“Ser inmortal es baladí; menos lo es el hecho de que todos los hombres lo sean.”
— Jorge Luis Borges, El inmortal
Hay ideas que envejecen y otras que se petrifican. La inmortalidad, por ejemplo, dejó de ser un deseo para volverse una sospecha. Sospecha de que vivir para siempre sea, en verdad, no morir jamás del todo. No dejar de errar, no dejar de cargar el peso de los símbolos, no encontrar reposo.
Este texto nace de esa inquietud: ¿Qué queda cuando incluso los dioses se disuelven en polvo? ¿Qué sobrevive cuando las palabras ya no tienen quien las pronuncie? Tal vez nadie escapa. Ni Homero, ni Ulises, ni Borges. Quizás lo único verdaderamente inmortal sea el eco de una conciencia que aún duda.
La inmortalidad no es una promesa: es un castigo. Así como el infierno ya no necesita fuego, la eternidad no requiere gloria. Solo basta con la repetición. La mecánica de lo eterno no es la del esplendor, sino la del desgaste.
Jorge Luis Borges, ese anticuario de ficciones posibles, lo intuyó cuando imaginó al guerrero romano convertido en inmortal. No fue la gloria la que lo encontró tras la batalla, sino el hastío. Un hastío sin fin, porque el fin ya no existía. El guerrero —cuyo nombre no importa, porque todos somos él— descubre que la muerte no era el enemigo, sino el descanso. Y que la inmortalidad no se padece como una condena judicial, sino como un laberinto sin centro: un sinfín de pasillos de polvo donde ni siquiera la palabra tiene sentido.
Los únicos “inmortales” de ese relato son los trogloditas. No hablan. No razonan. No buscan. No recuerdan. Ni siquiera creen. Apenas son. Y acaso por eso sobreviven. Son lo que queda cuando se ha quemado toda civilización. Y allí está el giro borgiano: en su brutalidad pasiva, los trogloditas han vencido al tiempo. No porque lo dominen, sino porque ya no lo perciben.
Tal vez por eso Borges los eligió como depositarios últimos de la inmortalidad. No porque sean sabios, sino porque están más allá del lenguaje. Lo que no se puede nombrar no puede morir, pero tampoco puede ser amado.
Hay un eco arcaico en esa idea. El troglodita sin palabra es hermano del judío errante: esa figura que vaga desde hace siglos como emblema de una humanidad que no halla reposo ni redención. No está en paz ni en guerra. Solo camina. Y en esa marcha arrastra una culpa sin fecha.
La leyenda del judío errante ha sido interpretada de mil formas. Pero hay una que me interesa hoy: la que remonta su origen a La Odisea. En el Canto XI, Ulises desciende al reino de los muertos para consultar a Tiresias, el profeta ciego. Tiresias le advierte que, cuando ya anciano cargue un remo por tierra firme y alguien lo confunda con un aventador, deberá enterrarlo y hacer un sacrificio al dios del mar.
Ese remo, según algunos filólogos, es la prefiguración de la cruz. Un madero sin sentido en la tierra, como la cruz lo fue en el cuerpo de Cristo: un instrumento que pesa más por su símbolo que por su materia. Jesús cargará ese peso siglos después, camino al Gólgota. Ulises y Cristo se cruzan en la alegoría. Uno busca volver a casa; el otro funda un exilio eterno. Ambos peregrinan. Ambos cargan un madero. Ambos son símbolos.
¿Pero acaso no es ese también nuestro destino moderno? Cargar un remo en la tierra, sin mar, sin horizonte. Arrastrar una cruz que ya nadie cree. Nos volvimos inmortales sin quererlo, atados a la repetición de guerras sin sentido, de discursos huecos, de promesas que no mueren porque no nacieron.
Van Krienen, aquel viajero del siglo XVIII que buscó la tumba de Homero siguiendo las pistas de Pausanias, también es parte de esta trama. Dijo haber llegado al lugar donde yacía el poeta. Que, al abrir la tumba, vio por un segundo su cuerpo. Y que luego este se volvió polvo.
No hay metáfora más precisa. Aun los inmortales se deshacen en polvo. Nadie escapa a esa sentencia. Ni Homero, ni Ulises, ni Borges. Quizá solo las palabras, con suerte, nos sobrevivan. Y no por eternas, sino porque alguien las repite. Porque alguien cree ver en ellas una chispa de sentido.
Esas palabras, sin embargo, también se deforman. A veces se tornan tótems, otras veces herramientas. Pocas veces, testimonio. La humanidad que sigue citando a Homero, a Cristo, a Borges, muchas veces lo hace como quien repite una fórmula sin entender el conjuro. En esa repetición hay un peligro: confundir la memoria con la inmortalidad.
Porque la verdadera inmortalidad —si acaso existe— no es la del cuerpo, ni siquiera la del alma. Es la del símbolo. Y todo símbolo es peligroso. Porque puede ser usado, manipulado, corrompido. Jesús se volvió cruz, la cruz se volvió bandera, la bandera se volvió lanza. Ulises fue rey, luego mito, luego excusa para justificar imperios. Borges, que habló de trogloditas y espejos, terminó convertido en estatua, en nombre de biblioteca, en cita obligada de prólogo académico.
Pero el polvo no miente. Todo lo que se erige cae. Todo lo que se recuerda se olvida. Incluso el olvido tiene fecha de vencimiento. Por eso, quizás la única resistencia que nos queda es la palabra. No como legado, sino como acto. Escribir no para ser recordado, sino para no desaparecer del todo mientras aún estamos aquí.
Los trogloditas de Borges callaban. Nosotros hablamos. A veces gritamos. Pero ¿cuánto de lo que decimos es realmente nuestro? ¿Y cuánto es ruido, herencia, eco vacío? ¿No nos habremos convertido, sin notarlo, en nuevos trogloditas, cubiertos de pantallas en lugar de cavernas, sin lenguaje propio pero convencidos de hablar todo el tiempo?
Quizás los inmortales no son ellos. Somos nosotros. No en la gloria, sino en la condena de seguir andando sin saber a dónde. No tenemos tiempo, tenemos agenda. No tenemos mito, tenemos algoritmo. No tenemos tumba, tenemos nube.
Y, sin embargo, escribimos. Como Van Krienen removiendo mármoles. Como Ulises cargando el remo. Como Borges dibujando espejos. Como si, al nombrar lo innombrable, al ponerle palabra al abismo, todavía pudiéramos desafiar al polvo. Lo hacemos entre líneas, en el único refugio que aún nos pertenece: la conciencia que escribe mientras duda.
“No era la gloria lo que buscábamos.
Era apenas una grieta en el polvo para seguir diciendo: yo fui.”
Nota final
Jorge Luis Borges murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra. Como Ulises, eligió su exilio. Como Homero, fundó una patria de palabras. Como nadie, supo que el tiempo no perdona, pero la literatura —a veces— disimula la herida. Este texto no busca rendirle homenaje, sino simplemente acompañarlo, en la forma que él prefería: una lectura en voz baja, entre las ruinas del tiempo.














