La coronela no tiene quién le pague

Jul 8, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

En El coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez retrata la espera digna y silenciosa de un hombre olvidado por el Estado, aferrado a la esperanza de una pensión que nunca llega. En La coronela no tiene quién le pague, esta parodia argentina, la figura se invierte: la coronela no espera justicia, sino privilegios; no la redención, sino el reintegro. Y el gallo, símbolo de resistencia en la novela original, aquí sobrevive entre papeles vencidos y promesas rotas, como eco de una épica que ya no convence ni al ave.

—El autor.

Desde hace meses, la coronela se sienta frente al escritorio vacío con la misma puntualidad con que antes firmaba decretos. Ya no espera cartas, sino transferencias. Pero ni los algoritmos del Banco Nación ni los rezos al santo del sobreturno le traen el milagro. Las ventanas están cerradas, el teléfono desconectado, y el gallo —único heredero del fervor militante— picotea con resignación una bolsa de polenta vencida que alguna vez creyó ser subsidio.

—Esta semana sí —dice la coronela, como si el universo la escuchara, como si aún tuviera fueros cósmicos.

Desde que le suspendieron la jubilación —la propia y la ajena, como en los viejos tiempos donde todo venía duplicado—, Cristina ya no duerme igual. Se arropa con expedientes, murmura artículos del Código Penal como oraciones de medianoche, y revisa el Boletín Oficial como si fuera el horóscopo de las condenadas. Habla sola, o con el retrato de Néstor, que, como la mayoría de los muertos, ya no responde. El gallo, en cambio, responde con el silencio de los vencidos.

La casa huele a archivo cerrado y a resentimiento reciclado. En los rincones aún flotan los ecos de aquellas cadenas nacionales que hacían temblar el dólar y alentar los víveres. “No está cobrando nada”, dicen en la ANSES, como si eso compensara todo lo que ya cobró. Ni la pensión de expresidenta ni la de viuda combatiente en tierras australes que jamás habitó. Ni los seis años de condena ni los dieciséis de chequera oficial. Nada.

—El pueblo no me eligió para que me roben la jubilación —murmura, sin notar la ironía.

El gallo la mira torcido, como si recordara que ella ya robó primero.

No hay banderas. No hay actos. No hay marchas de Plaza con bombos en do mayor. Solo hay abogados con síndrome de feria judicial, escritos con olor a naftalina y un Poder Judicial que —al fin— decidió tomarse su tiempo. Su apoderado, un hombre que habla en pasiva y viste en subjuntivo, le promete que después del invierno la justicia podría pronunciarse. Pero la coronela ya no cree en estaciones ni en jueces que no se dejen convencer.

Un día la visitó un viejo camarada de derrotas. Lula cruzó la frontera con su sonrisa de fábrica reciclada y su historia de redención populista. Tocó el timbre como quien pide asilo. No traía consejos, sino consuelo: el consuelo de los caídos que creen que todo puede repetirse, incluso la gloria.

—Yo estuve preso en cárcel común, vos no —dijo Lula, con su voz de tango oxidado—. Pero mirá quién volvió a gobernar. —Y mirá quién no cobra —contestó ella, sirviendo sopa con gusto a arrepentimiento.

No lloraron. Los expresidentes no lloran; conmutan emociones por causas judiciales. Repasaron traidores con traje, fiscales con balas y votos que se evaporaron entre planes y pan dulce. El gallo, desde su esquina, lanzó un cacareo seco como titular de Clarín.

El gallo había sido regalo de un militante anónimo, de esos que creían que patria era sinónimo de caja chica. Tenía plumaje rojo, pico altivo y mirada de barricada. Ahora le falta una pata y camina en círculos, como las ideas que lo alimentaron. Cuando escucha el nombre «Adorni», se estremece y corre a esconderse bajo la mesa, entre sobres de azúcar húmedos y galletitas vencidas allá por el último diciembre de Macri.

—El gallo es del pueblo —insiste ella—. Como la patria: saqueada, pero de pie.

No es solo simbólico. Es un activo. La coronela cree que, llegado el momento, el gallo puede volver a luchar: en una interna partidaria, en una elección testimonial, o al menos en una feria de nostalgia justicialista. Puede volver a dar gloria… o por lo menos una entrevista.

Graciela Ocaña, desde su oficina llena de carpetas con nombres y crucifijos de afán moralista, denunció que Cristina cobraba doble y que vivía en CABA mientras juraba residir en la Patagonia mística del peronismo austral. El formulario decía «Santa Cruz», pero el delivery llegaba a Recoleta. La coronela, como buena experta en relatos, lo llamó “estrategia de arraigo territorial”.

Ella no responde. Solo escribe cartas a la ANSES que nadie contesta. El gallo las picotea como si fuera un acto reparatorio. Un día, incluso, defecó sobre una resolución judicial. El abogado interpretó eso como jurisprudencia espontánea.

Antes, las cartas llegaban con bombones y promesas. Ahora llegan con membrete oficial y aroma a justicia lenta. «Indigna», dice el documento, como si fuera una cédula de identidad. Ya no es una expresidenta: es un número suspendido por enriquecimiento reiterado.

Ella insiste en que ningún tribunal puede borrar el hecho de haber sido elegida por el pueblo. Pero el pueblo, últimamente, parece más preocupado por la SUBE que por los símbolos. Más ocupado en TikTok que en Tribunales. La historia es generosa con los caídos… pero cicatera con los jubilados truchos.

El gallo, ajeno a tecnicismos, salta al escritorio, rompe la última resolución con el pico y se acomoda donde Néstor solía escribir sus discursos. Ella lo acaricia como quien acaricia un testigo incómodo que aún no declara.

—Mientras quede este gallo, no estoy sola —dice.

Y por primera vez en semanas, sonríe.

Epílogo en voz baja

En el pueblo sin nombre donde las pensiones tardan más que las revoluciones, todos saben que la coronela no tiene quién le pague. Pero aún conserva la altivez del que espera como quien conspira. El gallo, cojo y viejo, todavía se atreve a mirar al sol.

Porque hay derrotas que se cobran en cuotas.

Y hay jubilaciones que se firman desde el sur, pero se cobran en Recoleta.

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