Las Almas del Movimiento: El peronismo a la luz de Los hermanos Karamazov

Jun 5, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

En la literatura de Fiódor Dostoievski, los dilemas del alma humana se presentan como dramas cósmicos, encarnados en personajes divididos entre la fe, la razón y la pasión. Los hermanos Karamazov, su última y más compleja novela, desarrolla estas tensiones a través de los tres hijos de un padre decadente, Fiódor Pávlovich. Cada hermano representa una dimensión del alma rusa: Dmitri, el sensual y violento; Iván, el racional e intelectual; y Aliosha, el espiritual y compasivo. Curiosamente, esta estructura simbólica puede ser útil para comprender un fenómeno político profundamente argentino: el peronismo. Si bien nacido en el siglo XX, el peronismo también se debate entre impulsos contradictorios, arrastra un pasado tormentoso y busca, como los Karamazov, una forma de redención.

Este ensayo propone una lectura simbólica del peronismo, el kirchnerismo y el justicialismo a partir del paralelismo con Los hermanos Karamazov. Esta analogía, lejos de ser una simple comparación forzada, permite iluminar las tensiones internas del movimiento, su vínculo con el Estado y con el pueblo, y su persistente actualidad política en la historia argentina.

Dmitri: El justicialismo clásico y la pasión desbordada

Dmitri Karamazov es el hijo más impulsivo. Vive con el corazón y no con la cabeza. Su vida está regida por el deseo, por el amor, por la búsqueda de placer, pero también por un sentido de justicia visceral. Es, en muchos aspectos, un personaje trágico, pues sus emociones lo arrastran hacia el conflicto permanente, especialmente con su padre. El Dmitri del peronismo es el justicialismo clásico, nacido con Juan Domingo Perón y moldeado por la lucha entre clases, las reivindicaciones obreras y el enfrentamiento con la oligarquía.

Como Dmitri, el peronismo original se define más por sus actos que por sus teorías. Tiene un fuerte contenido emocional, casi épico. Aparece como redentor de los humildes, encarnado tanto en la figura paternalista de Perón como en la santa laica de Eva Duarte. Este peronismo no necesita explicaciones complejas: se siente, se canta, se grita en las calles. “La justicia social no se discute, se hace”, podría haber dicho Dmitri si hubiera nacido en La Matanza.

Este peronismo, como Dmitri, también carga con una sombra de violencia. Su historia está marcada por la represión, las expulsiones, la resistencia y los regresos tumultuosos. Se rebela contra la injusticia, pero a veces lo hace con métodos que la reproducen. Como Dmitri, sufre por el país que ama, pero no puede evitar arrastrarlo al caos. Al final, Dmitri no mata a su padre, pero es culpable por su pasión desenfrenada. El peronismo clásico tampoco mató al viejo orden argentino, pero sí lo desestabilizó, para bien y para mal.

Iván: El kirchnerismo y la razón ideológica

Iván Karamazov es el hermano racional, moderno, escéptico. Representa la conciencia crítica, el cuestionamiento de la religión, del orden moral, de la existencia misma de Dios. Es, en muchos sentidos, un intelectual incapaz de amar sin antes entender. Su tragedia es que, aunque no actúe directamente, su pensamiento inspira la acción destructiva. En la historia argentina, esta figura encuentra eco en el kirchnerismo, la corriente peronista que, a partir de 2003, buscó dotar al movimiento de un contenido más ideológico, estructurado y confrontativo en el plano simbólico.

El kirchnerismo no es el corazón: es la cabeza del nuevo peronismo. Néstor y Cristina Kirchner introdujeron una narrativa con fuerte densidad política e histórica. Enfrentaron al poder económico, a los medios, a la Corte Suprema, como Iván enfrenta a Dios: con argumentos, con lógica, con un deseo de demoler mitos. La ley de medios, los juicios por crímenes de lesa humanidad, la batalla cultural, fueron intentos de racionalizar un movimiento que muchas veces se dejó llevar por las pasiones.

