En la Argentina de la inmediatez emocional, donde las convicciones duran menos que un tuit y la memoria colectiva se recicla con cada recambio ministerial, la verdad se ha convertido en una pieza de museo. Algo que se contempla, pero no se usa. Porque lo que verdaderamente importa —y cotiza— es la posverdad: ese relato fabricado, rentable y emocionalmente eficaz que no necesita comprobarse, solo compartirse.
No se trata de mentir, sino de decir lo que conviene sentir. Y si es con lágrimas, furia o épica trucha, mejor. La posverdad no es una falsedad, sino una verdad emocionalmente aumentada. Es el ajuste que no es ajuste. El hambre que no se ve. El dólar que no importa. El que “no fue corrupción, sino lawfare”. Es ese zócalo de noticiero que sentencia antes que la Justicia, esa foto sacada de contexto que se vuelve linchamiento, ese “trascendido” que aparece a las 7 AM y desaparece cuando llega el boletín oficial.
Los gobiernos pasan, pero la posverdad permanece. El kirchnerismo la domesticó con su aparato de medios afines, con periodistas militantes que se graduaron en la Facultad de Relato. El macrismo la gestionó con call centers disfrazados de ciudadanía digital. Y el actual gobierno la sufre como víctima y la ejerce como táctica: el que hoy denuncia trolls, ayer los contrataba por licitación.
Mientras tanto, los medios hegemónicos —esos que alguna vez presumieron de independientes— mutaron en agencias de emociones precocinadas. El diario titula con adjetivos, la radio editorializa antes del parte del tránsito y la televisión estira la indignación hasta que entre el aviso del supermercado. El periodismo no investiga: infiere. No pregunta: acusa. No confirma: viraliza.
Y cuando la pauta oficial se recorta, la línea editorial se radicaliza. No por ideología, sino por facturación. Una vez que el gobierno actual ajustó la billetera, muchos medios decidieron declararle la guerra a la gestión. La narrativa se invirtió de un día para el otro: lo que antes era “Estado presente”, hoy es “Estado fallido”; lo que antes era “modelo productivo”, ahora es “plan motosierra”. Sin análisis, sin autocrítica. Solo guion.
En el fondo, el problema no es la mentira, sino la fidelidad al guion. Porque en Argentina, el periodismo no se divide entre oficialistas y opositores, sino entre actores de reparto y protagonistas del relato. Y ahí la posverdad encuentra su caldo más nutritivo: en esa mezcla tóxica de medios concentrados, operadores disfrazados de comunicadores, y audiencias desesperadas por una explicación rápida y emocional al caos.
El mejor ejemplo es la inflación. Hay más periodistas indignados por el precio del café que economistas explicando la emisión. Si el gobierno es aliado, el aumento es “multicausal”; si es enemigo, es un “atentado contra el bolsillo popular”. La carne sube por culpa del clima, o de Milei, o de Perón, según quién ponga la publicidad.
Lo mismo ocurre con las marchas. Una misma protesta es “expresión legítima del pueblo” o “acción desestabilizadora”, según quién sostenga el cartel. El fotoperiodismo también participa: hay fotos que conmueven y otras que criminalizan, pero todas son partes de un relato que no busca documentar la realidad, sino ordenarla ideológicamente.
La posverdad argentina no necesita bots programados en Silicon Valley ni hackers con acento extranjero. Le basta con opinólogos de guardia, trolls con recibo de sueldo y editores que titulan antes de leer. Los bots acá usan remeras de campaña, y los hackers no entran por la red: están sentados en la mesa chica del prime time.
Y también tiene público. Un público que, agotado de los datos, elige el consuelo de la narrativa. Que prefiere una explicación con enemigos claros antes que una lectura incómoda. Que se enoja con las tarifas, pero no con la deuda. Que odia a los políticos, pero ama a los influencers que opinan como si gobernar fuera editar un video.
Así, entre el hartazgo y el espectáculo, la política se convierte en serie, el Congreso en talk show y el periodismo en camarógrafo de la posverdad. Y el ciudadano, ese sujeto cansado de todo, queda solo ante una pantalla que le grita lo que quiere escuchar.
Porque en tiempos donde la verdad molesta, la posverdad factura. Y como todo buen negocio, no hay razón para cerrarlo si el desconcierto sigue vendiendo.














