La eternidad de Madame K

Jul 3, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Emma (Madame Bovary) soñaba con salones parisinos, pero despertaba en un campo de provincia. Cristina soñaba con Néstor en el bronce y terminó con Lázaro en una celda. A ambas las traicionó el mismo amante: la ilusión. Una, la del amor; otra, la de gobernar sin mancharse. Pero en Argentina, el poder no se ejerce: se sobrevive. Y Cristina, plebeya ilustrada —aunque con título falso—, decidió sobrevivir en clave de tragedia griega, con peluca negra y balcón.

Gobernó como quien escribe una novela por entregas: a veces sentimental, a veces épica, casi siempre melodramática. Cada aparición fue un capítulo. Cada cadena nacional, un monólogo de Medea. Cada adversario, un traidor de libreto. No fue presidenta: fue protagonista. Ni jefa de Estado: fue personaje de sí misma. Como Emma Bovary, no aceptaba la vulgaridad de lo cotidiano: necesitaba la intensidad del deseo. Y el deseo, en la Argentina del siglo XXI, tenía forma de relato, de liturgia, de escenografía peronista.

La casa y el encierro

Emma se encerraba a leer novelas. Cristina, en Olivos, se encerraba entre decretos de urgencia, memorias, Netflix y un patio lleno de cámaras de seguridad. No había amantes, pero sí visitantes a puerta cerrada. Evo traía hojas de coca y se llevaba nafta subvencionada y planes sociales. Correa traía anécdotas y la letra de Hasta siempre, comandante. Maduro, en cambio, traía dólares con intereses mayores a los del FMI, junto a discursos con horrores ortográficos que solo él entendía.

Mientras el país se debatía entre el cepo y el silencio, ella recibía en bata a presidentes amigos, como quien organiza una tertulia mientras la casa arde. Afuera, el país estaba en cuarentena económica, pero adentro todo era ceremonial: mates, retórica y resabios de lo que alguna vez fue poder. Salía al balcón para hablarle a los fieles como una reina cautiva. Y ellos, abajo, en Plaza de Mayo o en Twitter, le respondían con gifs, estampitas y hashtags.

No era el encierro del miedo. Era el encierro de la puesta en escena. El encierro del personaje que no puede bajarse del escenario. Como Emma, que ya no sabía si quería vivir o solo ser mirada.

Corrupción con rostro humano

Emma compraba telas finas sin pagar. Cristina firmaba obras públicas que nunca se hacían. Una tenía deudas en el mercado; la otra, en la Justicia. Pero ambas creían que eso no era corrupción, sino derecho. Derecho al amor, derecho a la historia.

Los hoteles de la familia, alquilados sin huéspedes. Las bóvedas, enterradas en Santa Cruz como tumbas sin nombre. Los bolsos de López, volando por los aires como si fueran palomas eucarísticas. La fortuna de los amigos, el silencio de los parientes, la memoria del Estado usada como garantía de impunidad.

Pero ella, como Emma, siempre negaba con ternura. “No sabía”, decía una. “Me persiguen”, decía la otra. Ambas víctimas, ambas incomprendidas, ambas inocentes a fuerza de negación. En el universo de Madame K, todo lo oscuro es operación, y todo lo visible es épica.

Y si alguna duda queda, se disuelve en una carta pública de veinte páginas, en un libro dictado entre muros, o en un acto de campaña donde el tono quiebra pero no se rinde.

El balcón y la escena

Como en las tragedias del siglo pasado, el balcón fue su escenario preferido. Desde allí no solo hablaba: interpretaba. Denunciaba al poder real mientras usaba el helicóptero de De la Rúa. Llamaba a la resistencia mientras tejía pactos con jueces. Se presentaba como la voz del pueblo mientras el pueblo hacía colas en el supermercado.

Pero no se trata de cinismo. Se trata de estilo. Cristina no dice: declama. No pide: exige. No actúa: performa. No dialoga: sentencia. Su política es estética: tiene guion, tiene banda sonora, tiene mármol. Y como toda estética, necesita del mito.

El mito de la abogada que no ejerció, de la viuda que no lloró, de la perseguida que nunca huyó. De la que vive en el sur pero aparece en cadena nacional; de la que invoca a Evita pero guarda las escrituras. De la que dice odiar el neoliberalismo mientras invierte en ladrillos.

El bovarismo justicialista

¿Y qué queda del kirchnerismo cuando se corre la niebla del relato? Un país endeudado, pero con frases de Cooke colgadas en las paredes. Una justicia colapsada, pero con relatos de lawfare en todos los medios amigos. Una moral selectiva, un ejército de influencers nostálgicos, una economía de prestidigitación donde el pan falta, pero la épica no.

Como Emma, Cristina se enamoró de su propio reflejo. El de los años dorados, de la soja en alza, del salario con relato. Y como Emma, se negó a aceptar que todo eso había pasado. Que el amor del pueblo también caduca. Que el bronce no se regala: se merece.

Y, sin embargo, no muere. Porque Madame K no puede morir. Puede perder elecciones, puede ser condenada, puede irse del Congreso, pero no muere. Porque no es una persona. Es un recurso narrativo.

El arsénico y la historia

Emma tomó arsénico en una habitación. Cristina se intoxicó de historia en cadena nacional. Una murió por amor. La otra, por exceso de relato. Y, sin embargo, ahí sigue: en los balcones, en los libros, en los pósters. En las calles que llevan su nombre y en los discursos de quienes no se atreven a abandonarla.

Quizás Cristina no sea Emma ni Evita. Quizás sea algo peor: una heroína que no se deja morir. Que insiste en actuar cuando ya se cerró el telón. Que cree que el futuro le debe una escena más.

Pero el problema del bovarismo justicialista es que, cuando se acaba la ficción, queda la factura. Y no hay relato que la pague.

Ahora, en esta parte tardía de su evangelio político, Madame K está —digamos— detenida en Constitución, con un grillete electrónico en el tobillo, negro y gris para no desentonar con la estética peronista. No tiene agenda, pero sí una tablet con WiFi, desde la que chatea con Lula mientras espera, peinada y mate en mano, que su amigo finalmente la venga a visitar.

Porque incluso en la prisión doméstica del ocaso, Cristina sigue creyendo —como Emma— que la historia, algún día, se escribirá como ella la soñó.

Artículos relacionados

El boom desde sus ausencias

El boom desde sus ausencias

Europa creyó descubrir la literatura latinoamericana en los años sesenta. Tal vez ocurrió algo más incómodo. América Latina llevaba décadas escribiendo su propia revolución y Europa simplemente llegó tarde. El boom iluminó a escritores extraordinarios, pero toda luz...

Cuando el periodismo dejó de leer

Cuando el periodismo dejó de leer

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las...

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...