Sin embargo, como Iván, el kirchnerismo sufre de una cierta soledad moral. Desconfía del pueblo cuando se desvía de sus ideales. Ama al pueblo, pero quiere educarlo, formarlo, transformarlo. Y a veces, esa pedagogía se convierte en soberbia. Iván no actúa, pero su pensamiento permite que otros cometan crímenes en su nombre. El kirchnerismo, en su defensa del “relato”, ha permitido excesos, corrupción, o prácticas clientelares que contradicen sus principios.

Aun así, su legado es potente: dejó una matriz de pensamiento, una visión de país más igualitaria, que ha renovado al peronismo en el siglo XXI. Iván no puede encontrar paz, pero el kirchnerismo busca una síntesis entre la memoria histórica y la justicia social.

Aliosha: El peronismo espiritual de base

Aliosha es el alma pura del relato. Cree en Dios, en el perdón, en la redención. No está exento de dudas, pero su fe en la bondad humana lo vuelve el único verdaderamente confiable. En el universo del peronismo, Aliosha es el peronismo de base, el místico, el que sobrevive sin necesidad de líderes, el que se manifiesta en la devoción por Evita, en la olla popular, en la marcha, en el mural en la villa que reza “Perón vive”.

Este peronismo no es electoral, no es doctrinario, no es estratégico. Es sentimental, cultural, religioso en su forma de habitar la política. Está en las organizaciones sociales, en las unidades básicas, en la memoria barrial. A diferencia del justicialismo clásico, no espera órdenes; a diferencia del kirchnerismo, no necesita explicar el mundo. Solo quiere estar ahí, al lado del que sufre.

Como Aliosha, este peronismo es silencioso pero firme. Tiene una autoridad moral que los demás no poseen. No compite por cargos, pero es el que sostiene los comedores cuando el Estado se retira. No se rinde ni siquiera cuando los líderes traicionan. En tiempos de crisis, siempre vuelve. Como Aliosha, que recoge el alma del hermano muerto, este peronismo recoge los pedazos de la Argentina rota y los intenta unir.

Fiódor Pávlovich: El Estado corrupto y la oligarquía

Si los tres hermanos representan las almas del peronismo, el padre, Fiódor Pávlovich, encarna aquello que todos odian y a la vez reproducen: el Estado argentino decadente, mezclado con la oligarquía, el privilegio, la corrupción estructural. Todos quieren cambiarlo, pero todos, de algún modo, están atados a él.

Dmitri lo confronta con violencia, Iván con ideas, Aliosha con esperanza. El peronismo también ha querido transformar ese Estado: con políticas sociales, con ampliación de derechos, con discursos revolucionarios. Pero también ha reproducido sus vicios: clientelismo, corrupción, burocracia.

El asesinato del padre es simbólicamente deseado, pero nunca consumado. Y quizás sea esa la tragedia argentina: no poder terminar de matar al viejo orden, ni poder construir uno nuevo que lo reemplace por completo.

Conclusión: Una síntesis todavía pendiente

El peronismo, como los Karamazov, está fragmentado. Sus distintas almas —la pasión de Dmitri, la razón de Iván, la fe de Aliosha— viven en tensión. A veces se rechazan entre sí, otras veces se alían. Pero ninguna puede sobrevivir sin las otras. El kirchnerismo sin el pueblo real se vuelve elitismo progresista; el justicialismo sin ideas se convierte en pragmatismo vacío; el peronismo de base sin conducción se diluye.

Tal vez el futuro del movimiento dependa de lograr una síntesis entre estas tres almas. Una política que sienta, piense y crea. Que enfrente al padre corrupto sin reproducir sus métodos. Que ame al pueblo sin manipularlo. Que defienda ideales sin caer en dogmas. Como en Los hermanos Karamazov, la redención no está asegurada, pero siempre es posible. Y como en Argentina, el peronismo, pese a sus contradicciones, sigue siendo la novela inacabada de un país que todavía busca su alma.

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