La peste académica: una parábola médica en tiempos libertarios

Jul 29, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Inspirado en la novela La Peste Albert Camus, reescrita por un cronista sin residencia.

En la ciudad de Buenos Aires —más exactamente en su extrarradio simbólico llamado Parque Roca— se declaró una peste. No era la peste bubónica, ni la de Camus, ni siquiera una pandemia viral: era una peste moral. Invisible pero tangible, su síntoma principal era el puntaje elevado, casi milagroso, en los exámenes de residencia médica. Y como en todo buen relato de peste, lo primero que se perdió fue la certeza.

El doctor Lugones —que no era médico, sino ministro— fue el primero en pronunciar la palabra maldita: «fraude». No lo dijo en griego como en la novela de Camus, ni lo susurró con pudor en un quirófano, sino que lo gritó en conferencia de prensa, con la convicción de quien prefiere el diagnóstico a la cura. Según sus palabras, un mal insidioso se había propagado entre los jóvenes médicos: la compra de preguntas de examen. Era, dijo, un virus epistemológico. La medicina había dejado de ser una vocación y se había convertido en un acceso premium.

Como buen funcionario de la peste, no tardó en buscar culpables. Primero apuntó a los médicos. Luego, a los estudiantes. Luego, a la Ciudad de Buenos Aires. Luego, a los estudiantes extranjeros. Y por último —pero con menos convicción— a la existencia misma del examen. Nadie fue inocente, salvo los archivos del Ministerio.

Los hechos eran confusos. Un grupo de médicos recién recibidos —algunos con diploma de honor, otros con acento extranjero— había sacado calificaciones inusualmente altas. Las redes se poblaron de denuncias, capturas de pantalla, debates televisivos y linchamientos simbólicos. El Gobierno reaccionó como se reacciona ante una peste: con cuarentena moral.

—¡Todos los que sacaron más de 86 puntos, al calabozo! —gritó el ministro desde su escritorio.

Pero como ya no quedaban calabozos (la arquitectura del Estado había sido achicada con motosierra), la solución fue más higiénica: repetir el examen. No todos. Solo los que habían brillado. Los mediocres podían dormir tranquilos: no había peste para ellos. El contagio, según se dijo, era elitista.

El doctor Rieux, de haber estado vivo, habría escrito algo sobrio al respecto. Tal vez una nota en su cuaderno de observaciones: “Cuando el mérito se vuelve sospechoso, la enfermedad ha ganado”. Pero Rieux no estaba. En su lugar, los comunicados del vocero presidencial, Adorni, funcionaban como partes médicos de la decadencia. Con tono monocorde, explicó que habría una nueva evaluación, esta vez oral, y que el mérito sería auditado por la estadística. La justicia, en tiempos de peste, se pronuncia con voz robótica.

Los estudiantes, o más bien los presuntos infectados, no aceptaron la medida. Se manifestaron con estetoscopios al cuello y bronca en la garganta. No pedían privilegios, solo coherencia. ¿Qué culpa tenían ellos si alguien, en algún lado, había filtrado las preguntas? ¿Desde cuándo la excelencia era sospechosa?

Uno de ellos, una muchacha de apellido extranjero pero voz argentina, gritó en la puerta de la Facultad:

—Nos tratan como si hubiésemos plagiado el Juramento Hipocrático.

No faltó quien le respondiera que Hipócrates también había sido extranjero. Otro susurró que, en este país, si sacás 100 te acusan de trampa y si sacás 50 te nombran asesor.

Mientras tanto, en la sede del gobierno porteño, un señor con traje gris y bigote reglamentario repetía: “Nosotros solo prestamos el predio. El examen lo toma la Nación”. El contagio, al parecer, no llegaba a través de los baños del Parque Roca, aunque alguien había ido cinco veces al sanitario y eso, según un funcionario, “podría ser indicio de algo, aunque no delito”. La justicia no se pronunciaba. Estaba esperando que la peste se volviera viral en TikTok.

Por su parte, el Presidente de la Nación —recluido en su palacio de tuits y algoritmos— arrojó una bomba retórica desde su balcón digital: culpó a la equidad, a la diversidad y al “parásito mental de la inclusión”. Según su lógica, la peste no era la corrupción, sino el humanismo.

¡Wokes! —gritó en mayúsculas—. ¡Esto es lo que pasa cuando se permite que los ecuatorianos piensen que tienen derecho a rendir exámenes!

Nadie le explicó que Ecuador también tiene médicos. Ni que muchos de los mejores médicos argentinos —los de verdad, los que salvan vidas sin preguntar la nacionalidad del paciente— también fueron, alguna vez, extranjeros.

En medio de esta peste moral, las partes del oficialismo encontraron una cura: designar un enemigo común. Y qué mejor chivo expiatorio que el extranjero. Así, como en Orán, se cerraron las puertas simbólicas de la ciudad. No con candado, sino con prejuicio.

—Esto es un intento de subvertir el orden de mérito —dijo un vocero.

—Esto es una vendetta contra los cerebros —respondió un estudiante.

Y el eco, desde los sótanos del sistema sanitario, susurraba: “Esto es una señal de que la medicina ya no cura, sino que compite”.

El doctor Tarrou, si hubiera vivido en Buenos Aires, habría tomado apuntes para su crónica. Habría anotado, tal vez: “La peste no está en los pulmones ni en las estadísticas. Está en el modo en que nos tratamos cuando hay sospecha”. El problema no era la filtración. El problema era que, en lugar de buscar al filtrador, se castiga al que aprobó.

Al final, como toda peste, también esta se volverá olvido. Llegará el día en que otro escándalo tape a este. Algún ministro caerá, otro ascenderá. El Parque Roca volverá a ser un predio con baños misteriosos. Los estudiantes repetirán el examen o no. Los que aprueben serán médicos. Los que no, tal vez también. Los extranjeros estudiarán sin pagar. Y los culpables —si es que los hay— seguirán dictando cursos de ética desde alguna dependencia estatal.

Pero el cronista, antes de cerrar su libreta, dejó una última nota:

“Cuando la verdad entra en cuarentena y la culpa se asigna por promedio, lo único que progresa es la peste”.

Y cerró con una advertencia que Camus, sin duda, habría suscrito:

“El bacilo de la mediocridad no muere. Solo se esconde. Espera en los archivos. Reaparece cada vez que la justicia rinde mal en comprensión lectora”.

Por: El cronista sin residencia (y sin ministerio), discípulo apócrifo de Rieux y Adorni.

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