El ciclismo cambió de domicilio, pero lo que realmente se mudó fue la fidelidad política: de las rutas del Zonda a las sierras cordobesas, con Uñac pedaleando entre aplausos y reproches.
San Juan siempre creyó que el amor entre su pueblo y el ciclismo era indestructible. Como esos matrimonios de oro donde la pareja envejece al compás de las rutinas y las anécdotas compartidas, la provincia había hecho del pedal una religión, con santos y altares levantados en cada ruta. Pero todo idilio tiene su final. Y aquí, el final llegó con el ruido metálico de las causas de corrupción, con denuncias que goteaban como agua sobre piedra. El pueblo, despechado, empezó a mirar a su exgobernador como se mira a una amante que vació la billetera y, de paso, se llevó las sábanas.
Fue ese despecho —más que la política o la logística deportiva— lo que encendió la hoguera. Lo que para algunos era apenas “la mudanza de competencias ciclísticas a Córdoba”, en el fondo fue el símbolo de una fuga pasional: Uñac abandonando la cama sanjuanina para refugiarse en el abrazo nuevo y mediterráneo de Llaryora.
La amante despechada
Antonio Canales, el periodista que ofició de coro griego en esta tragedia, lo gritó con todas las letras:
—¡Sos un traidor político a San Juan!
Lo dijo como lo diría una mujer despechada en una telenovela: con lágrimas de bronca y mate en la mano, acusando a Uñac de llevarse no solo la Vuelta Ciclista, sino también el corazón colectivo de la provincia.
En esa acusación late un dolor íntimo: el pueblo siente que el exgobernador no solo entregó carreras, sino que vendió recuerdos, pasiones y hasta identidad. Porque San Juan fue, durante años, “la capital del ciclismo”, y ahora parece apenas la exnovia que observa desde la ventana cómo el ex se pasea en auto nuevo con su flamante conquista.
Política de alcoba
La política, en esta farsa, se parece demasiado a un drama de alcoba. Las denuncias de corrupción fueron los mensajes comprometedores hallados en el celular; el traslado del ciclismo, la mudanza definitiva de la ropa embalada rumbo a otra casa. Y cada declaración pública de Uñac suena como la justificación de un amante que repite: “No sos vos, soy yo… pero Córdoba me entiende mejor”.
Mientras tanto, en las radios locales, Canales y otros opinólogos se transforman en las vecinas chismosas del barrio, esas que comentan desde la vereda:
—¡Mirá, ahí va Uñac con Chica! ¡Y encima sonríe el desgraciado!
Epílogo con tanguito
San Juan, como toda amante despechada, no sabe si llorar o escribirle un tango. Tal vez “Volvé, Vuelta” se convierta en el próximo hit festivalero, con niños coreando en bicicletas oxidadas lo que en realidad es un reclamo político disfrazado de nostalgia amorosa.
Porque, al final, el ciclismo fue apenas la excusa: lo que duele no es perder la competencia, sino perder al hombre que alguna vez prometió fidelidad absoluta a su pueblo.
Y así, entre pedales y traiciones, Sergio Uñac pasa a la historia no como “el gobernador del ciclismo”, sino como “el amante que prefirió hacerse cordobés”.














