Edipo K: La tragedia del frente bonaerense

Jun 9, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Edipo K: La tragedia del frente bonaerense

Prólogo: El Oráculo del Obelisco

Canta, oh musa peronista, la tragedia de Edipo K, hijo político de la diosa Cristina, diosa de la Unidad Justicialista, ex emperatriz de la Casa Rosada, ahora vestal profética del Consejo Nacional del PJ. Él, gobernador de la Tebas del Sur, también conocida como Provincia de Buenos Aires, debe decidir entre enfrentar su destino o seguir culpando al oráculo de la Corte Suprema, esa esfinge con toga que no contesta preguntas, pero sentencia destinos.

Edipo K, el gobernador, debe elegir: seguir el camino que le marca Cristina o trazar su propio rumbo. Pero cada paso puede ser una trampa. Los intendentes, como viejos sabios del conurbano, miran atentos. En la Tercera Sección Electoral —donde el peronismo gana desde los tiempos de Carlos Menem con patillas completas— se juega el futuro del movimiento. Y sin unidad, no hay milagro. Pero con unidad forzada, tal vez tampoco.

En el Monte Patria, donde los pingüinos crían cuadros políticos y las candidaturas se cocinan a fuego lento en ollas populares, el aire ya está cargado de presagios. Los barones del conurbano, barbudos y eternos, aguardan señales. La tercera sección —ese Olimpo del voto peronista— tiembla como el bastión sagrado que sabe que sin Cristina no hay milagro, pero con Cristina quizá tampoco.

El reloj electoral avanza, y todo puede cambiar en 48 horas. En esta historia de poder, traiciones, mística y boletas, Edipo K se enfrenta a su destino… y a su madre política.

Primer acto: La Llamada de la Reina

Cristina, vestida con túnicas bordadas con hashtags y frases del lawfare, se presenta ante los fieles reunidos en la Universidad de La Matanza. Su voz resuena como trueno de urna abierta:

“Si estoy tan acabada, ¿por qué no me dejan competir? ¡A ver, dale! ¡Mirá cómo tiemblo!”

El pueblo aplaude, aunque no se entiende si de entusiasmo o de miedo. La tierra se agrieta. La UNLaM imprime boletas mientras sindicalistas se santiguan con choripán en mano. En ese instante, Cristina convoca a su hijo díscolo, el joven Edipo K —también llamado Axel, el de las mil excusas y los pocos votos propios fuera de La Plata— a una reunión secreta.

Axel llega, de traje sobrio y cara de quien sospecha que lo van a ungir o empalar. Trae bajo el brazo los planos del desdoblamiento electoral, el grial de su independencia y su herejía.

Cristina lo observa con los ojos entrecerrados, como quien ve al cachorro morder la mano que lo alimentó con Néstor.

“¿Por qué dividiste el calendario, Axelito?”, pregunta con tono de esfinge peronista.

“Madre, lo hice por la gobernabilidad… por la gente… por la transparencia”, responde el Edipo K, bajando la mirada hacia su Clío, la calculadora de encuestas.

Pero Cristina ya no lo escucha. Habla con los dioses de la política, con Evita, con Perón en exilio eterno, con Lula vía Zoom. Y entonces pronuncia el decreto invisible:

“O te alineas con el destino, o serás vos el que desate la peste del corte de boleta.”

Segundo acto: La Profecía del Artículo 280

En el templo de la Corte, los sacerdotes de la legalidad contemplan el manuscrito de la causa “Vialidad”. No hablan, no explican, solo emiten un gesto arcano: el artículo 280, ese conjuro que anula cualquier defensa con el simple “porque sí”.

La palabra se filtra como gas lacrimógeno en una marcha: Cristina podría ser proscripta. Como Edipo cuando descubrió que su esposa era su madre y su papá, su enemigo, el PJ bonaerense siente náuseas, pero sigue caminando.

La tragedia está servida: la mujer que parió un movimiento podría ser expulsada de su propio útero político. Y Axel, su hijo díscolo, deberá decidir si la defiende como buen Edipo… o si cava su propio destino en los adoquines de La Plata.

Tercer acto: La Marcha de los Intendentes Ciegos

Mario Secco, Ferraresi y Mussi, los pastores de la tercera sección, convocan una misa electoral. Algunos se anotan como candidatos testimoniales, otros como santos patronos de la rosca. La boleta seccional, esa Biblia del conurbano, está vacía sin el nombre de Cristina. La fe se tambalea, pero la estructura resiste.

Mientras tanto, Juan Grabois, profeta callejero con toga de ONG y lanza de Twitter, ocupa el templo del peronismo (cerrado por el emperador Milei, que odia más al gasto que a la inflación). La represión llega rápido. El jefe de la Policía Federal, nuevo Tiresias, declara:

“Fue por orden del presidente.”

Y los presentes se miran, como si hubieran visto al nuevo Creonte empuñar la Constitución con la misma pasión con la que un nene quema un cuaderno de clases.

Epílogo: El Destino (¿o la Encuesta?)

El 9 de julio, el país celebrará su independencia, mientras el peronismo bonaerense define si elige la unidad o el abismo. La candidatura de Cristina, como el ojo del cíclope, sigue brillando en el horizonte. Axel, atrapado entre la obediencia y la ambición, debe decidir: ¿se arranca los ojos como Edipo, o se ata los dedos para no firmar ninguna lista sin bendecir?

En el fondo, lo sabe: no hay peor maldición que ser heredero de un trono que no existe más. O peor aún, tener que disputarlo con quien lo construyó.

Coro Final:

“¡Oh pueblo justicialista, qué tragedia es la unidad! Cuando hay boletas de sobra, pero votos que faltan. Cuando los oráculos callan, pero los trolls no duermen. Cuando Cristina dice ‘voy’, y Axel responde: ‘¿pero en qué tramo?’”

Así termina, por ahora, esta tragedia entre urnas y decretos. Como toda gran epopeya peronista, lo único cierto es que no hay final… sólo nuevas candidaturas.

Epístola del Oráculo de La Matanza

“El que se mira en el agua del poder ve su reflejo, pero no su rostro. En La Matanza, todo se revela. Lo que se oculta bajo las boletas, regresa por los pasillos del Consejo. Que el elegido no se confunda: el futuro no se elige, se hereda.”

Se cierra el telón… o quizá solo cambien las máscaras.

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