Jean-Paul Sartre fue mi primera lectura seria. Tenía 19 años cuando devoré La náusea, y por un momento creí que el infierno existía —pero era interior, húmedo, con olor a café frío y páginas subrayadas. Pensé que ese hombre, Sartre, lo sabía todo: sobre la libertad, la angustia, el compromiso. Era brillante y turbio, como el pensamiento cuando uno aún no ha vivido nada pero cree haberlo entendido todo.
Muchos años después, leí a Mario Vargas Llosa escribir que Sartre fue “un gran farsante”. Me sorprendió. No por la crítica en sí —que es válida y aguda—, sino por el método: Vargas Llosa no discute a sus referentes, los embalsama primero en altares para luego destriparlos con bisturí. Lo hizo con Sartre, con García Márquez, con Fidel Castro, con el Che. Es un estilo que mezcla admiración juvenil con venganza tardía. Idolatrar para luego humillar. Un talento literario que también fue una técnica quirúrgica.
Vargas Llosa —ya fallecido, y acaso más vivo en su polémica que en sus novelas tardías— tuvo esa capacidad de convertir cada ensayo en un campo de batalla. Nadie como él para narrar con prosa impecable una ejecución moral. No era odio, era ajuste de cuentas. A veces, uno tenía la sensación de que sus ensayos eran cartas a su propio pasado, escritas con furia elegante y memoria herida.
Y no es solo Sartre quien cae bajo su pluma. A Borges también le tocó su dosis de protocolo. En los años 80, Vargas Llosa lo entrevistó en Buenos Aires. Y como todo joven ante un monumento, quiso quedarse con algo más que la conversación: narró la visita, describió el departamento modesto, las goteras en el techo, las cortinas opacas. Lo pequeño antes que lo sublime. Borges, ciego y eterno, respondió con la cortesía de un verdugo cuando le preguntaron qué pensaba de Vargas Llosa:
“No lo he leído. No lo conozco.”
No hay frase más demoledora. No fue un desprecio violento, sino algo peor: la anulación. Borges, que despreciaba el dogma y prefería los laberintos, usó el desdén como un arte. No necesitó ensayos. Le bastó esa línea para dejar a Vargas Llosa en un limbo literario del que aún no ha salido del todo, ni siquiera ahora que ha cruzado la última frontera.
Y sin embargo, la crítica de Vargas Llosa a Sartre fue legítima. El escritor francés confundió demasiadas veces el fusil con la pluma. Justificó horrores en nombre de utopías. Defendió el totalitarismo con retórica de libertad. Hizo de la literatura un panfleto armado. Vargas Llosa, en cambio, apostó por la libertad individual, por la democracia liberal, por el escritor que no responde a comités revolucionarios ni a consignas de partido. Y eso es valioso, sobre todo en un continente —el nuestro— donde muchos aún creen que el escritor debe ser militante, no disidente.
Pero uno no deja de ver la teatralidad del gesto. Vargas Llosa escribió como quien se venga de su juventud. Como si cada crítica a Sartre fuera también una purga personal. Como si al atacar a Gabo o a Borges estuviera escribiendo, en realidad, la crónica de sus propias contradicciones.
Tal vez por eso —por esa mezcla de lucidez y cálculo— costó tanto confiar en él del todo. Porque en sus retratos siempre hubo una sombra de resentimiento, como si la literatura no bastara si no incluía un enemigo. Como si escribir no alcanzara si no era para enderezar cuentas con los dioses caídos.
Sartre creyó que el escritor debía estar comprometido con la historia. Vargas Llosa, que debía estar comprometido con la libertad. Y Borges, con nadie: solo con la belleza.
Yo, que los leí a los tres, no puedo evitar imaginar un cielo literario donde se cruzan sus sombras. Sartre todavía discute con los ángeles sobre la dictadura del proletariado. Vargas Llosa toma nota para un futuro prólogo, corrigiendo incluso las frases del paraíso. Y Borges, por supuesto, se aleja por un pasillo sin fin, llevando a Dante bajo el brazo.
Y allá, flotando entre nubes escritas a máquina, la sombra de Gabriel García Márquez —aún con el ojo morado— sonríe.
Porque hay ironías que ni la muerte puede borrar.














