“Dadme un punto de apoyo, y moveré el mundo.”
— Arquímedes
Hay frases que atraviesan siglos como si fueran boomerangs de la historia. La de Arquímedes es una de ellas. Y si alguna vez fue pronunciada entre cálculos y geometrías en la Antigua Grecia, hoy podría ser dicha con voz jachallera y tonada norteña por cualquier vecino que entienda lo que está en juego: que no es solo una zona franca, sino un destino posible.
Jáchal, tierra de tradiciones, de soles secos y memorias obreras, está ante una disyuntiva crucial: quedarse en la nostalgia o impulsarse hacia un nuevo paradigma económico. El proyecto de crear allí una zona franca minera e industrial no es una panacea, pero puede ser –como quería Arquímedes– el punto de apoyo que le permita a esta tierra mover su mundo.
La zona franca: una idea que excede los sellos y colores
Es importante entenderlo desde el inicio: la zona franca no puede ser una camiseta política. No puede ser patrimonio de un partido, ni un trofeo de campaña, ni un botín electoral. Debe ser un consenso de desarrollo, una palanca institucional cuya fuerza provenga no del color de quien la gestiona, sino del propósito que la sostiene.
En un país donde cada obra es leída según el lente del oficialismo u oposición, Jáchal necesita construir un pacto nuevo: una alianza política sin sectarismo y con una fuerte presencia de la sociedad civil organizada. Cámaras empresarias, sindicatos, universidades, organizaciones barriales y cooperativas deben sentarse en la misma mesa. La única bandera que debe flamear en el predio aduanero es la del desarrollo justo y sostenible.
¿Qué implica una zona franca minera y comercial?
En términos simples, una zona franca minera y comercial es un territorio delimitado dentro del país pero considerado extraterritorial a efectos aduaneros, donde se permiten exenciones impositivas, facilidades logísticas y regímenes especiales para fomentar el comercio, la inversión y el empleo. Pero en el caso de Jáchal, este concepto adquiere un valor mucho más profundo: se convierte en una política de reparación histórica y desarrollo autónomo.
¿Qué implica una zona franca minera?
Una zona franca minera está pensada para brindar servicios logísticos, industriales y comerciales a toda la cadena de valor minera. Esto incluye:
Depósito y acopio de insumos o minerales sin que se paguen aranceles hasta que salgan al mercado interno o se exporten.
Servicios de mantenimiento, ensamblaje o reparación de maquinaria pesada y equipos utilizados en la minería.
Procesamiento parcial de minerales (crushing, clasificación, etc.) previo a su industrialización o exportación.
Facilidad para importar repuestos e insumos críticos con beneficios fiscales.
Este tipo de infraestructura permitiría que las empresas mineras operen con menores costos logísticos y mayor eficiencia, favoreciendo a la vez que empresas proveedoras locales se instalen en la zona, creando un ecosistema industrial en torno a la actividad extractiva.
¿Qué aporta la dimensión comercial?
Cuando se suma el carácter comercial, la zona franca deja de ser solo un polo auxiliar de la minería y se convierte en una plataforma logística y de servicios para múltiples actividades económicas, tales como:
Almacenaje de productos importados para su posterior venta en el mercado nacional.
Comercio electrónico transfronterizo, ideal para pymes y emprendedores que quieran exportar sin costos iniciales elevados.
Reexportación a Chile o a mercados del Pacífico, aprovechando la conexión con rutas bioceánicas.
Servicios de envasado, etiquetado y ensamblaje de productos con destino nacional o internacional.
Este carácter mixto multiplica las oportunidades para actores diversos: desde cooperativas agrícolas hasta proveedores industriales, pasando por jóvenes emprendedores o iniciativas de valor agregado.
¿Por qué esto es crucial para Jáchal?
1. Rompe con la dependencia minera tradicional:
En lugar de ser solo un territorio por donde pasan camiones mineros, Jáchal podría capturar valor en origen, transformar recursos, prestar servicios y generar empleo calificado.
2. Descentraliza el desarrollo provincial:
San Juan concentra su infraestructura económica en el Gran San Juan. Una zona franca en Jáchal redistribuye las oportunidades y ancla población en el norte provincial.
