Hay hospitales que salvan vidas. Otros, con suerte, prolongan el ánimo. Pero hay algunos, como el Garrahan, que se han convertido en el espejo más incómodo del país: un reflejo de lo que fuimos, de lo que fingimos ser, y de lo que algunos aún insisten en seguir aparentando.
En estos días de paro, pancartas y gritos en los pasillos, no todo el ruido proviene de los manifestantes. Hay un murmullo más antiguo, más persistente, que se arrastra por las paredes del hospital: es el eco de años en que la salud fue usada como escenografía política. De esos tiempos en los que las camillas servían más para la foto que para el diagnóstico. Y de cuando el Estado, en nombre del pueblo, sembró empleados donde hacían falta médicos, y discursos donde debió haber bisturís.
Se trata, en definitiva, del legado de un modelo que confundió justicia social con clientelismo, y sensibilidad con relato.
Empleos que no curan
El presidente ha dicho que lo acusan de insensible por “desactivar curros en lugares sensibles”. Algunos lo tildan de brutal. Pero pocos se atreven a refutar las cifras: en el Hospital Garrahan hay 473 empleados administrativos en un total de 957 del área logística. Mientras tanto, más de 200 médicos han renunciado en los últimos tres años por salarios que no alcanzan para sostener la vida que ellos mismos intentan preservar en otros.
Parece una broma, pero no lo es. Durante años, se dibujaron nombramientos con la misma facilidad con la que se dibujaban índices del INDEC. Se llenaron oficinas mientras se vaciaban quirófanos. Se repartieron cargos a dedo en nombre de la equidad, y se ignoró que sin un buen cirujano, ningún niño sobrevive a un trasplante. Y que sin un especialista, ninguna promesa populista opera un tumor cerebral.
La estrategia era simple y devastadora: inflar la estructura, simular eficiencia y comprar lealtades. ¿A qué costo? Al de la dignidad del médico que se quedaba hasta la madrugada sin que nadie supiera su nombre. Al del enfermero que hacía dos turnos seguidos mientras un puntero barrial cobraba por no aparecer.
El relato y la anestesia
Durante años se nos hizo creer que cuestionar estos excesos era sinónimo de desprecio al pueblo. Que denunciar a los fantasmas administrativos en hospitales era atacar la salud pública. Y que toda crítica era, en el fondo, un elogio encubierto al neoliberalismo.
Así, se construyó una maquinaria de sensibilidad impostada. Lágrimas por catálogo. Indignación televisiva. Indignados seriales que jamás pusieron un pie en una guardia, pero sabían perfectamente cómo capitalizar el sufrimiento ajeno para consolidar sus tronos de cartón.
Y sin embargo, mientras los relatos florecían, los hospitales se descomponían. No por falta de presupuesto, sino por su desvío. No por escasez de recursos, sino por el despilfarro que permitía sostener estructuras parasitarias que solo servían para justificar sus propias existencias.
El resultado fue un sistema en el que el médico se convertía en enemigo del presupuesto y el burócrata en héroe del modelo. Un modelo que, en nombre de los que menos tienen, terminó garantizando su miseria.
El costo de decir la verdad
Hoy, cuando desde el gobierno se intenta desmontar esa lógica —con mayor o menor acierto, con más o menos sutileza—, resurgen los gritos. Gritos de los que antes callaban. Gritos de los que estaban cómodos en la inercia. Gritos que no provienen del dolor genuino, sino del miedo a perder privilegios disfrazados de derechos.
Y es que hay una verdad que cuesta decir en voz alta: gran parte del deterioro actual no es consecuencia del ajuste, sino de la enfermedad crónica que dejó una década de simulacro. Un simulacro donde todo parecía funcionar, pero en realidad apenas se sostenía por la costumbre del maquillaje.
Por eso, cuando se critica la supuesta «falta de humanidad» de las reformas, conviene recordar que no hay nada más inhumano que un sistema que obliga a un neurocirujano pediátrico con 15 años de experiencia a renunciar porque gana menos que un asesor sin estudios insertado por conveniencia política.
Un Estado que quiso curar con slogans
La función de un hospital no es ser refugio de militantes, sino santuario de profesionales. Su insumo principal no es la narrativa, sino el conocimiento. Su oxígeno no es el relato épico, sino el respeto por la ciencia, por la técnica y por el paciente.
Pero durante mucho tiempo se lo utilizó como laboratorio del clientelismo. Como escenario perfecto para mostrar sensibilidad sin ejercerla. Como excusa para contratar sin mérito. Como pantalla.
Hoy, mientras muchos se indignan por los recortes, otros comienzan a preguntarse cuánto tiempo más se puede sostener un Estado lleno de oficinas vacías y quirófanos sin médicos. Cuánto tiempo más se puede aplaudir una ficción que nos cuesta vidas.
Quizás el verdadero ajuste no sea el que hoy se ejecuta desde el gobierno, sino el que la realidad aplica cada día sobre un sistema que fingió curar mientras se enfermaba.














