Entre el murmullo de Bloom y el grito de Milei, el relato argentino se quedó sin voz femenina. ¿Quién narra la historia ahora que Cristina está presa, silenciada o fuera de escena?
En el corazón de Ulises, esa novela desmesurada de James Joyce, hay un hombre común que deambula por Dublín durante un solo día. Se llama Leopold Bloom, y todo lo que piensa, siente, recuerda o evita queda expuesto en un flujo de conciencia que nunca calla. Es un forastero en su propia ciudad, un esposo traicionado, un hombre sin épica, pero con una profunda humanidad. A casi un siglo de distancia, otro personaje solitario —aunque estridente, beligerante, ensimismado— ocupa hoy el centro de la escena argentina: Javier Milei. También él irrumpe en un sistema que no lo espera. También él camina entre ruinas —aunque no calle sino que grite.
El extrañamiento es el primer hilo común. Bloom camina por una ciudad que lo mira con sospecha: es judío, publicista, sentimental, raro. No encaja. Milei irrumpe en la política argentina como un cuerpo ajeno: economista ultraliberal, gritón, iconoclasta, marginal al clivaje peronismo-antiperonismo. Si Bloom es la alteridad que la ciudad tolera a duras penas, Milei es la amenaza que el sistema pretende neutralizar, hasta que gana. En ambos casos, la extranjería no es sólo biográfica; es ontológica. Están fuera del relato común.
Pero la forma de habitar esa extranjería difiere. Bloom la asume con melancolía, con una introspección que lo lleva a pensar en la muerte de su hijo, en el cuerpo de su esposa, en los detalles mínimos de la vida. Su potencia está en su pasividad. Milei, en cambio, hace de esa exclusión un acto de guerra. Su lenguaje es performativo, ofensivo, espectacular. Donde Bloom duda, Milei arremete. Donde Bloom observa, Milei grita. “Un grano en el trasero del Estado”, ha dicho de sí mismo.
Bloom es un paria que no busca el centro; Milei es un outsider que lo conquista. Allí está una de las diferencias cruciales. Bloom nunca deja de ser marginal, incluso en su propio hogar. Su monólogo interior es un murmullo que nadie escucha. En cambio, Milei se apropia del centro del sistema con un discurso de demolición. Ha llegado a la presidencia para desmantelar lo que considera un orden corrupto. Su soledad, entonces, no es existencial, sino estratégica: prescinde de partidos, aliados, negociaciones, incluso del protocolo.
Ese contraste se refleja también en el uso del lenguaje. En Ulises, el lenguaje se pliega a la conciencia de los personajes, se vuelve espiralado, fragmentario, hipersensible. En Milei, el lenguaje es un arma. Frases como “zurdos de mierda” o “el Estado es una organización criminal” no son pensamientos: son proyectiles. Y sin embargo, ambos operan en el límite del lenguaje normativo. Bloom piensa como quien divaga. Milei habla como quien tuitea.
Pero hay una presencia que sobrevuela a ambos: Molly Bloom. Su monólogo final, esa corriente incontenible de recuerdos, sensaciones, deseos y afirmaciones (“…y sí dije sí quiero Sí…”), es una de las cumbres de la literatura moderna. Ella es el reverso de Bloom: vital, afirmativa, sexual, rotunda. Si Bloom calla y camina, Molly dice y permanece. En la versión argentina, esa voz también tiene nombre: Cristina. También ella habló cuando todos callaban, también ella narró desde una lógica distinta, no siempre comprensible para el relato dominante. Desde el populismo, con retórica polarizante, con una relación ambigua con los medios y acusaciones recurrentes de corrupción, Cristina construyó un relato propio que no necesitaba del sistema para legitimarse, sino de una comunidad de oyentes fieles.
Cristina, como Molly, sostuvo la historia desde la cama: la de la enfermedad, la del duelo, la del deseo. Su palabra siempre fue un exceso, una afirmación, una provocación. Mientras Milei desarma y ataca, ella representó durante años la posibilidad de un relato alternativo, afectivo, épico. Y ahora que está ausente, que ha sido silenciada o incluso judicialmente apartada, la pregunta se impone: ¿qué sucede con el relato cuando quien lo tejía ya no puede hablar?
Para ella, la condena judicial no fue sólo una derrota política: fue, en sus propios términos, un certificado de dignidad. Como si la sentencia no cerrara la historia, sino que la consagrara. “Me gusta estar sola, tengo cosas en la cabeza, cosas que no puedo decir”, piensa Molly. En esa frase resuena el silencio de Cristina en la última etapa. Mientras Milei llena el vacío con ruido, con insultos, con diagnósticos brutales, el espacio del contrapunto se esfuma.
Bloom, al menos, encontraba un eco en Molly. ¿Quién escucha hoy a Milei? ¿Quién lo contradice desde otro lugar que no sea la confrontación directa?
Este ensayo no busca una equivalencia fácil. Bloom y Milei no son la misma figura. Uno es vulnerable, el otro hipermediático. Uno se disuelve en las calles, el otro se impone en cadena nacional. Pero ambos, a su modo, encarnan una crisis del centro, una fractura del relato. Y en ambos casos, la figura femenina al final del camino (Molly, Cristina) es la que ofrecía una posibilidad de sentido, de cierre, de memoria.
Porque la historia no se escribe solo desde el estrado o el escritorio. También se dice desde la cama, desde la intimidad, desde ese monólogo ininterrumpido que nadie escucha pero que persiste.
Y entonces, la pregunta final deja de ser retórica y se vuelve urgente:
¿Cómo será ese relato ahora que Molly —o Cristina— está presa?