3. Atrae inversiones y talentos:
Empresas nacionales e internacionales podrían instalarse allí para aprovechar las ventajas logísticas. Pero también se requiere mano de obra capacitada, lo que impulsa la formación técnica y universitaria local.
4. Impulsa el empleo genuino y el arraigo:
Con incentivos fiscales, logística simplificada y trámites más ágiles, se generan condiciones reales para crear pymes, cooperativas y empleos de calidad.
5. Fortalece la soberanía local:
La sociedad jachallera deja de ser objeto de políticas ajenas y pasa a construir su propio modelo de desarrollo, con participación activa y decisiones propias.
¿Cómo se crea una zona franca?
El proceso tiene pasos definidos. Y cada uno exige compromiso técnico y político:
Marco legal y factibilidad: El municipio y la provincia deben presentar ante Nación un proyecto ajustado a la Ley 24.331. Incluir estudios logísticos, proyecciones de inversión y análisis del impacto socioeconómico.
Aprobación y adjudicación: El gobierno nacional autoriza y se abre una licitación pública para designar la empresa administradora de la zona. Allí, la transparencia es clave.
Infraestructura y operación: La empresa adjudicataria debe montar la infraestructura: depósitos, controles aduaneros, servicios, conectividad. Sin planificación a largo plazo, puede convertirse en un elefante blanco.
Pero más allá del trámite normativo, lo que define el éxito de una zona franca es la gobernanza local, esa capacidad de articular al Estado, al sector privado y a la comunidad. Y eso no se improvisa: se construye.
El municipio como motor, no como furgón de cola
En demasiadas oportunidades, los municipios del interior profundo han sido convidados de piedra en sus propias transformaciones. Esta vez, Jáchal no puede limitarse a cortar cintas. Debe ser protagonista de cada etapa: desde la formulación del proyecto hasta la gestión social del impacto.
Para eso, es clave:
- Profesionalizar cuadros técnicos municipales, con visión productiva y formación aduanera.
- Articular con universidades como la UNSJ para asistencia académica y formación de cuadros.
- Crear una oficina de promoción local que acompañe a pequeños emprendedores, cooperativas y pymes a integrarse al modelo de zona franca.
Aquí, la política debe ser instrumento y no obstáculo. Debe ceder protagonismo al conocimiento, a la planificación y a la escucha activa de las necesidades locales. Gobernar, en este contexto, no es mandar: es orquestar.
Contra el tiempo, la urgencia de la capacidad
El reloj no perdona. Cada día que se demora la consolidación del proyecto, es un día más de migración juvenil, de ociosidad económica, de oportunidades perdidas. Pero actuar rápido no significa actuar mal.
El verdadero desafío es avanzar con planificación. Profesionalizar la gestión pública local no debe ser una meta abstracta: debe traducirse en técnicos que hablen el idioma de la logística, en funcionarios que comprendan la matriz tributaria de una zona franca, en dirigentes que dejen de ver al empleo como clientela y lo vean como desarrollo.
Capacidad es destino. Y no hay desarrollo sin cuadros capaces de sostenerlo.
Sociedad civil: de espectadora a coprotagonista
Para que la zona franca no sea una burbuja desconectada del pueblo que la rodea, debe diseñarse desde el inicio con mecanismos de participación ciudadana real. Que haya veedurías, audiencias públicas, mesas de diálogo productivo. Que no sea solo un asunto de cámaras empresariales o tecnócratas aduaneros.
La comunidad debe apropiarse del proyecto. Sentirlo como suyo. Que la zona franca no sea “de los de arriba” sino “de quienes habitan este suelo”.
Porque no hay verdadero desarrollo si no es inclusivo, equitativo y participativo.
Mover el mundo… empezando por el propio
El punto de apoyo ya está trazado en los mapas. Ahora falta que la palanca se construya con manos firmes y cabezas lúcidas. No bastan discursos ni promesas. Se necesita gestión, planificación y, sobre todo, decisión.
La zona franca de Jáchal puede ser la chispa de una nueva historia productiva para el norte sanjuanino. Pero solo si se la despoja de mezquindades, de partidismos cortoplacistas, de egoísmos burocráticos.
Arquímedes pedía un punto de apoyo. Jáchal lo está encontrando. Que no lo suelte.














