Entre aumentos que llegan tarde, bonos que no construyen futuro y gremios que corrigen en redes lo que deciden en plenarios, la paritaria docente deja de ser una negociación para convertirse en un dispositivo. Un sistema donde el gobierno ordena, los sindicatos administran y el docente —una vez más— queda en el centro… pero fuera de la decisión.
Acto I: el aumento que no alcanza, pero ordena
Hay paritarias que se negocian. Otras que se ejecutan. Y algunas —las más sofisticadas— se corrigen en vivo.
La de San Juan —con su desfile de porcentajes mínimos, bonos sin memoria y silencios demasiado precisos— pertenece, sin pudor, a esa última categoría. Aquí no se discute: se administra. No se resuelve: se ordena. Y cuando el orden se resquebraja, no se rompe: se reescribe.
El gobierno propone una arquitectura salarial que ya es un clásico: aumentos escalonados (5%, 2%, 3%), sumas no remunerativas que no construyen salario sino anestesia, bonos que alivian el presente pero vacían el futuro, y una cláusula de revisión atada —con elegante cinismo— a la propia recaudación estatal.
Es decir: el gobierno se paga a sí mismo el margen de error.
Acto II: el rechazo que respira… y el acuerdo que asfixia
Frente a esto, dos gremios —UDA y AMET— hacen lo esperable: rechazan. Señalan lo evidente. Que lo no remunerativo no es salario. Que no impacta en aguinaldo ni jubilación. Que desarma la pirámide docente con una prolijidad implacable. (La pirámide fragmentada)
Hasta ahí, el conflicto respira.
Pero entonces aparece el gesto que lo contiene sin hacer ruido: UDAP acepta.
Acepta primero. Ordena después. Y en ese movimiento, más que una decisión, hay una coreografía.
Porque aceptar en ese momento no es neutral. Es funcional.
Funcional a un gobierno que necesita mostrar acuerdo.
Funcional a una negociación que no puede desbordarse.
Funcional a un sistema donde la tensión debe existir… pero no crecer.
Acto III: la paritaria que se reabre… sin romperse nunca
Luego, como si la obra necesitara un segundo acto para justificar el primero, AMET se suma al rechazo de UDA y la paritaria se reabre. Y entonces todo parece cambiar.
Pero no cambia nada.
Porque el conflicto no se rompe. Se recalibra.
El gobierno no retrocede: reordena.
Los gremios no corrigen: reposicionan.
Y UDAP —siempre en el centro de gravedad— queda, otra vez, en ese lugar ambiguo donde aceptar parece alinearse… y corregir parece ceder.
Un equilibrio perfecto.
Demasiado perfecto.
Acto IV: el plenario que habló… y después pidió traducción
Pero esta vez algo falló.
O mejor dicho: algo se hizo demasiado visible.
El plenario aceptó… y después hubo que explicarlo.
La máxima autoridad del gremio —el plenario— dijo una cosa. Y horas después, en redes, aparecieron condiciones que en ese mismo plenario nunca se dijeron, nunca se votaron, nunca se discutieron.
Porque si se hubieran discutido, probablemente no aprobaban. Porque cuando hay desacuerdo real, no se convalida: se confronta.
Se presenta una contra propuesta
Se rechaza.
Se vuelve a negociar.
Lo que existe —salvo en la lógica de un gremio— es aprobar primero… y condicionar después. Aclaraciones tardías. Matices agregados como quien corrige un texto ya publicado. Y entonces la pregunta deja de ser salarial. Se vuelve institucional.
Porque si el plenario es la máxima autoridad, lo que allí se decide no debería necesitar reinterpretación. Y, sin embargo, ocurrió.
Porque el problema no era la decisión. Era sostenerla.
Acto V: la ingeniería del retroceso elegante
Entonces apareció el recurso más utilizado de esta paritaria: corregir sin admitir que se corrige.
Agregar condiciones después.
Introducir límites que antes no existían.
Simular una negociación que ya había sido validada.
Todo para no quedar por los suelos.
Pero hay correcciones que no reparan. Exponen.
Porque cuando la decisión se corrige en redes, la autoridad se vuelve relativa.
Cuando las condiciones aparecen después, la decisión pierde densidad.
Cuando la explicación reemplaza al acto, la representación se debilita.
Acto VI: la mayoría que ordena… más de lo que representa
Y entonces aparece lo estructural.
Porque lo que se repite ya no puede explicarse como error.
¿Por qué la aceptación de UDAP llega siempre a tiempo para sostener al gobierno?
¿Por qué su mayoría pesa más que la suma de las disidencias?
