San Juan celebra cada año sus cifras de exportación vitivinícola como si fueran la cosecha de un sueño cumplido. Y, en efecto, los números no mienten: los más de 10 millones de kilogramos de mosto concentrado que se enviaron al exterior en los primeros seis meses de 2025 consolidan a la provincia como la principal exportadora nacional de este subproducto de la uva. Pero los números —como los brindis— también pueden ser engañosos.
Porque mientras el mosto fluye en grandes volúmenes hacia mercados que lo diluyen en gaseosas o productos industriales, el vino fraccionado —ese que lleva etiqueta, identidad y valor agregado— sigue relegado a un papel secundario. En el mismo período, San Juan exportó apenas 454 mil kilogramos de vino embotellado, por un valor total que no alcanza ni el 7% del ingreso generado por el mosto.
La ecuación es clara: mucho volumen, poco valor.
Un modelo que atrasa
Exportar mosto puede ser rentable en el corto plazo. No requiere procesos sofisticados, ni campañas de marca, ni inversiones en diseño, ni logística especializada. Pero ese mismo atajo es, a la vez, su condena. Porque en lugar de posicionar a San Juan como una región vitivinícola de referencia mundial, la encierra en el rol de proveedora de insumos sin rostro ni narrativa.
Mientras tanto, las bodegas mendocinas —que exportan vinos premium a más de 50 países— construyen una identidad con nombre y apellido. Hablan de terroir, de enología de precisión, de turismo del vino, de sustentabilidad. San Juan, en cambio, vende uva procesada al por mayor para que otros hagan negocios con su jugo.
¿El resultado? Una economía vitivinícola estancada en lo básico. Ni una copa con el nombre de San Juan, ni un sommelier que mencione su sabor, ni una góndola del mundo que la reconozca.
El espejismo del volumen
Detrás del entusiasmo oficial por las estadísticas del mosto se esconde un dilema estructural: la falta de políticas públicas que impulsen el valor agregado en origen. Porque no ha habido inversión significativa en infraestructura ni en transformación industrial, y mucho menos en el desarrollo de marcas locales con proyección internacional. Las bodegas siguen operando con tecnologías obsoletas, muchas veces orientadas solo a la elaboración primaria del mosto, sin capacidad para competir en mercados que exigen trazabilidad, packaging innovador o certificaciones de calidad.
El argumento de que “el mosto es lo que el mundo compra” solo revela una resignación peligrosa. Porque el mundo también compra vino embotellado… pero no el de San Juan.
Y lo que es peor: al concentrarse en el mosto, la provincia termina desincentivando la reconversión productiva. No se estimula la formación de enólogos, ni se profesionaliza el diseño de etiquetas, ni se impulsa la cadena de proveedores que necesitan los vinos fraccionados (vidrio, corcho, cartón, transporte especializado). El empleo calificado queda fuera de la ecuación.
Vender historias, no solo azúcar
El vino fraccionado no es solo un producto, es una historia embotellada. Un relato que puede hablar del sol de los Valles sanjuaninos, de los suelos pedregosos de Zonda, del riego ancestral por acequias, de la altura de Calingasta, de la historia Huarpe, del legado de los inmigrantes. Cada botella que sale con marca local es una embajada líquida que lleva San Juan al mundo.
El mosto, en cambio, es azúcar concentrada. Funcional, sí. Pero olvidable. Invisible.
Y la pregunta de fondo es: ¿quiere San Juan seguir exportando litros sin nombre o construir una marca de prestigio global?
Políticas para dejar de ser “proveedores anónimos”
Hoy más que nunca, la provincia necesita revisar su estrategia vitivinícola. Eso implica:
-Incentivar fiscalmente a quienes exporten vinos fraccionados.
-Financiar campañas de posicionamiento internacional.
-Fomentar la capacitación en diseño, branding y comercio exterior.
-Articular con un Puerto Seco y Zonas Francas los corredores bioceánicos para facilitar la logística de productos con valor agregado.
El vino sanjuanino tiene potencial. Tiene varietales nobles, tiene clima y tiene historia. Lo que le falta es ambición. Y decisión política.
Conclusión: del jugo al prestigio
Exportar mosto no es un pecado. El problema es quedarse solo con eso. Porque el mundo no recuerda a los proveedores de insumos, recuerda a quienes ponen su nombre en la etiqueta.
San Juan puede seguir vendiendo toneladas de mosto o puede comenzar a vender prestigio embotellado. Lo primero da ganancias; lo segundo, futuro.
Y en esta copa que es la historia vitivinícola del país, San Juan todavía está a tiempo de brindar por algo más que el volumen.














