Domingo o la incomodidad de estar despierto

Abr 5, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay días que no traen respuestas.

Traen algo peor.

Tiempo.

Tiempo para ver lo que durante la semana uno logra evitar con cierta eficacia: la propia vida cuando deja de moverse.

El domingo no agrega.

Quita.

Quita ruido, quita urgencia, quita excusas. Y en ese gesto —aparentemente inofensivo— deja al descubierto lo único que realmente importa y que, sin embargo, casi nunca se mira de frente.

No es el silencio.

Es la falta de distracción.

Y cuando ya no hay distracción… aparece.

El café no es rutina. Es frontera.

Hay un momento —breve, preciso— en el que el agua todavía no hierve. Todo está a punto de ocurrir, pero aún no ocurre. Ese instante importa más de lo que parece.

Ahí no hay consumo.

Hay espera.

Muelo los granos sin medir. No por descuido. Por experiencia. Hay saberes que no toleran explicación sin volverse inútiles.

El émbolo baja lento.

Si uno se apura, enturbia.

Si duda demasiado, amarga.

No hay margen para corregir. Solo para acertar.

El primer sorbo no dice nada.

Pero algo cambia.

No en el café.

En uno.

Nos enseñaron a entender.

A creer que el mundo, si se lo mira con suficiente atención, termina por explicarse. Que todo encaja. Que todo tiene una forma, una lógica, una razón.

Funciona.

Hasta que deja de funcionar.

No por error.

Por exceso de fe.

El lenguaje —ese mecanismo delicado que sostiene lo cotidiano— no explica el mundo. Lo domestica. Lo vuelve manejable. Dice “esto es así” y en ese gesto tranquiliza.

Pero al mismo tiempo… recorta.

Nombrar no es revelar.

Es elegir qué perder.

Cada palabra fija algo que en la experiencia es móvil. Reduce lo que es múltiple. Ordena lo que, en realidad, no termina de ordenarse nunca.

Por eso escribir no es inocente.

Es una forma elegante de renunciar.

Hay un acuerdo que nadie firmó pero todos cumplen.

Se trata de aceptar la versión más funcional del mundo. La que permite avanzar sin detenerse demasiado. La que evita ese momento incómodo en el que el suelo deja de ser firme y uno tiene que sostenerse sin garantías.

No es mentira.

Es peor.

Es comodidad compartida.

Don Quijote no estaba loco.

O, al menos, no en el sentido en que nos conviene creerlo.

Durante siglos se lo leyó como un error. Como el hombre que no distingue entre lo que es y lo que imagina. Una anomalía simpática. Un desajuste.

Pero hay algo sospechoso en esa lectura.

¿Qué pasa si el problema no es ver de más… sino aceptar demasiado rápido lo que todos aceptan?

Donde otros ven molinos, él ve gigantes.

No porque confunda.

Porque se niega a reducir.

Se niega a aceptar que el mundo sea apenas lo que funciona. Insiste —de manera incómoda, torpe, incluso ridícula— en que debería haber algo más.

Y ese gesto… desacomoda.

Porque obliga a preguntarse si la cordura no es, en el fondo, una forma sofisticada de resignación.

El domingo avanza sin pedir permiso.

No hay agenda que lo domestique del todo. La tarde cae con una lentitud que resulta casi ofensiva. Como si el tiempo, por un instante, decidiera dejar de colaborar.

La taza está vacía.

El café, frío.

El cuaderno abierto.

Nada se resolvió.

Y sin embargo… algo quedó expuesto.

Escribir no ordena.

Interrumpe.

No aclara.

Desarma.

No acerca respuestas.

Saca a la superficie preguntas que durante la semana permanecen bien enterradas bajo capas de eficacia, rutina y pequeñas mentiras necesarias.

Uno escribe no para entender.

Escribe para no aceptar.

Para no adaptarse demasiado bien a una versión del mundo que, en el fondo, resulta sospechosamente cómoda.

Hay un aprendizaje que no se enseña.

Decir menos.

No por economía.

Por precisión.

Lo accesorio protege.

Lo esencial deja sin defensa.

Y por eso cuesta.

Porque obliga a quedarse con lo que no alcanza.

Con lo que no cierra.

Con lo que incomoda.

El domingo no termina.

Se diluye.

Se mezcla con el lunes como si nada hubiera pasado. Como si ese breve momento de claridad no hubiese existido. Como si uno no hubiese visto —aunque sea por un instante— algo que preferiría no haber visto.

Y, sin embargo, queda.

No como respuesta.

Como incomodidad.

Quizás por eso escribimos.

No para ordenar el desconcierto.

Para que no desaparezca.

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