La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos una sucesión de gobiernos que un viaje interminable hacia una Ítaca que siempre se aleja unos kilómetros más.
Hay países cuya historia puede contarse como una sucesión de fechas. La Argentina exige otra estructura narrativa. Más que una cronología, parece un guion. Más que una república, a veces parece una película que insiste en reescribirse sin decidir nunca su final.
Christopher Nolan entendió que La Odisea no sobrevivió tres mil años porque describiera con precisión la geografía del Mediterráneo. Sobrevivió porque comprendió algo más profundo; el verdadero viaje nunca ocurre sobre el mar. Ocurre dentro del hombre.
Quizá por eso la historia argentina se parezca tanto al regreso imposible de Odiseo.
No porque haya cíclopes ni sirenas.
Sino porque cada generación cree estar llegando a Ítaca y descubre, una vez más, que alguien ha vuelto a ocupar la casa.
Jorge Luis Borges habría desconfiado de cualquier intento de convertir la historia argentina en un relato lineal. Sabía que el tiempo es una superstición útil y que los pueblos, como los hombres, suelen caminar en círculos creyendo avanzar. En uno de esos infinitos laberintos, acaso San Martín todavía cruza los Andes mientras Rosas discute con Sarmiento, Yrigoyen espera un golpe, Perón regresa del exilio y un joven soldado mira las islas Malvinas convencido de que la patria siempre está un poco más lejos de lo que muestran los mapas.
Quizá todos ocurran al mismo tiempo.
Quizá esa sea nuestra condena.
La nueva versión cinematográfica de La Odisea propone que las heridas de Troya nunca terminan cuando cae la ciudad. Continúan viviendo dentro de quienes sobrevivieron. Argentina conoce demasiado bien esa clase de guerras. Las civiles del siglo XIX, los enfrentamientos ideológicos del XX, las dictaduras, el terrorismo, la inflación convertida en costumbre, las promesas electorales que envejecen antes de ser pronunciadas.
Cambian los uniformes.
Cambian los discursos.
Pero el viaje parece repetirse.
La ironía, tan querida por Borges, consiste en advertir que el país que se define por su enorme riqueza dedica buena parte de su historia a discutir cómo administrar su escasez. La nación que alimenta a cientos de millones de personas convive periódicamente con la pobreza. La tierra que produjo premios Nobel, escritores universales y científicos extraordinarios suele elegir dirigentes que gobiernan como si el conocimiento fuera un obstáculo para el poder.
Es difícil imaginar una paradoja más borgiana.
Cada elección promete inaugurar una nueva república. Cada crisis asegura ser la última. Cada gobierno habla de refundación como si los argentinos hubieran nacido el martes anterior.
Y, sin embargo, debajo de esa sucesión de relatos permanece intacta una vieja pregunta.
¿Quiénes somos?
Borges respondió alguna vez que nadie es la patria, pero todos lo somos. Tal vez por eso seguimos buscando culpables con tanta facilidad y responsabilidades con tan poca frecuencia. Preferimos pensar que siempre fue otro quien construyó el laberinto, aunque llevemos décadas agregándole paredes.
La Argentina también posee su caballo de Troya.
No entra hecho de madera.
Entra disfrazado de certezas absolutas.
Cada época fabrica las suyas. Unas llegan envueltas en ideologías. Otras en populismos. Algunas en tecnocracias que prometen resolver con planillas aquello que antes fracasó con consignas. Y otras irrumpen al grito de «¡Viva la libertad, carajo!», convencidas de que una consigna puede reemplazar la complejidad de un país. Todas aseguran poseer la única verdad. Todas terminan descubriendo que la Argentina es infinitamente más compleja que cualquier eslogan.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza que Nolan rescata de Homero y que Borges habría celebrado con una sonrisa apenas visible. Las naciones no se destruyen únicamente cuando pierden una guerra. También comienzan a desmoronarse cuando dejan de dialogar consigo mismas, cuando convierten al adversario en extranjero y al extranjero en enemigo.
La civilización retrocede cada vez que el otro deja de ser una persona para convertirse en una etiqueta.
Quizá algún día la Argentina llegue finalmente a su Ítaca.
Pero sospecho que ese día descubriremos lo mismo que descubrió Odiseo: el viaje nunca consistió en regresar a casa.
Consistía en aprender a merecerla.














