Las cinco muertes del peronismo

Ago 3, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista,

 

“La fe se ha perdido cinco veces en la historia y cinco veces ha resucitado.”

—G. K. Chesterton, La paradoja cristiana

Hay doctrinas que mueren con una bala, otras con una traición, y las más obstinadas con una mentira repetida frente al espejo. El peronismo, esa criatura anfibia que alguna vez caminó sobre las aguas del pueblo, ha muerto ya cinco veces. Y cada muerte ha sido distinta: algunas públicas, otras solapadas; unas con ruido de fusiles, otras con silencio de encuestas.

Chesterton hablaba de las muertes de la fe, y podría haber estado pensando en Argentina. En ese país donde los credos políticos no se profesan: se llevan como estigmas o se ocultan como culpas. En ese país donde el peronismo no es solo historia, sino herida. O peor aún: hábito.

He aquí entonces, el viacrucis de un movimiento que quiso ser pueblo y terminó siendo mito. Las cinco muertes del peronismo.

La primera muerte: el santo cae al destierro (1955)

El primer tiro no fue al cuerpo, sino al símbolo. En 1955, cuando la autodenominada “Revolución Libertadora” derrocó a Perón, no solo caía un gobierno: caía un relato. Bombardearon Plaza de Mayo como quien quiere demoler un altar. Prohibieron su nombre, como si bastara borrar una palabra para callar una fe.

Perón partió al exilio, pero no se llevó a sus devotos. Quedaron en las fábricas, en los conventillos, en los sindicatos que se volvieron catacumbas. El líder escribía desde Puerta de Hierro como un apóstol cautivo, y sus fieles le respondían con estampitas de Evita y promesas de regreso. “Perón vuelve” no era una consigna: era un padrenuestro de los desposeídos.

Pero algo murió en esa primera caída: la ilusión de invulnerabilidad. El mito nacía justo cuando el hombre se volvía inalcanzable. La distancia del exilio le dio al peronismo su aura, pero también su primera contradicción: la imposibilidad de gobernar desde el mito.

La segunda muerte: el retorno sin redención (1973-1976)

Como todo mesías, Perón volvió. Pero no volvió a caminar sobre el agua: volvió a pisar el barro.

En 1973, ya viejo y rodeado de sombras, encontró a un país en estado de guerra santa. La juventud lo quería para la revolución, y los burócratas, para la restauración. Eligió a los segundos. Expulsó a los primeros. Les gritó “imberbes” desde el balcón, como quien echa a los mercaderes, pero del lado equivocado del templo.

Murió en 1974. Y con él, murió el último intento de reconciliar las partes rotas del movimiento. Quedaron Isabel y López Rega, un matrimonio político sin alma. La Triple A convirtió al peronismo en inquisición. Ya no era religión popular: era máquina de excomulgar.

La segunda muerte no fue por exceso de enemigos, sino por defecto de fe. El líder regresó, pero no trajo redención. Solo cansancio.

La tercera muerte: la herejía elegante (1989-2001)

Menem fue la sonrisa del hereje. Prometió revolución productiva y vendió el alma al diablo del libre mercado. Privatizó hasta el retrato de Evita. Indultó genocidas con la misma mano que abrazaba al pueblo.

El peronismo, en los ’90, fue una misa sin Dios. Todo se volvió utilitario, performático, operístico. La liturgia obrera cedió ante el shopping. La justicia social fue reemplazada por la convertibilidad. El bombo dio paso al teléfono celular.

Y sin embargo, ganaban elecciones. Porque el hereje más peligroso no es el que niega la fe, sino el que la imita con eficacia. Menem fue la caricatura perfecta: una parodia tan bien ejecutada que confundió al devoto. El pueblo creyó que seguía rezando cuando ya estaba firmando su propia profanación.

La tercera muerte fue la más cómoda. Porque no dolió. Porque fue anestesiada por la ilusión de modernidad.

La cuarta muerte: la fe se convierte en dogma (2003-2015)

Dicen que Néstor Kirchner resucitó al peronismo. Que le devolvió causa, audacia, épica. Que enfrentó al poder real, abrazó los derechos humanos y volvió a decir “nosotros” en voz alta. Pero también dicen —y no sin razón— que volvió con un cuchillo entre los dientes.

El kirchnerismo fue el Concilio de Trento del movimiento: delimitó quién era fiel y quién era traidor. Ya no había espacio para herejes. El que discrepaba era gorila, funcional a Clarín o agente de la embajada. Se construyó una teología del poder: todo lo que hacía Cristina era justo porque lo hacía Cristina.

La liturgia se hizo permanente. La Plaza, escenario de la fe. Pero el pueblo fue reemplazado por la militancia, y la movilización, por el aparato. La cuarta muerte fue sutil: el peronismo dejó de ser movimiento para convertirse en secta. Y como toda secta, confundió la adoración con la verdad.

La quinta muerte: la simulación del espejo (2015-2023)

Alberto Fernández encarnó la parábola más triste: el peronismo sin pasión, sin proyecto, sin voz propia.

Volvieron al poder, sí. Pero volvieron sin brújula. El Frente de Todos fue una coalición de egos descoordinados, un laberinto sin Minotauro, una tragicomedia sin libreto. El presidente no mandaba, la vicepresidenta no obedecía, y el pueblo no entendía.

Todo era gesto, pose, declaración tardía. El peronismo se convirtió en una galería de retratos en sepia: Evita, Perón, Néstor, Cristina… y el presente en silencio. La fe se había vuelto costumbre. Ya nadie creía, pero todos repetían. Como autómatas de un rezo sin sentido.

La quinta muerte fue la más dolorosa: la de la esperanza. Porque no hubo martirio, ni enfrentamiento, ni épica. Solo tedio.

¿y la sexta?

Chesterton sostenía que la fe siempre resucitaba. ¿Será el caso del peronismo? ¿O ya entró en su edad de los fósiles, de los dogmas vacíos, de las evocaciones sin sentido?

Quizás sobreviva, pero no como religión: como superstición. Un voto de reflejo, un recuerdo repetido en las urnas por inercia. O tal vez, en alguna villa del conurbano, en alguna asamblea de estudiantes, se escriba una nueva oración con las mismas palabras viejas: justicia, trabajo, comunidad.

Pero si vuelve, deberá hacerlo sin máscaras. Sin el cinismo de los operadores, sin el narcisismo de los caudillos, sin el clientelismo disfrazado de asistencia. Deberá volver, sobre todo, sin miedo a morir por sexta vez. Porque, como toda fe verdadera, el peronismo —si aún lo es— necesita morir para renacer.

Y en esa resurrección, si ocurre, no habrá nombres sagrados ni liturgias prefabricadas. Habrá pan, habrá dignidad y habrá futuro. Todo lo demás será silencio.

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