El caso Milei: archivo clínico de una república descompensada

Jul 26, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Confesión apócrifa de Javier Milei ante Sigmund Freud.

Era un domingo que olía a inflación reprimida. En la consulta vienesa más famosa del hemisferio psíquico, entre cortinas pesadas de terciopelo y un busto mal disimulado de Marx, se recostó el hombre más disruptivo del inconsciente argentino. No estaba allí por voluntad propia —los libertarios no creen en lo inconsciente, salvo cuando se trata de culpar al Estado por su reflejo en el espejo—, sino por orden de una extraña conjunción astral entre la histeria de mercado y el superávit primario.

—No me psicoanalizo, ¿eh? —dijo de entrada—. Pero vine a romper con las cadenas del inconsciente colectivo. ¡Estoy aquí para dinamitar la neurosis argentina!

Freud, imperturbable, lo observó desde su sillón de cuero curtido con siglos de represión burguesa. Tomó su pluma. Respiró hondo. Y comenzó la sesión.

El trauma fundacional: mamá libertaria

—Mi madre es la libertad, doctor. Y mi padre, el déficit cero.

Esa fue la primera frase que anotó Freud con un gesto de desconcierto que solo reservaba para pacientes en pleno delirio teológico. Milei hablaba como si fuera el profeta de una Biblia escrita por Adam Smith, reeditada por Hayek y con ilustraciones de una motosierra angelical.

—¿Y su madre de carne y hueso? —preguntó Freud.

—Me traicionó. Quería que fuera cantante de rock. Pero yo… yo sentía voces, doctor. Me hablaba Conan. ¿El perro? Sí. Pero no era un perro: era un enviado. Una especie de San Bernardo libertario.

Ahí fue cuando el diván tembló. Literalmente. Según versiones no confirmadas, un sacudón sísmico cruzó la Viena del inconsciente justo cuando Milei mencionó a Conan. Freud lo miró con una mezcla de piedad y fascinación científica: por fin tenía un caso que desafiaba al mismísimo Edipo.

El goce de prohibir: placer fiscal

—Doctor, yo quiero matar al Leviatán. No al de Hobbes, sino al que me sube las retenciones.

Milei cerró los ojos y se sumergió en una especie de trance económico. Movía las manos como si trazara curvas de Laffer en el aire, mientras su lengua pronunciaba términos como “base monetaria” con el tono de un médium poseído por Milton Friedman.

Freud, intrigado, anotó en alemán:

“Fetichismo fiscal: sustituye el afecto materno por el equilibrio presupuestario.”

—¿Qué siente al ver una oficina pública? —preguntó Freud.

—¡Asco! Me da asco, como si fuera un ñoqui aceitado con grasa sindical.

—¿Y al ver un pobre?

Silencio.

—Un error de asignación de recursos. Pero no se preocupe, doctor, ¡eso lo corrige el mercado!

En ese momento, el busto de Marx en la biblioteca se quebró solo. Algunos aseguran que lloró una lágrima de dialéctica.

Pulsiones del yo y del dólar blue

—¿Cómo se siente cuando el dólar baja? —insistió Freud.

—Traicionado. Como si el universo me negara una señal divina. El dólar no baja, doctor. Se deprime para después contraatacar. Es un héroe monetario.

La sesión se volvió mística. Milei hablaba de los mercados como si fueran dioses precolombinos y de la deuda externa como una diosa griega herida. Según sus propias palabras, “los bonos argentinos lloran en la madrugada como sirenas ignoradas por Moody’s.”

Freud, que ya había escuchado cosas raras de príncipes daneses y mujeres con complejo de castración, simplemente murmuró:

“Esto ya no es neurosis… es realismo mágico financiero.”

La casta como trauma recurrente

Entonces vino el espasmo. Un tic nervioso, una pupila dilatada, un cambio de tono.

—¿La casta, doctor? La casta me sigue. Me acecha. Está en todos lados. Es como el superyó, pero en versión corrupta. No se redime. Solo se recorta.

—¿Y cómo la reconoce?

—Por los trajes, por los pasajes pagos, por las jubilaciones de privilegio, por el tono con que dicen “gobernabilidad”.

Freud no entendía del todo, pero anotó:

“Nueva categoría clínica: paranoia selectiva con pulsión persecutoria al estilo montesco. Cree que lo persiguen, pero también lo eligen. La casta es el otro, pero también él.”

—La casta no nace —dijo Milei—. Se acomoda. Como los traumas. Por eso le llevo la motosierra a la infancia nacional: para cortar de raíz los privilegios inconscientes.

Y Freud, por primera vez en décadas, se quedó sin palabras. Había visto fobias, fijaciones, obsesiones… pero nunca una motosierra usada como herramienta de análisis.

El Superyó como cadena nacional

En el último tramo de la confesión, Freud notó un detalle crucial: cada vez que Milei hablaba de sí mismo, se refería en tercera persona. Como si el yo libertario fuera un personaje animado por el superyó de una patria que no lo abraza.

—El Milei verdadero está en el más allá, doctor. Acá solo queda el emisario. ¿Sabe por qué grito tanto? Porque la patria no me escucha. Y porque el silencio me parece populista.

—¿Le teme al amor, señor Milei?

—Solo si es subsidiado.

Epílogo: Freud toma un café con Borges

Esa noche, ya en el otro mundo, Freud se reunió con Jorge Luis Borges para contarle lo sucedido.

—Un presidente que odia al Estado pero lo necesita como teatro —dijo Freud—Una neurosis tan perfecta que parece escrita por Kafka.

—¿Y qué harás con el informe? —preguntó Borges.

—Lo enviaré a Lacan. Pero con una advertencia: no hay espejo que resista esta fragmentación del yo. Ni motosierra que corte tanta proyección freudiana.

—Entonces —concluyó Borges mientras saboreaba su café peruano—, Argentina ha logrado lo imposible: convertir al inconsciente en política exterior.

Y así, en la frontera invisible entre el diván y la patria, quedó registrada una de las sesiones más desconcertantes de la historia psicoanalítica. Un Milei desnudo de metáforas, abrazado a sus perros celestiales, y un Freud atónito ante el retorno de lo reprimido… en cadena nacional.

Fin de la confesión. O comienzo de una próxima devaluación del alma.

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