No es solo una propuesta salarial. Es una forma de ordenar —y desordenar— la docencia. Entre porcentajes dispersos, sumas sin memoria y ausencias elocuentes, el gobierno ensaya una estrategia antigua: dividir para administrar el conflicto.
El aumento que no une, clasifica
Hay decisiones que no se anuncian: se deslizan.
La propuesta salarial no llega como un todo, sino como una suma de fragmentos. Un 5% aquí, seis puntos allá, bonos por única vez, sumas no remunerativas, códigos que suben y otros que apenas respiran —y que, por cierto, corren siempre detrás de la inflación—. A simple vista, parece un esfuerzo. En el fondo, es otra cosa: una arquitectura cuidadosamente diseñada para fragmentar.
Porque no hay un aumento general. Hay múltiples aumentos, distribuidos de manera desigual. Y cuando el salario deja de ser común, también deja de ser colectivo.
La trampa de lo inmediato
Cien mil pesos.
Cincuenta mil pesos.
Un bono en abril.
El dinero aparece rápido, casi como un alivio. Pero no deja huella.
No impacta en la antigüedad.
No mejora la jubilación.
No reconoce la trayectoria.
Es un salario sin memoria. Y cuando el salario pierde memoria, también pierde justicia. Da lo mismo quien empieza que quien lleva décadas formando generaciones. La experiencia se licúa; la responsabilidad se vuelve invisible.
No es un error. Es un diseño.
La pirámide que se rompe
Toda estructura educativa tiene forma de pirámide.
En la base, los cargos iniciales.
En el centro, la estabilidad del sistema.
En la cima, la conducción.
Pero esta propuesta introduce una fisura.
Hay sectores que reciben beneficios diferenciados, mientras otros —los de mayor trayectoria, los de mayor responsabilidad— directamente no aparecen en la lista.
¿Dónde están las maestras de grado, núcleo real del sistema?
¿Dónde están las horas cátedra que sostienen la secundaria?
¿Dónde están directores, vicedirectores, supervisores?
No están. Y cuando no están, la pirámide deja de ser estructura y se convierte en escombro.
Horas cátedra: el tiempo relativizado
El docente por horas cátedra vive en tránsito permanente. Su trabajo no es menor: es más complejo.
Sin embargo, en la propuesta aparece como una variable de ajuste.
El bono es proporcional.
El reconocimiento, relativo.
Es decir: el tiempo docente no vale igual para todos. Y cuando el tiempo pierde valor, el sistema empieza a fallar desde adentro.
Conducir sin ser reconocido
Dirigir una escuela no es ocupar un cargo. Es sostener una institución.
El director organiza lo invisible.
El vicedirector equilibra lo que no cierra.
El supervisor articula lo que el sistema fragmenta.
Son cargos de trayectoria, mérito y capacidad. Y, sin embargo, la propuesta los deja fuera de los beneficios más concretos.
La señal es inquietante: la responsabilidad no se paga.
Divide y vencerás, versión paritaria
No hace falta citar a Maquiavelo —aunque podría hacerse—.
La lógica es transparente: segmentar para debilitar.
Un docente que cobra distinto difícilmente reclame igual.
Un gremio que representa sectores fragmentados negocia con menor fuerza.
Entonces la discusión deja de ser colectiva y se vuelve individual. Ya no se lucha por un salario común, sino por no quedar rezagado. El conflicto se administra. La unidad se disuelve.
La pedagogía del silencio
Pero lo más elocuente no está en lo que se dice, sino en lo que se omite.
Porque toda lista es una decisión política. Define quién entra. Y, sobre todo, quién queda afuera. Y en esa omisión —maestras de grado, horas cátedra, cargos directivos— emerge una pregunta incómoda:
¿Trabajan menos?
La respuesta, en cualquier escuela, es evidente.
No.
Trabajan distinto. Sostienen más. Cargan con responsabilidades que no se liquidan en un recibo.
Pero la propuesta no lo reconoce. Lo borra. Y en ese gesto hay algo más que un error técnico: hay una falta de respeto.
Lo que está en juego
No se trata solo de dinero.
Se trata de la forma en que se construye un sistema educativo.
Porque cuando el salario se fragmenta, también se fragmenta la identidad docente. Y cuando la identidad se resquebraja, la defensa se debilita.
Un sistema no se sostiene con partes aisladas.
Se sostiene con una red. Y si esa red se rompe, lo que cae no es el salario. Es la escuela.
Clase pendiente
Quizá el gobierno no diga explícitamente que algunos valen menos. Pero lo sugiere. Y en política, lo sugerido suele ser más potente que lo declarado.
Por eso la pregunta ya no es cuánto se ofrece. La pregunta es otra, más incómoda, más urgente:
¿Van a permitir los gremios que se consolide esta pirámide fragmentada… o van a defender, de una vez, la unidad docente?
Porque sin unidad, cualquier aumento es apenas eso: una suma. Y a veces —conviene decirlo— ni siquiera alcanza para llegar a fin de mes.














