El Aleph: Borges contra la república de la mediocridad

Ago 27, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En la Argentina siempre hubo dos tipos de escritores: los que buscaban premios y los que buscaban la eternidad. Borges perteneció, sin dudas, al segundo grupo, aunque con la suficiente ironía como para ridiculizar al primero. El Aleph, más que un cuento fantástico, es una declaración estética: un manifiesto disfrazado de duelo amoroso.

El punto de partida no es un descubrimiento, sino una pérdida: la muerte de Beatriz Viterbo. Desde allí, Borges arma su estrategia: transformar el despecho en literatura, el recuerdo en arquitectura del infinito. No hay amor más argentino que ese: el que se cultiva en la ausencia, en el álbum de fotos, en el ritual de visitar una casa todos los 30 de abril, como si la memoria pudiera regarse con la puntualidad de un aniversario.

El Aleph como herida

El Aleph, ese punto microscópico que contiene todos los puntos del universo, es al mismo tiempo un milagro y una condena. Borges se asoma y ve todo: mares, galaxias, vísceras, rostros, ciudades. Y entre tanto exceso, descubre lo insoportable: que Beatriz no es la Beatriz beatífica de Dante, sino una mujer con cartas obscenas destinadas a otro hombre.

El Aleph desnuda la verdad del amor: lo sublime y lo vulgar conviven en la misma esfera. La amada se multiplica en máscaras —novia, divorciada, mujer con perro pekinés— y al final queda reducida a una ironía del tiempo. El Aleph es la herida donde la eternidad se convierte en desencanto.

Daneri: caricatura nacional

En medio de ese duelo íntimo aparece Carlos Argentino Daneri, primo de la difunta y caricatura literaria. Daneri encarna la figura del escritor argentino promedio: grandilocuente, obsesionado con escribir el poema total, convencido de que su obra será patria y posteridad. Borges lo dibuja como un Dante de sobremesa, con apellido sospechosamente parecido a Alighieri, pero rebajado a un pariente inoportuno que presume de méritos frente al luto del narrador.

La sátira es evidente: Borges se burla de la literatura que confunde la abundancia con el genio, la extensión con la profundidad. Ese tipo de escritura oficialista, nutrida de premios nacionales y jurados benévolos, que siempre termina imponiéndose sobre los verdaderos innovadores.

La política de los premios

La posdata de El Aleph funciona como un dardo venenoso. Daneri gana el Premio Nacional de Literatura, mientras Borges queda fuera. Una escena que trasciende lo personal para transformarse en metáfora del país: en la Argentina, los premios suelen ser garantía de mediocridad, no de excelencia.

El cuento anticipa la república de la cultura subsidiada, donde triunfan las novelas infladas, las películas vacías con financiamiento estatal y los discursos huecos que se confunden con identidad. Borges sabía que la verdadera eternidad no cabe en un diploma ni en un trofeo, sino en la capacidad de herir el tiempo con una metáfora.

La venganza del silencio

La reacción de Borges es sutil. Finge indiferencia ante el Aleph, abraza a Daneri, lo invita a buscar serenidad en el campo. Pero en secreto ya se ha apropiado de lo único valioso: la visión del infinito. Esa es su venganza. Daneri tendrá su premio; Borges tendrá la posteridad. Y la posteridad, como bien sabía, no admite empates.

Borges en 2025

Si Borges viviera hoy, quizás escribiría El Aleph en un sótano de la Biblioteca Nacional convertida en coworking. Daneri ya no sería un primo inoportuno, sino un director de cine subsidiado que estrena su película frente a tres espectadores y un funcionario de Cultura. El Premio Nacional seguiría existiendo, aunque hoy compita con becas de guion y fondos de fomento.

Y Borges, con su ironía intacta, diría lo que todos piensan: que Milei puede dinamitar ministerios, recortar partidas y denunciar a la “casta cultural”, pero nunca podrá abolir la mediocridad premiada. Porque esa es más resistente que la inflación.

El Aleph cabría hoy en un pendrive: un punto de datos que contenga todos los subsidios, todas las roscas, todas las actas de jurados literarios. Borges bajaría al sótano, vería ese Aleph digital y saldría con la misma indiferencia elegante: “Formidable, sí, formidable”. Y luego, en silencio, escribiría la única frase que importa: la que sobrevive a premios, gobiernos y modas.

Porque, en el fondo, la Argentina siempre fue un Aleph invertido: un punto que contiene todos los universos posibles, pero que insiste en premiar solo el más mediocre. Y Borges, que ya lo sabía, nos dejó la sentencia que hoy suena como epitafio cultural:

“El Aleph es eterno; los premios, apenas polvo en los anaqueles.”

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