“Nadie puede revelaros más que lo que ya reposa medio dormido en el amanecer de vuestro conocimiento.”
— Kahlil Gibran
No tener fe no es sinónimo de cinismo. A veces, es apenas el acto honesto de reconocer que el cielo está vacío. Que no hay promesa escrita en las estrellas ni profecía en las entrañas de los tiempos. Solo una piedra lanzada al abismo del azar. Pero no por ello se debe renunciar a la dignidad.
Quien no cree en dioses ni en dogmas tampoco está exento de creencias. Cree en el temblor de las manos que curan, en los abrazos que no prometen eternidad pero sí abrigo, y en la posibilidad, siempre frágil, de una justicia que no venga acompañada de castigos divinos ni de redentores armados. El descreído —ese pariente huérfano del devoto— camina a tientas, sí, pero camina.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que las grandes causas se erguían como templos laicos. El antifascismo, la autodeterminación de los pueblos, la liberación nacional, el derecho al pan y al libro. Allí iban los descreídos del mundo, a enrolarse sin himnos pero con fervor. No necesitaban cielos, tenían trincheras. Y no les hacía falta un más allá, porque el ahora era urgente y dolía.
Pero esas trincheras se llenaron de escombros. Las revoluciones envejecieron mal: algunas terminaron devorando a sus hijos, otras pactando con sus verdugos. Los viejos relatos se oxidaron, los nuevos llegaron con envases brillantes pero vacíos de contenido. Las banderas que se alzaban contra el imperio se volvieron commodities. Y los profetas de la igualdad, cuando llegaron al poder, fundaron dinastías.
El siglo XX, tan lleno de promesas como de catástrofes, dejó huérfana a una generación que aprendió a admirar a Ho Chi Minh y a dudar de todo al mismo tiempo. Que creyó, acaso con ingenuidad, que el oprimido siempre tenía razón, hasta que el oprimido se volvió opresor con el mismo entusiasmo que antes sufría. Y que ahora, al mirar atrás, ve no tanto traición, sino una especie de destino malogrado.
Las derrotas no fueron sólo políticas. También fueron estéticas, morales, culturales. El muro no cayó solo sobre Berlín, sino sobre un universo simbólico que hacía del sacrificio una virtud y del compromiso una vocación. Hoy, entre las ruinas de esa mitología, florece un tipo de cinismo al que ya ni siquiera le interesa disimular. La verdad no importa, solo la ganancia. La coherencia no pesa, solo el algoritmo.
Así, en un mundo despojado de monumentos, la única opción posible es una ética sin estatua. Una resistencia sin esperanza de victoria. Una ternura que no necesita premios. ¿Es poco? Tal vez. Pero es lo único que queda cuando el espectáculo ha reemplazado al relato, cuando la geopolítica se parece más a una red de tráfico que a una disputa de ideas, y cuando los noticieros nocturnos son la misa diaria de la desmemoria.
Porque hay que decirlo: no todos los demonios son imperialistas, ni todos los rebeldes merecen poesía. El teocratismo persa es tan asfixiante como el expansionismo israelí. La causa palestina, tantas veces prostituida por sus propios padrinos, se ha convertido en una moneda geopolítica que cotiza más en tragedia que en solidaridad. Los pueblos árabes, víctimas de colonias y de califatos, miran ahora su historia como una herida que nadie quiere curar, sino administrar.
Y mientras tanto, el mundo entero parece una casa saqueada: sin autoridad, sin proyecto, sin brújula. Las corporaciones reemplazaron a los estados, las redes sociales a los sindicatos, la posverdad al periodismo. Lo sagrado ha sido suplantado por lo viral. La historia se reduce a memes, la política a influencers, y la libertad a elegir entre hamburguesas.
¿Dónde entonces buscar sentido? ¿Qué hacer cuando ni el cielo ni la historia ofrecen ya refugio? Tal vez haya que volver a lo mínimo. A la obstinación del gesto correcto, al rechazo de la indiferencia, al ejercicio —invisible, pero feroz— de no resignarse. No para cambiar el mundo (esa es una palabra quemada), sino para no ser devorados por él.
Mi generación —como tantas otras que heredaron la duda sin recibir manual de instrucciones— no busca redención ni posteridad. Solo pide no ser cómplice. No en nombre de un dios ausente ni de una ideología fracasada, sino por respeto a sí misma. Y eso, en estos tiempos, ya es una forma de heroísmo.
No levantamos estatuas. Ni las derribamos. Solo seguimos caminando.
“El combate por la dignidad puede no tener sentido, pero es precisamente por eso que hay que librarlo.”
— Albert Camus














