Gioja y la justicia que incomoda: cuando “meter la nariz” es cumplir la ley

Jun 11, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Por momentos, José Luis Gioja parece hablarle más a la historia que al presente. Pero cuando se indigna por la condena a Cristina Fernández de Kirchner y repite que la Justicia “metió la nariz donde no debía”, lo que hace, en el fondo, es actualizar una vieja doctrina: a mis amigos, todo; a los enemigos, ni justicia.

“La Justicia metió la nariz donde no la tiene que meter.”

La frase de José Luis Gioja, pronunciada tras la ratificación de la condena a Cristina Fernández de Kirchner por parte de la Corte Suprema, no es simplemente una crítica a un fallo. Es la expresión cruda de una idea que sobrevive, agazapada, en ciertos rincones del poder: que la Justicia debe ser funcional, no independiente; que molesta cuando actúa y sirve cuando calla.

Gioja, exgobernador de San Juan y figura histórica del peronismo, no disimula su indignación. Califica la decisión judicial como “un gravísimo daño a la democracia” y acusa a los jueces de parcialidad por sus presuntos vínculos con Mauricio Macri. Para él —y para buena parte del kirchnerismo— la condena no es una sentencia legal, sino una maniobra política, un intento de proscripción.

Pero la Justicia no está para complacer. Está para incomodar.

Un relato que protege

Gioja no desmonta pruebas ni cuestiona hechos concretos. Su crítica no es jurídica, sino emocional. Habla de bronca, de unidad partidaria, de dolor. Se invoca la épica de la víctima y se envuelve a Cristina en el manto de la persecución. Así, todo juicio se vuelve ilegítimo por el solo hecho de alcanzar a una figura emblemática.

En ese marco, decir que la Justicia “no debe meter la nariz” equivale, en los hechos, a pedir impunidad. O, dicho con palabras que alguna vez fueron doctrina: “A mis amigos, todo; a los enemigos, ni justicia.”

Gioja y la Justicia: cuando fue él quien estuvo en el banquillo

No deja de ser llamativo que sea precisamente Gioja quien cuestione el accionar del Poder Judicial. Él mismo ha estado bajo la lupa. En 2008 fue denunciado por supuesta asociación ilícita, vinculada a beneficios otorgados a empresas mineras y seguros con sobreprecio durante su gestión. En 2014, otra causa lo implicó por presuntas irregularidades en contrataciones de obra pública en San Juan. Aunque nunca fue condenado y algunas investigaciones se cerraron sin avances, el patrón se repite: cuando las causas rozan a los propios, el discurso gira hacia la victimización.

No hay sorpresa. Hay archivo.

Y en ese archivo se reconoce un modo de concebir la ley: como herramienta, no como límite. Cuando se trata de los adversarios, todo el peso de la norma. Cuando la ley alcanza a los aliados, la Justicia deja de ser justicia y pasa a ser persecución.

La vieja doctrina

La frase atribuida a Juan Domingo Perón no fue solo cinismo político: fue una lógica de poder. Hoy, reciclada, esa lógica vuelve a aparecer cada vez que una figura del peronismo es alcanzada por la ley. La Justicia es buena si absuelve; corrupta si condena. No hay argumento jurídico que soporte ese doble estándar.

El enojo de Gioja no es con el fallo: es con la osadía de la Justicia. Lo que duele es que esta vez no se haya podido impedir la sentencia. Que el poder, por una vez, no haya alcanzado para torcer el curso de la ley.

De la bronca a la advertencia

“La bronca que tengo yo la tienen todos los justicialistas”, advirtió Gioja. Y transformó la derrota judicial en bandera de unidad. No para debatir el rumbo, sino para cerrarse en defensa. El mensaje es claro: no importa lo que diga la Justicia; lo importante es quién recibe la condena.

No es un llamado a la autocrítica. Es un llamado a cerrar filas.

Justicia sin permiso

La democracia no exige aplausos ante cada sentencia, pero sí respeto institucional. Si un expresidente —o una expresidenta— es juzgado, defendido y condenado tras un proceso que agotó todas las instancias, entonces no hay proscripción. Hay consecuencia.

La Justicia no metió la nariz. Cumplió su rol.

Y lo escandaloso no es que haya condenado, sino que durante tanto tiempo no se atreviera a hacerlo.

Lo que Gioja llama “meter la nariz” es, simplemente, funcionar.

El verdadero daño a la democracia

El verdadero daño institucional no es que la Justicia actúe. Es que se le reclame subordinación. Es que un sector del poder político reaccione con amenazas, deslegitimación y negacionismo cada vez que la ley se cumple. Es que se pretenda que hay ciudadanos inmunes a los fallos judiciales, protegidos por su investidura o por su caudal electoral.

Eso, y no otra cosa, debilita la democracia.

La incomodidad que fortalece

Sí, la condena a Cristina duele en sectores del peronismo. Y es natural. Pero también es una señal de salud del sistema institucional. Porque si una república no puede juzgar a sus figuras más poderosas, entonces no es república: es simulacro.

José Luis Gioja puede repetir que la Justicia “metió la nariz donde no debía”. Pero la democracia solo funciona cuando lo hace.

Aunque incomode. Aunque duela. Aunque moleste a los amigos.

Porque es precisamente ahí cuando más necesaria se vuelve.

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