Los viejos bosques saben guardar secretos.
Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos.
Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros aseguraban que era un lugar tranquilo. Los cuervos, que siempre llegan antes que los cronistas, sostenían exactamente lo contrario.
Gobernaba aquellas tierras el rey Fabián el Sereno. No era cruel. Tampoco especialmente sabio. Poseía una virtud mucho más útil para quien ocupa un trono: había perfeccionado el arte de mirar sin ver. Atravesaba los salones con la serenidad de quien jamás tropieza con un problema, quizá porque había descubierto que los problemas suelen desaparecer cuando nadie se atreve a nombrarlos.
Una mañana llegó al castillo un caballero procedente del Gran Banco del Reino. Se llamaba Sir Andrés de las Planillas, hombre elegante, experto en conservar siempre un sillón cuando el destino le quitaba otro.
Los reyes cambian.
Los tronos permanecen.
Y los cortesanos verdaderamente talentosos siempre encuentran un nuevo castillo donde servir.
El rey lo recibió con un abrazo.
—Necesito un hombre de confianza.
—¿Y cuál será mi misión?
El rey sonrió.
—No demasiado. El cargo tendrá un nombre tan largo que nadie preguntará para qué sirve.
Así nació el Gran Director del Desarrollo Encantado, un título tan solemne que hasta los búhos tardaban varios minutos en pronunciarlo.
Sin embargo, ningún cuento memorable comienza en un despacho.
Todos empiezan cuando aparece una princesa.
Solo que esta no llevaba corona.
Llevaba una escoba.
Los aldeanos la conocían como Lady Escobina, encargada de mantener limpios los corredores del castillo. Pero los gorriones del bosque, criaturas incapaces de respetar un secreto de Estado, empezaron a cantar una historia diferente.
Decían que el Príncipe de las Planillas había descubierto que Cupido también sabía llenar formularios.
Desde entonces, cada mañana, ambos ascendían hasta la torre de una vieja panadería llamada El Abanico. Allí compartían desayunos tan largos que el pan terminaba endureciéndose antes que la conversación.
Nadie censuraba el amor.
Ni siquiera los lobos.
Lo extraordinario era otra cosa.
Según murmuraban las ardillas contables, mientras ellos brindaban con café, en el castillo las planillas aparecían firmadas como por obra de un hechicero especializado en recursos humanos.
Los enanos archivistas comenzaron entonces a hacerse una pregunta imposible.
¿Cómo podía alguien desayunar y trabajar al mismo tiempo?
Después de varios días llegaron a una conclusión.
Solo existían dos explicaciones.
O la magia era real.
O la burocracia había conseguido superarla.
Y fue entonces cuando el bosque dejó de contar un romance.
Comenzó a contar una leyenda.
Porque los viejos cuentos enseñaban que el poder corrompe a los hombres.
Pocitolandia descubrió algo todavía más inquietante: que, cuando nadie vigila el castillo, hasta las planillas terminan enamorándose.














