«Todo el arte de la guerra está basado en el engaño.»
—Sun Tzu, El arte de la guerra
En la Argentina, el poder no se ejerce: se disimula. Se esconde bajo los mantos del relato, se camufla en causas judiciales dormidas y se protege en fueros como si fueran trincheras. La justicia, en lugar de ser espada, se convierte en escudo. No ataca. Se protege. No corta. Sella acuerdos.
Y en el centro de esta batalla —no judicial, sino estratégica— está Cristina Fernández de Kirchner, quien ha comprendido mejor que nadie en la política argentina una máxima de Sun Tzu: “El supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar.”
La guerra sin balas
En diciembre de 2022, Cristina fue condenada a seis años de prisión por corrupción. Una condena histórica. Pero como en toda historia argentina, lo histórico es apenas un truco de ilusionista: mucho ruido, poca sentencia firme. La Corte Suprema aún no ha hablado. No ha convalidado ni anulado. Ha hecho lo más eficaz para el poder: ha callado.
Porque en la guerra del poder real, la espera es una táctica. “Cuando eres capaz, finge incapacidad; cuando estás listo, aparenta no estarlo.” La Corte parece paralizada. Pero el silencio también es estrategia. Un silencio que protege, un silencio que posterga, un silencio que equivale a complicidad.
Cristina, la estratega
Cristina no necesita volver a ser presidenta para gobernar. Aprendió que el poder no es el cargo: es la influencia. Desde el Senado, desde su banca, desde su relato. Ha construido un ejército leal, no de soldados, sino de jueces, militantes judiciales, fiscales cautelosos y organismos que debían investigar y prefirieron retirarse.
“Conoce al enemigo y conócete a ti mismo, y en cien batallas no correrás jamás el más mínimo peligro.” Cristina conoce a sus enemigos: la oposición, los medios, parte del Poder Judicial. Pero, más importante aún, se conoce a sí misma: sabe hasta dónde puede llegar, qué batallas perder y cuáles jamás disputar. Porque en la guerra, no gana quien golpea más fuerte, sino quien sabe cuándo no golpear.
El caso Nisman: la batalla más oscura
El cuerpo del fiscal Alberto Nisman apareció muerto días después de denunciar a Cristina por encubrimiento del atentado a la AMIA. La escena del crimen se llenó de versiones, no de certezas. Pasaron diez años. No hay condenados. No hay juicio oral. No hay verdad. En el tablero de la guerra política, Nisman fue el peón sacrificado. El mensaje quedó claro: el que desafía, cae solo.
“La mejor estrategia es desorganizar los planes del enemigo.” Y la confusión fue total. ¿Suicidio? ¿Homicidio? ¿Inteligencia paralela? Todo es posible. Nada es verificable. En la niebla del relato, la verdad muere muchas veces antes que la justicia.
Las trincheras del poder
Mientras tanto, la expresidenta consolidó sus defensas. Obtuvo el derecho a cobrar una doble pensión que supera los 2,5 millones de pesos al mes. Consiguió que la Oficina Anticorrupción se retirara de sus causas. Nombró al exsecretario legal Carlos Zannini como Procurador del Tesoro. Los fiscales que la incomodaban fueron desplazados. Las causas más graves se diluyeron en tecnicismos, prescripciones y cambios de jueces.
El campo de batalla está minado. Los adversarios no pisan, rodean. “El que ocupa primero el campo de batalla y espera al enemigo estará en posición ventajosa.” Cristina hace tiempo que espera. En silencio. En la sombra del poder.
La novela infinita
Y el pueblo mira desde la trinchera, sin saber si está en guerra o en una novela. Porque todo juicio en la Argentina es espectáculo. La corrupción no se combate: se administra. El castigo no llega: se negocia. La indignación se exprime en las redes, no en los tribunales.
La justicia debería ser la última línea de defensa del pueblo. Pero aquí, muchas veces, ha sido la primera herramienta del poder. La república que soñaron los constituyentes se ha convertido en un teatro donde los culpables actúan de víctimas y los jueces de escenógrafos.
Conclusión: la guerra que no termina
«La guerra es de vital importancia para el Estado; es el dominio de la vida o la muerte.»
—Sun Tzu
La batalla entre el kirchnerismo y la justicia no es legal: es vital. No se trata solo de Cristina, ni de una causa en Comodoro Py. Se trata del alma institucional de la Argentina. De si una exmandataria puede o no rendir cuentas. De si la ley es la misma para todos, o apenas un espejo roto donde algunos nunca se ven reflejados.
La guerra —porque esto es una guerra, aunque sin balas— sigue su curso. Y mientras tanto, la justicia argentina está en jaque. No por falta de leyes. Sino por exceso de estrategia.
Y el pueblo, como siempre, paga la cuenta.














