La dama del grillete encantado y el Reino de nunca ajustar

Jul 2, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Una fábula del sur del mundo

Había una vez, en un reino desbordado de promesas y deudas, donde las vacas daban leche subsidiada y los árboles florecían con billetes que se evaporaban antes de tocar el suelo, una mujer que lo había sido todo: Reina sin corona, Viuda del Relato y Emperatriz del Grillete Encantado.

Gobernó largos años desde su trono de mármol populista, rodeada de cuadros patrióticos y pingüinos parlantes, bendecida por aplaudidores y temida por ministros que no sabían interpretar el silencio. Su palabra era ley y su relato, doctrina. Había aprendido el arte de gobernar sin escuchar y de convencer sin explicar. Pero, como todo encanto mal medido, su reinado tuvo fecha de vencimiento. El hechizo se quebró el día en que el dragón del dólar rompió su jaula y se fugó por la canaleta del turismo emisivo.

Entonces, la Dama —que alguna vez hablaba al pueblo desde balcones de hierro y jingles de campaña— se recluyó en un castillo judicial al sur de Constitución. No era una prisión formal, pero tenía barrotes de expedientes y sentencias frescas. Aunque las togas del Consejo Supremo del Bosque le recordaban que su tiempo se había acabado, ella —como toda heroína trágica— se resistía al final. No aceptaba salir de escena. Porque en el Reino de Nunca Ajustar, el poder nunca se entrega: se alquila por turnos, se esconde bajo la alfombra o se recicla con algún gnomo obediente.

Desde su torre con vista al archivo, la Dama del Grillete Encantado seguía hablando. Tuiteaba con vehemencia, escribía manifiestos en mayúsculas, daba entrevistas como si el presente fuera apenas una pausa entre dos glorias pasadas. Se presentaba como víctima de un «lawfare encantado», orquestado por dragones mediáticos, trolls con cuentas verificadas y jueces con plumas prestadas. Pero por dentro, en el fondo de su alma blindada, sabía que el Reino ya no giraba en torno a su eje.

Su figura, sin embargo, no estaba sola. Junto a ella vivía su discípulo más fiel y torpe: el Duende Kici. Un personaje de orejas blandas, flequillo simétrico y palabras largas como contratos sin letra chica. Había aprendido en los libros que el Estado lo puede todo, incluso lo que no entiende. Fue el traductor del relato a términos técnicos, el que convenció al Reino de que imprimir billetes era un acto de amor y que pagar deudas era un gesto innecesario de sumisión imperial.

Kici era un duende encantador, en el sentido más literal: encantaba con tecnicismos que sonaban profundos pero que nadie entendía. Era tan fiel a la Dama que, si ella decía que el invierno era neoliberal, él salía a abrigarse con retórica. Pero el hechizo de su autoridad se rompió un día de sol y escarapelas, cuando, en medio de un acto escolar, le tocó leer en voz alta un párrafo sencillo, uno de esos textos que suelen colgar en aulas junto a la bandera.

Frente a los niños, las cámaras y los fantasmas del PBI, el Duende Kici no pudo leer. Balbuceó, se trabó, confundió la lectura con el relato. Fue un papelón literario. El Reino contuvo el aliento: ¿cómo gobernar números si no podía con las sílabas? En Twitter, los bufones opositores lo apodaron «el Ministro de lo No Dicho», y las hadas sindicales fingieron no haberlo visto. Pero la Dama, desde su torre, lo defendió con una frase inolvidable:

—No importa si no leyó. Lo importante es que nunca dejó de obedecerme.

Desde entonces, Kici volvió a sus gráficos y sus fórmulas vacías. Siguió acompañando a la Dama en sus apariciones espectrales, repitiendo letanías de soberanía energética, redistribución emocional y crecimiento invisible. Era la versión criolla del aprendiz de brujo, pero con cargo ejecutivo.

Mientras tanto, el Reino eligió a un nuevo gobernante: un León Libertario domesticado por la televisión, que rugía contra “la casta” con tanta furia que espantaba hasta a sus aliados. Prometió dinamitar los ministerios, vender las ventanas del palacio y gobernar a puro grito y TikTok. Y lo logró, en parte. Porque en el Reino de Nunca Ajustar, todo es posible, incluso lo impensable.

El nuevo Rey, de nombre Mileón, también emprendió una batalla singular: se peleó con los monos del Reino, unas criaturas astutas y gritadoras que vivían de colgarse de los balcones de los noticieros y se alimentaban exclusivamente de la pauta oficial. Durante años, estos monos habían actuado como guardianes del relato y domadores de opinión. Pero cuando el Rey cortó su alimento dorado, comenzaron a lanzar plátanos podridos desde sus torres mediáticas. La guerra fue sucia, ruidosa y retransmitida por cadena nacional.

La ex Reina, que hoy más parece una bruja exiliada con megáfono digital, no le perdona al nuevo Rey ni el control de la inflación —ese monstruo que ella nunca pudo domesticar— ni la alianza con el Reino del FMI, ese viejo enemigo al que antes maldecía y ahora observa con frustración porque, de repente, parece hacer las paces con el castillo libertario.

La Dama del Grillete lo observaba desde lejos, con mezcla de desprecio y nostalgia. Él no tenía cuadros, ni movimiento, ni historia, pero hablaba como si fuera la reencarnación de la economía austríaca en versión stand-up. Ella, que había escrito su legado en mármol, no podía tolerar que el futuro lo tuiteara un outsider sin linaje. Por eso volvió a hablar. Más fuerte, más seguido. Denunciando fugas, recortes, recesiones y maltratos. Como si nunca hubiera gobernado. Como si nunca hubiera sido ella quien dejó abiertas las puertas por donde ahora se escapan los dólares, los votos y la paciencia.

Y así, en la fábula inacabable del sur, donde las condenas no terminan en prisiones y los errores no implican exilios, la Dama sigue allí. Presa de su ego, custodiada por duendes dóciles, maldiciendo a los nuevos príncipes y soñando con volver al escenario.

Porque en este Reino —donde nadie lee pero todos opinan, donde nadie gobierna pero todos mandan— el relato es eterno. Y quien lo contó una vez, no se baja del escenario hasta que se apague la última luz… o le cierren la cuenta.

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