorista desprecia la ley. El Estado existe precisamente porque representa la ley. Sendero podía ejecutar a quien declarara enemigo de la revolución; el Estado tenía jueces. Sendero podía considerar enemiga a una comunidad; el Estado debía protegerla. Cuando esa diferencia desaparece queda solamente un hombre armado frente a otro indefenso.
Y en Accomarca desapareció.
Las diez de la mañana
Muchos años después decidí escribir una novela. Quería construir una ficción atravesada por episodios reales de aquellos años. No pretendía escribir una historia cómoda de buenos y malos. El Perú de entonces había sido demasiado cruel para semejante simplificación. Quería contar vidas pequeñas atrapadas entre el terrorismo de Sendero Luminoso y el terrorismo de Estado que apareció allí donde las instituciones decidieron que para derrotar al monstruo podían utilizar sus métodos.
Había dos casos que necesitaba investigar, Accomarca y Cayara. Por eso llegué una mañana a APRODEH, en Jesús María. Eran aproximadamente las diez. Pensé que estaría allí un par de horas, revisaría algunos documentos, tomaría notas y regresaría a casa.
Me equivoqué.
Me llevaron hasta una pequeña sala y pusieron los expedientes sobre la mesa. Una mesa, algunas sillas y papeles. Nada extraordinario. Afuera continuaba Lima con sus autos, sus bocinas, sus vendedores y esa indiferencia extraordinaria de las grandes ciudades, capaces de seguir viviendo mientras dentro de una habitación alguien descubre una tragedia.
Comencé a leer como había aprendido a hacerlo durante años de investigación. Fechas, nombres, declaraciones, edades, responsabilidades. Subrayaba, anotaba, retrocedía algunas páginas y comparaba testimonios hasta que la historia comenzó a adquirir cuerpos.
Los militares habían reunido a los pobladores y los habían separado. Hombres por un lado, mujeres y niños por otro. Entre ellas había mujeres embarazadas. Las investigaciones documentarían también la violencia sexual. Pero yo estaba leyendo testimonios, y algunos nunca consiguieron abandonarme.
Recuerdo uno que relataba que algunos hombres habían sido amarrados a las ramas de los árboles y después ametrallados. Han pasado demasiados años para pretender reproducir literalmente aquel expediente y no voy a completar con literatura aquello que mi memoria no conserva con exactitud. Pero recuerdo la escena. No estaban combatiendo ni huyendo. Según aquel testimonio estaban inmovilizados.
Después dispararon.
Seguí leyendo. Las mujeres habían sido separadas y violadas. Recuerdo además un detalle que quedó adherido a mi memoria con una precisión desagradable. Antes de conducirlas hacia las viviendas, las obligaron a lavarse sus partes íntimas. No recuerdo las palabras exactas del declarante. Recuerdo la humillación, y eso basta.
Primero utilizar sus cuerpos, después obligarlas a borrar las huellas y finalmente matarlas. Hay una crueldad que mata y otra que necesita humillar antes de hacerlo. Accomarca conoció ambas.
El niño
Después vinieron las viviendas, las ráfagas, los explosivos y el fuego. Yo continuaba pasando las páginas y cada una parecía empeñada en demostrar que todavía podía existir algo peor en la siguiente.
Hasta que apareció un niño.
No recuerdo su nombre. Tal vez alguna vez lo anoté o permanezca todavía en alguna carpeta entre los materiales de aquella novela que nunca terminé. Tampoco recuerdo las palabras exactas del testimonio y sería irresponsable reconstruirlas ahora. Pero recuerdo lo esencial.
Decía que el niño estaba vivo cuando fue arrojado al fuego.
Allí no pude seguir. Cerré el expediente y traté de controlar mis lágrimas. No fue una lágrima literaria ni uno de esos recuerdos que con los años uno embellece para que funcionen mejor en una historia. Lloré porque sencillamente no pude evitarlo.
Durante unos minutos dejé de ser el investigador, el abogado o el escritor que había llegado buscando material para una novela. Era simplemente un peruano sentado en una pequeña sala de Jesús María intentando comprender qué clase de guerra podía terminar con hombres amarrados a árboles, mujeres violadas y humilladas y un niño arrojado vivo al fuego.
