Era sábado por la mañana en la feria de Rawson, San Juan.
Entre cajones de uvas moscatel y membrillos que todavía olían a cosecha reciente, los puesteros gritaban precios con ese tono que es mitad pregón y mitad desafío. El sol caía fuerte, rebotando en los techos de chapa y en las balanzas oxidadas.
En un rincón, junto a una mesa improvisada con maderas, un niño de unos trece años estaba encorvado sobre su celular. Pasaban a su lado clientes con bolsas llenas y agricultores con las manos aún manchadas de tierra, pero él no levantaba la vista. Se reía a solas, atrapado en un video de quince segundos que alguien había compartido en un grupo de WhatsApp.
A pocos metros, una maestra rural acomodaba una caja de libros usados: una edición de Cien años de soledad, manuales de agronomía, poemarios de Alfonsina Storni, algún viejo texto escolar. No los vendía: los obsequiaba a quien quisiera llevárselos, como había hecho siempre en cada feria. Pero ese día, nadie se detenía demasiado. Los libros parecían menos urgentes que las ofertas de tres melones por mil pesos.
Cinco mil kilómetros al norte, en el Colegio Humboldt de la Ciudad de México, adolescentes en uniformes impecables copian versos de Sor Juana en cuadernos Moleskine. Sus celulares duermen en lockers blindados, bajo un cartel que reza: “Aquí se cultiva la atención”.
Dos mundos. Un mismo continente.
Pensar como privilegio
Hubo un tiempo en que reflexionar no era un lujo. Costaba, sí, porque leer exigía luz, silencio y acceso a libros, pero no dependía del estatus social. Hoy, en cambio, la capacidad de concentrarse se parece a un objeto de alta gama: custodiado por quienes pueden pagar para protegerlo de las distracciones que intoxican al resto.
Pensar se ha convertido en una herramienta de discriminación. No porque exista una prohibición explícita, sino porque el sistema mediático y educativo moldea entornos donde la atención profunda es un recurso escaso, administrado por pocos y consumido por menos todavía.
De la alfabetización como conquista al bombardeo digital
En América Latina, aprender a leer fue siempre un acto cargado de historia: campañas rurales, bibliotecas comunitarias, voluntarios que enseñaban en plazas y almacenes. La lectura era un pasaporte para entender el mundo.
Hoy el enemigo ya no es la falta de libros, sino el exceso de ruido: un flujo incesante de información que no pide ser comprendida, solo vista. El problema ya no es solo la brecha tecnológica, sino la brecha cognitiva: quién sabe filtrar el ruido y quién queda a su merced.
El analfabetismo funcional del siglo XXI
Saber leer y no hacerlo es la nueva forma de analfabetismo. Y, como ocurre con la comida ultraprocesada, el mercado perfeccionó la receta para volverlo adictivo. La dieta mental se llena de contenido rápido, fácil y barato, mientras la lectura profunda queda reservada para quienes tienen tiempo, espacio y recursos para ejercitarla.
Lo que antes fue un derecho básico ahora delimita fronteras invisibles: entre quienes pueden pensar sin interrupciones y quienes viven sumergidos en un torrente de estímulos que nunca deja espacio al análisis.
La “huelga de pantallas” de las élites
En varios países, las familias con más recursos han tomado medidas drásticas: escuelas que prohíben dispositivos, programas basados en “grandes libros” y entornos diseñados para proteger la atención. En América Latina, el fenómeno es más discreto, pero visible: colegios con matrículas impagables que ofrecen “libertad” de saturación digital.
Mientras tanto, en muchas escuelas públicas, el teléfono ya es parte del mobiliario. Las restricciones son tan frágiles como las conexiones de internet que las sustentan.
El ecosistema de la reacción rápida
No hace falta hablar de ideologías para ver el patrón: líderes que gobiernan a golpe de video viral, campañas pensadas como productos de consumo inmediato y debates públicos reducidos a frases que caben en una pantalla vertical.
Este ecosistema premia la reacción instantánea y castiga la reflexión lenta. Quien controla el estímulo controla la conversación. Y quien controla la conversación no necesita que pienses: basta con que reacciones.
Consecuencia: el pensamiento como filtro social
El acceso desigual a la capacidad de análisis funciona como un filtro tan severo como cualquier barrera económica. Quien no puede pensar con método queda condenado a consumir ideas prefabricadas. Quien sí puede, tiene la llave para cuestionarlas.
Así, pensar se vuelve un mecanismo de selección. No todos están invitados al mismo banquete cognitivo, aunque la mesa parezca abierta.
La escena y el precio
Cuando el calor del mediodía empezó a aplastarlo todo, el muchacho del rincón seguía mirando su teléfono. La maestra cerraba la caja, resignada a que nadie quisiera llevarse uno de sus regalos.
Y entonces la feria volvió a ser la misma: pregones que se pierden entre el olor de los membrillos, techos de chapa que devuelven el sol, pasos que esquivan charcos de agua tibia. La vida siguió, como siempre, sin que nadie notara que ahí, entre un video viral y un libro regalado, se había trazado una línea invisible: de un lado, quienes aprenderán a decidir por sí mismos; del otro, quienes dejarán que otros lo hagan por ellos.
Esa mañana, en la feria de Rawson, el niño no aceptó el libro que le ofrecían gratis. Y aunque aún no lo sabe, el precio de esa decisión será el mismo que ya estaba inscrito en el inicio de la escena: un precio invisible, que se cobra en cuotas, a lo largo de toda una vida.