¿Por qué su voto parece cerrar lo que otros intentan abrir… para luego corregirse sin romper?
La respuesta no está en un acta.
Está en el diseño.
Porque hay acuerdos que no se firman: se ejercen.
Acuerdos donde la representatividad no se discute —no se toca— a cambio de algo más valioso que cualquier porcentaje: la estabilidad del sistema.
Una mayoría que ordena.
Un gobierno que conduce.
Y una paritaria que nunca se desborda.
Acto VII: los que quedan afuera del relato
Mientras tanto, en el fondo de la escena —ese lugar donde no llegan los discursos— ocurre lo verdaderamente importante.
Se habla de nomenclador, de horas, de jerarquías.
Se habla de 30 horas que todos saben que no son 30.
Se diseñan beneficios que alcanzan a algunos y dejan a otros afuera.
Se reparten mejoras que no mejoran a todos.
Y ahí aparece la fractura.
Media, técnica, superior.
Docentes que viven en tránsito permanente. Que recorren la provincia como quien arma un rompecabezas salarial. Que trabajan de 7:30 a 23 para alcanzar lo que debería ser un ingreso digno.
¿Ahí no hay desgaste?
¿Ahí no hay costo?
¿Ahí no hay política?
Sí la hay.
Pero es la política del recorte silencioso.
Acto VIII: la representación en duda
Porque toda estructura que beneficia a algunos, necesita que otros queden en silencio. Y ese silencio —cada vez menos dócil— empieza a volverse palabra.
Una palabra incómoda: representación.
¿A quién representan realmente los gremios?
¿A la totalidad del docente… o a una parte funcional del esquema?
Cuando esa duda se instala, el problema deja de ser salarial.
Pasa a ser político.
Acto IX: la incapacidad que deja de ser error
Porque un gremio puede equivocarse.
Puede negociar mal.
Puede incluso perder.
Lo que no puede hacer —sin consecuencias— es parecer más cercano al poder que a sus representados.
Y ahí es donde UDAP deja de ser una respuesta… y empieza a ser problema.
No por lo que dice.
Por lo que hace.
Por lo que corrige.
Por lo que habilita.
Por esa capacidad de aceptar cuando el gobierno necesita acuerdo… y de explicar después cuando la base no lo tolera.
Acto X: el sistema perfecto
Mientras tanto, los otros gremios tensionan, rechazan, visibilizan. Pero sin capacidad de unificar, su fuerza se diluye. Y el gobierno —siempre un paso atrás de la escena— hace lo que mejor sabe hacer: administrar.
Administra los tiempos.
Administra las divisiones.
Administra la expectativa.
Y gana. No porque convence. Porque organiza.
Acto final: la pedagogía del absurdo
En ese esquema, la incapacidad gremial ya no parece torpeza.
Parece sistema.
Un sistema donde nadie termina de romper, donde todo se reabre… pero nada se transforma.
Y en el centro, otra vez, el docente.
El que no está en las mesas.
El que no firma actas.
El que no decide tiempos.
El que ahora tampoco cree del todo en lo que se decide.
Ese docente que empieza a entender —con esa lucidez que nace del desgaste— que la paritaria no es solo una discusión salarial.
Es un dispositivo.
Un dispositivo donde el gobierno conduce, los gremios orbitan, y la mayoría —esa mayoría tan invocada— deja de ser garantía para convertirse en sospecha.
Quizá por eso la pregunta final ya no sea cuánto van a aumentar.
Sino otra, más peligrosa: si quienes deben defendernos se acercan demasiado al poder… ¿quién queda, entonces, del lado del docente?
Y, tal vez, la respuesta esté en los detalles.
En esos pequeños gestos que dicen más que cualquier discurso.
Porque cuando la representación se vuelve confusión, cuando la autoridad necesita explicarse después de decidir, y cuando el derecho más básico ni siquiera logra ser comprendido… el problema deja de ser político. Se vuelve elemental. Casi pedagógico.
Porque, al final, qué se puede esperar de una dirigencia que aún no logra distinguir entre un derecho y un recurso… y que, en el colmo de la escena, cree que “Amparo” no es una herramienta jurídica… sino el nombre de la secretaria del juzgado. (La huelga sitiada: los derechos vulnerados)
En medio de tanta corrección tardía, de tanto acuerdo que no se firma pero se cumple, de tanta decisión que se explica después… queda flotando una última ironía, casi inevitable, casi doméstica: ¿será que también comieron jamón? (El gobierno del jamón y los docentes en ayunas)