No encontré respuesta. Todavía no la encuentro. Pero encontré una palabra que durante demasiado tiempo resultó incómoda. Terrorismo. Esta vez no el de Sendero.
Terrorismo de Estado.
Porque un uniforme no vuelve legítimo un crimen, una bandera no santifica una bala y una orden superior no transforma el asesinato de un niño en una operación militar. Después volví a abrir el expediente. Había ido hasta allí buscando la verdad y debía aceptar las consecuencias de haberla encontrado.
Seguí leyendo.
Pasar la hoja
Los expedientes poseen una forma involuntariamente obscena de organizar el horror. Nombre, edad, sexo, lugar, declaración, folio, firma, sello. Todo perfectamente ordenado. Un niño puede caber en tres renglones, una mujer violada convertirse en un párrafo y una familia exterminada ocupar una página. Después uno debe hacer algo monstruosamente sencillo, pasar la hoja.
Había una víctima y aparecía otra. Después otra. Hasta que los números dejaron de ser números y comencé a imaginar la mañana de aquellas personas. Un niño despertándose con hambre, una mujer preparando comida, un anciano mirando el cielo, alguna discusión familiar, una risa, una preocupación insignificante.
La vida.
Ninguno sabía que dentro de algunas horas su existencia terminaría y que muchos años después un desconocido estaría leyendo su nombre en Lima. Ese desconocido era yo.
Después del fuego
Accomarca no terminó cuando los soldados se marcharon. Quedaron los sobrevivientes, los cuerpos carbonizados, los restos dispersos y las familias intentando encontrar a los suyos. Quienes habían permanecido escondidos regresaron después y recogieron lo que pudieron para enterrarlo. Después quedaron las fosas comunes.
Hay algo especialmente cruel en una fosa. La muerte ya le ha quitado el futuro a una persona; la fosa intenta quitarle también la identidad. Mezcla cuerpos, confunde restos y convierte una madre, un campesino o un niño en huesos bajo la tierra. El crimen deja entonces de consistir solamente en matar. También intenta borrar.
Y allí aparece otra dimensión del terrorismo de Estado. No solamente la capacidad del aparato estatal para ejercer violencia sobre ciudadanos indefensos, sino la posibilidad de que ese mismo aparato calle, oculte, diluya responsabilidades y obligue a las víctimas a luchar durante años para demostrar que sus muertos existieron. Quizá por eso la memoria resulta tan incómoda para el poder. Porque vuelve a poner nombres donde alguien quiso dejar restos.
Las cinco de la tarde
Seguí leyendo Accomarca, Cayara, nombres, declaraciones, muertos. En algún momento levanté la cabeza y miré el reloj. Eran casi las cinco y APRODEH estaba cerrando. Había llegado a las diez de la mañana. Habían pasado siete horas y yo sentía que habían pasado años.
Salí a la calle y Lima continuaba exactamente donde la había dejado. Autos, gente, ruido, comercios. Alguien compraba pan, otros regresaban del trabajo y probablemente alguna madre esperaba que su hijo volviera de la escuela. La vida seguía.
Yo había entrado buscando documentación para una novela. Salí llevando muertos. Esa diferencia tardé muchos años en comprenderla.
Tenía material suficiente para escribir. Había personajes, escenarios, testimonios e historia. Comencé la novela, pero nunca la terminé. Durante mucho tiempo pensé que simplemente la había abandonado. Los escritores hacemos eso. Guardamos carpetas llenas de cadáveres literarios, primeros capítulos, personajes que nunca llegaron al final e historias que prometemos terminar algún día.
Ahora pienso que no fue solamente eso. No estaba preparado. Escribir aquella novela significaba regresar una y otra vez a esa pequeña sala, volver a los nombres, a las mujeres, a los hombres, a las fosas y, sobre todo, volver al niño.
Durante años preferí no hacerlo.
