Prólogo apócrifo
El manuscrito que a continuación se reproduce —una suerte de crónica disfrazada de ensayo político, o quizás lo contrario— fue hallado por azar, como suelen encontrarse las cosas importantes en este mundo, en la segunda gaveta de un escritorio desvencijado, en una casa de Constitución que ya no figura en los registros catastrales. La escritura, de trazo firme y con modestas concesiones a la puntuación, estaba contenida en un sobre de papel madera donde alguien, con caligrafía prolija y equívoca, había escrito: «Para ser publicado sólo si la Corte, finalmente, habla.»
No se sabe con certeza quién fue el autor del texto. Su estilo, sin embargo, remite a esa tradición argentina de erudición deliberadamente ociosa, donde la política se contempla no como una ciencia exacta sino como una mitología en curso, cambiante y contradictoria como los dioses que alguna vez la animaron. Hay en estas páginas un tono que recuerda vagamente a aquellos diálogos de sobremesa que derivan, sin esfuerzo, de los fusilamientos del 56 a la moral de las autopistas, y de allí a una crítica estética del peronismo como forma elevada de narración nacional.
El lector encontrará aquí una ironía que no muerde pero sí señala, una erudición apócrifa que se complace en confundir el dato histórico con la conjetura literaria, y una nostalgia por el porvenir que sólo puede surgir de quien ha visto demasiadas veces repetirse el argumento de la tragedia como si fuera una comedia de enredos. Si acaso todo esto le parece familiar, es porque en la Argentina las ficciones —a diferencia de las leyes— rara vez prescriben.
Dejo a juicio del lector la veracidad o la pertinencia de los hechos referidos. Pero advierto, como quien deja una flor marchita entre las páginas de un libro leído con devoción, que este texto no fue escrito para informar, sino para sugerir. O para desorientar. Que es, al fin y al cabo, una forma de decir la verdad.
De las Residencias Peronistas y de Otras Herejías Judiciales
En la ciudad de Buenos Aires, donde los relojes adelantan pero la historia llega siempre tarde, tuvo lugar un acto que algunos han definido como político, otros como litúrgico y unos pocos, en voz baja, como puramente literario. La ex presidenta de la Nación, señora de oratoria firme y recuerdos selectivos, se presentó en la sede del Partido Justicialista Nacional, esa edificación que alterna entre mausoleo, templo, comité y local de empanadas según la ocasión lo requiera.
La acompañaban figuras ilustres del justicialismo contemporáneo, cuyo principal atributo es el de no estar del todo seguros de si su lugar en la historia es todavía futuro o ya un archivo comprimido. Entre ellos, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, conocido por su devoción al keynesianismo y su apariencia de lector habitual de Hegel en bares de San Telmo. Su presencia, inicialmente no confirmada, fue interpretada como un signo de unidad, aunque algunos observadores más filológicos apuntaron que en el peronismo «unidad» es un sustantivo neutro, es decir: no necesariamente implica acuerdo.
La señora —a la que en ciertos círculos se nombra simplemente como Ella— habló, como siempre, en clave alegórica. Comparó estar presa con recibir un certificado de dignidad, lo que obligó a varios penalistas presentes a revisar sus apuntes de Derecho. Hubo un momento en que mencionó a los que hicieron megacanjes y parques eólicos, y que aún caminan impunemente entre nosotros, lo que provocó una breve pero intensa oleada de culpa entre los asistentes, seguida de alivio: todos sabían que hablaba de otros.
Hubo también un pasaje —que ya está siendo citado por los aduladores de siempre— en el que denunció la enfermedad autoinmune del peronismo: la transformación de los procesos colectivos en proyectos personales. Una crítica que podría haber sido dirigida a cualquier miembro del movimiento, incluida, por alguna paradoja borgiana, la propia oradora.
Recordó entonces —con ese tono entre pedagógico y funerario— los fusilamientos de José León Suárez. Aludió a ellos como quien saca un talismán del pasado para conjurar los males del presente. Los más jóvenes no sabían si aquello había ocurrido realmente o era parte de una saga que se recita en los cursos de Historia Argentina como si fuese un ciclo heroico. Pero todos aplaudieron.
El discurso cerró con una frase que parecía dirigida a nadie y a todos: “Esto así como está no va más.” Una afirmación tautológica, pero profundamente argentina, pues contiene en sí misma la renuncia a entender el presente y la promesa inverificable de otro porvenir.
Se habló de unidad, de organización popular, de democracia, de estrategias, de victorias pasadas y derrotas que casi fueron triunfos. En definitiva, se dijo todo lo que debía decirse. Y como en los buenos cuentos, se dejó todo lo importante sin decir.
Del fallo de la Corte Suprema, apenas una sombra. Como en aquellos cuentos orientales donde un sultán aguarda la sentencia de un sabio que, por temor o astucia, decide no hablar. Porque, en última instancia, el poder judicial en la Argentina no dicta sentencias: redacta epílogos.
Y así terminó el acto: entre selfies, abrazos militantes y el eco de una consigna que cambia cada década pero que siempre rima con “lealtad”.













