Prólogo en clave de Poe
Fue una noche cerrada, como el Excel del déficit cero, cuando el Presidente, errático y febril, se reclinó sobre el sillón de Rivadavia. Afuera, el viento ululaba como una encuesta. Adentro, las sombras se alargaban como mandatos rotos, como si la historia fuera guiada por la pluma de Edgar Allan Poe. Fue entonces que lo oyó. No un consejo. No una voz humana. Sino un graznido.
—“¡Nunca más!”, dijo el Cuervo.
No era un ave común, sino su subconsciente. Un animal nocturno, astuto y terco, posado sobre el busto de Alberdi que lo miraba con compasión republicana. En algún rincón del Senado, flotaba también el espectro de Villarruel, que no conspiraba… pero tampoco callaba. La escena estaba montada: una vice que responde en redes, un presidente que responde con memes, y un cuervo que no responde nada.
De fórmulas alquímicas y diferencias irreconciliables
Al principio fueron una fórmula rara, como el bimonetarismo.
Él gritaba: “¡Viva la libertad, carajo!”
Ella, con sonrisa de misa de once, replicaba: “Con respeto, señor Presidente”.
Él, economista de motosierra y linterna en la boca.
Ella, abogada de nación, misa y orden.
Él, un torbellino ideológico.
Ella, un relicario institucional.
Pero el Cuervo, testigo silencioso, ya olía el final desde el inicio.
“Dos líneas paralelas jamás se cruzan”, graznó.
Y en política, eso no es geometría: es tragedia.
El Congreso como panteón del superávit
La noche del 7 a 0 fue un aquelarre parlamentario.
Las jubilaciones se levantaron, los discapacitados se organizaron, los gobernadores festejaron…
Y el Día del Cóndor Andino se convirtió en un acto de rebeldía fiscal.
Desde el balcón presidencial, el León rugía de furia.
“¿Dónde está mi vice?”, preguntó, rodeado de Excel y soledad.
“Dejó hacer”, susurraron desde los pasillos.
“Se sentó cuando debía levantarse”, condenaron los fieles.
Y el Cuervo, regocijado, repitió con tono ceremonial:
—Nunca más obediencia ciega. Nunca más sumisión.
Instagram como ring y la traición pixelada
Victoria se hartó. Literalmente.
“Se hinchó las pelotas”, confesaron sus allegados.
Y se expresó donde se dirimen hoy las grandes disputas de Estado: Instagram.
Acusó al Presidente de no saludar.
Denunció vuelos oficiales exclusivos para el dúo libertario.
Y dejó entrever que el adulto responsable del Gobierno… aún no se presentó.
Milei, mudo. Karina, escribiendo nombres en tinta indeleble.
El Cuervo, mientras tanto, tomaba café sobre el busto de Sarmiento.
—“Es la vice quien habla… pero es tu culpa que la deja hablar”, murmuró.
El triángulo de hierro y la libreta negra
No fue solo el voto.
Fue el símbolo, el detalle, el ritual.
Ella ausente en las reuniones.
Ella jurando ante Cristina.
Ella inaugurando bustos, visitando a Isabelita y reuniéndose con generales.
Karina, la Jefa, anota cada episodio:
-Logo propio con la “V” de Victoria.
-Reuniones sin permiso.
-Críticas a Macron, a Lijo, a Malvinas, a todo lo que se mueva.
-Dietas senatoriales subiendo como el dólar paralelo.
-Y esa frase, imperdonable, que quedó flotando: “Pobre jamoncito”.
No es una vice. Es una hereje en el templo del mileísmo.
Y la Inquisición está activa.
El subconsciente en sesión permanente
El Cuervo se convirtió en asesor de gabinete.
Grazna en reuniones.
Vuela por los pasillos de Balcarce.
A veces aparece en la Casa Rosada. A veces en el Senado.
—“Victoria no conspira”, dice.
—“Pero tampoco se alinea”, responde.
El Presidente busca disciplina.
La Vice pide respeto.
El Cuervo solo observa y repite su mantra.
Porque sabe que en Argentina el poder no se divide: se fractura.
Y mientras el Presidente habla con su perro muerto, el Cuervo le recuerda que ya no hay mayorías, ni aliados, ni blindaje parlamentario.
Sólo un eco que vuelve desde las bancas opositoras:
Nunca más acuerdos. Nunca más sumisión.
Una conversación que fue y no fue
Pero en el corazón de esta disputa late una conversación fantasma.
Año 2023. Otoño.
Según los que saben —y no lo confirman—, Victoria le habría sugerido bajarse de la candidatura.
Una retirada estratégica. Una rendición decorosa.
Pero para Milei, eso fue peor que un golpe: fue dudar del mandato divino.
Desde entonces, el vínculo es liturgia envenenada.
Milei no olvida. Karina tampoco.
Y el Cuervo… mucho menos.
Cada decisión que toma Villarruel es leída como un susurro de traición.
Cada gesto suyo es interpretado como un paso más hacia la emancipación institucional.
Como si en el fondo, ella no quisiera reemplazarlo…sino sobrevivirlo.
Encuestas, espejismos y un pueblo ensimismado
Los sondeos no ayudan.
El 92% de los votantes de Milei también bancaban a Villarruel en enero.
Hoy son el 76%.
La imagen se mantiene, pero el alma del electorado se descompone.
Como en toda tragedia, el pueblo no elige bandos: elige ignorar.
Mientras tanto, en las calles, la mitad no vota.
La otra mitad espera milagros o licuadoras.
Y el Cuervo, desde lo alto, observa a esa masa confundida que creyó en una dupla y ahora presencia una disolución.
La Vice y el Presidente ya no son uno.
Son dos mitades sin reflejo.
Epílogo – El graznido final y el espectro persistente
El palacio está dividido.
Las puertas no cierran, los ministros murmuran, las conspiraciones maduran.
Milei consulta a su Cuervo.
Villarruel responde desde la penumbra del Senado.
Karina afila su pluma.
La historia se repite con variaciones:
Un vicepresidente que ya no vice nada.
Un presidente que escucha más a los animales que a los humanos.
Y un subconsciente, plumífero y tenaz, que repite lo que nadie quiere oír.
—“Nunca más diálogo. Nunca más unidad. Nunca más gobierno de dos.”
Y mientras el busto de Alberdi parece derramar una lágrima de bronce, el Cuervo vuela sobre la Casa Rosada, deja caer una pluma negra sobre el escritorio presidencial y sentencia con tono monocorde, profético y libertario:
—Nunca más.