Lituma habría seguido preguntando
Quizá por eso regresé tantas veces a Lituma en los Andes. Lituma pregunta quién desapareció, quién mató, quién sabe, quién miente. No es un héroe. Es simplemente un hombre intentando comprender un territorio donde la razón parece romperse contra las montañas.
Yo también había llegado buscando respuestas y salí con preguntas.
Podemos estudiar Accomarca desde la estrategia contrasubversiva, la cadena de mando, la información de inteligencia, el avance de Sendero Luminoso y el contexto de una guerra despiadada. Todo sirve para comprender cómo pudo ocurrir. Nada sirve para justificarlo.
Sendero Luminoso practicó el terrorismo. El Estado peruano tenía el deber de enfrentarlo y proteger a la población. Precisamente por eso lo ocurrido en Accomarca y Cayara resulta imperdonable.
Cuando agentes del Estado torturan, violan, ejecutan y aterrorizan a civiles indefensos, no estamos ante una simple equivocación ni ante ese eufemismo tan cómodo llamado exceso. Estamos ante terrorismo de Estado.
Decirlo no absuelve a Sendero Luminoso ni relativiza sus crímenes. Significa exactamente lo contrario. Si condenamos el terrorismo porque convierte a seres humanos en instrumentos de una causa, no podemos aceptar ese mismo principio cuando quien dispara lleva uniforme. Ningún crimen anterior legitima el siguiente.
Esa es precisamente la frontera de la civilización.
La novela
Han pasado años desde aquella mañana. Accomarca sigue allí, Cayara también y aquella novela continúa inconclusa. Muchas veces encontré razones para no regresar. El trabajo, los viajes, otros libros, otros proyectos, la vida.
Las excusas también envejecen.
Los muertos no.
Por eso creo que ha llegado el momento de retomarla. No porque una novela pueda hacer justicia. Sería una arrogancia. La literatura no resucita a nadie, no reconstruye una casa quemada, no deshace una bala ni devuelve un hijo. Tampoco quiero hablar por los muertos. Nadie tiene ese derecho.
Pero la literatura puede hacer algo pequeño, obstinado y profundamente molesto para quienes prefieren el olvido. Puede recordar.
A veces imagino nuevamente a Lituma caminando por aquellos cerros. Ya no pregunta quién mató ni quién dio la orden. Esta vez conoce las respuestas. Se queda mirando las montañas y quizá comprende que hay lugares donde la verdad tarda tanto en llegar que, cuando finalmente aparece, encuentra solamente tumbas.
Yo regreso a aquella pequeña sala de Jesús María. Son otra vez las diez de la mañana. Abro el expediente, leo los nombres, avanzo por los testimonios, encuentro a los hombres amarrados a los árboles, a las mujeres, las casas, el fuego.
Y llego al niño.
Cierro el expediente. Lloro. Después vuelvo a abrirlo.
Durante años pensé que aquella tarde, cuando salí de APRODEH a las cinco, había dejado la novela sobre esa mesa. Ahora comprendo que dejé algo más. Dejé una pregunta.
Qué sucede con un país cuando el Estado encargado de proteger a sus ciudadanos decide aterrorizarlos.
Han pasado los años y todavía no tengo una respuesta que alcance. Quizá Accomarca tampoco la necesite. Los muertos no necesitan nuestras explicaciones. Necesitan nuestra memoria.
Por eso voy a terminar aquella novela. No para que alguien recuerde mi nombre, sino para que no olvidemos los de ellos.
Los hombres que llegaron aquella mañana consiguieron matar campesinos, quemar casas y esconder cuerpos. El terrorismo de Estado pudo hacer casi todo.
Casi.
No pudo conseguir que aquella mañana desapareciera.
Mientras alguien abra un expediente, pronuncie Accomarca o vuelva a contar lo sucedido, habrá algo que ninguna bala, ninguna fosa y ningún silencio podrán terminar de enterrar.
La memoria.
Quizá Lituma lo habría entendido antes. Yo necesité muchos años.
Aquella tarde cerré el expediente porque no podía seguir leyendo.
Hoy quiero terminar la novela porque finalmente comprendí que olvidarlos sería cerrarlo para siempre.














